El amor de Mario Escobar por los árboles es cierto: su voluntad póstuma es que viertan sus cenizas al pie de un guayacán amarillo. En uno de sus cuentos, donde el personaje, próximo a la muerte, pide que le pongan la Quinta Sinfonía, creo recordar un lirismo por los árboles. Su experiencia botánica no debe de ser escasa: vive en Urabá, en el monte; por otra parte, tiene una finquita en Guarne o Rionegro. Los guayacanes amarillos que adornan las fachadas de las casonas del barrio Prado Centro, veo a Mario pasar en la buseta de Circular y rendirles homenaje. Hay una época en que el negro, que recorre a menudo este sector, se embelesa con los guayacanes. También en los días en que el taller de escritores funciona en La Piloto, el negro siente emoción al pasar junto a un guayacán rosado que se alza al costado occidental del puente de Colombia, cerca a la autopista. Estas reflexiones acuden a raíz del laurel de la fachada del bloque 16, próximo a la escalinata de mi plazoleta central. Los guayacanes amarillos en el esplendor de la floración semejan soles. El negro siente inquietud de saber en qué lugar, al pie de qué guayacán, reposan las cenizas de su maestro. No se anima a entrar en averiguaciones. La verdad, no tiene una relación cercana con la familia del escritor. Todo lo que diga al respecto no pasa de ser especulación. Acaso las cenizas reposan en la finca de Rionegro, donde, seguramente, hay guayacanes. Si el maestro ama de tal modo estos árboles, lo razonable es que siembre alguno en su predio rural.
Un guayacán es una escultura viva, un símbolo de la donosura. ¿Hay alguno en el campus? Debo pedirle al negro que me informe al respecto. Me habla de las ceibas, de los nogales, de los almendros, de los mangos, pero nunca de los guayacanes. ¿Hay alguno en el campus? Hay un profesor de artes, un veterano de mil batallas, que llama Jardín de Artes al Aeropuerto. En puridad de verdades, es el nombre apropiado. Eso de Aeropuerto suena a jíbaro, a vuelos, a escapes con carburante de yerba, en definitiva, a porro. Pero el profesor le llama Jardín de Artes. Es que es una zona arborizada, bastante chula. Allí está la escultura del Chelista, sigue diciendo el profesor, que protagoniza un vídeoclip como cicerone de arte, mostrando distintas obras escultóricas que adornan mi predio. Una de estas es Cristo Prometeo cayendo, de Rodrigo Arenas Betancur, sita en la plazoleta del bloque administrativo; la otra es el Geófago, de Gabriel Botero, ubicada al costado del Teatro Teresita Gómez. Y el Chelista, en el Jardín de Artes.
Una tarde, en sus días de egresado, el negro se aventura por el Jardín de Artes en búsqueda del Chelista. Pregunta a una muchacha que atiende un negocito de artesanías y ella lo orienta. Se percata de que el sitio donde la muchacha tiene su tendido de monicongos, es exactamente el mismo en que, años atrás, en sus tiempos de pregrado, asiste a una quema de fin de semestre, trabajos sin doliente dados al fuego por los profesores necesitados de airear las aulas. La joven se le antoja un Ave Fénix renacida de las cenizas. Le da las gracias, muy cortés, y sigue su camino en pesquisa del Chelista. Lo encuentra, sobre un suelo de gravilla, la base de cemento, el vaciado en concreto creado por Leonel Estrada en 1959, emplazado en 2014. Un ángel músico, como el de Fra Angelico, en el Jardín de Artes, un espacio aireado y boscoso que el profesor ha tenido el buen sentido de llamar como es debido. El ángel que toca el violín, el tambor o la pandereta, aquí toca el chelo. ¡Lo encuentra! Estas aventuras estéticas a las que el negro se entrega: me gusta seguirlo en sus locuras. Y bien, da con el Chelista y, a la vez, con el tiempo recobrado, Proust con su panecillo, el negro con su ángel músico.
Viene como en un sustrato onírico, como en sueños, en calina, con Miguel que asiste al Club de Lectura Amalgama: "hasta que lo acompañaron las fuerzas estuvo asistiendo", dice el locutor de la nota del vídeo. Miguel debe morir de cáncer. Era una figura común en los distintos eventos culturales de la universidad, sigue diciendo el relator. "Así que no leía solo el Q' Hubo. Me retracto", piensa el negro. Cuántas manifestaciones de condolencia por la muerte de Miguel, provenientes de distintas facultades y estamentos de la u, incluso del Club de Lectura Amalgama. Qué personaje, Miguel. El negro piensa en Mario Escobar y en Natalia Pikouch y se pregunta si su deceso originó tal oleada de reconocimiento. No cree. Son novedades discretas. Es que Miguel acompaña el acontecer universitario por cincuenta años, medio siglo. Su oficio plebeyo y su carácter sencillo le ganan el aprecio de muchos. Es un comunicador, un periodista infuso. Mario Escobar, en cambio, es engreído, y Natalia Pikouch, al fin y al cabo, es extranjera. Pero Miguel.
De hecho, sueña: está en el sótano de la biblioteca. La puerta del despacho de la directora permanece cerrada, al parecer no hay nadie. Sin embargo, toca. "Siga" o "¿quién?" dice una voz de mujer desde adentro. O sea que la directora sí está. Empuja la puerta y entra. Fuera, en la oficina de préstamo de portátiles, hay fila. Pregunta a la directora: "¿leyó mi correo?" No está al tanto del asunto. "No suelo dar mi correo, ¿cómo lo consiguió?" "Mi hija trabaja en la Facultad de Medicina, la conoce a usted, allá le compartieron el correo".
La directora se levanta del escritorio, conversa alocadamente, se tacha de vieja y le envidia la edad: "¿qué edad tienes? ¿No te gusta hablar de esto? A ver, ¿cuántos años tiene tu padre? ¿Noventa? Entonces debes tener cincuenta y tantos. Aun así eres más joven que yo".
Entonces se patentiza la finísima red de arrugas de su rostro, la vejez, que no es decrépita, achacosa, sino hermosa; el cuerpo esbelto, los modos desenvueltos, la voz agradable. Solo el rostro tiene esa afiligranada nata de arruguillas. Es una mujer parlanchina, alegre, bien dispuesta, la faceta amable de la directora, que a veces muestra un ángulo agrio, displicente, engreído.
Le repite la consulta sobre el empleado de Audiovisuales, si recuerda el nombre: "Jorge Otálora", cree escuchar de labios de ella; aunque también puede ser "Álvaro", o "John". Le precisa que se trata del que trabaja en el cuarto piso y ella coge el teléfono y marca. "¿Es que aún trabaja aquí? ¿Todavía prestan materiales en el cuarto piso? Tengo entendido que esa dependencia desapareció hace rato, que la unieron con esta del sótano". Ella no presta atención, sigue en su intento de comunicarse con el cuarto piso.
La estampa del empleado aflora de súbito en su mente, diáfana, perfectamente caracterizada, como una silueta en negro. Aun con la seguridad con que la directora le comunica el nombre ("Jorge Otálora") no queda satisfecho.
Se mueve por sectores de la u de sueños anteriores, el bloque 4, el administrativo, el coliseo, el Camilo, entre un gentío que hierve por todas partes, incluso pasa por Troncos.
Sale de la universidad en compañía de Luis. Van por las cercanías de la Facultad de Medicina (La calle del bazuco), entran a una tienda. Hay allí un hombre en silla de ruedas. Conocen al hombre. Dice que está corto de dinero y el hombre le auxilia, primero con unas monedas, luego con un billete de diez mil doblado en dos, gastado, flácido. "Para el metro", le dice. Luego torna a darle más monedas. "Ya está bien, con esto me alcanza". El hombre luce inquieto por una vuelta que debe hacer en Davivienda. Unos parroquianos les informan que hay una sucursal a una cuadra. Él y Luis se aprestan a empujar la silla, a acompañar al sujeto, cuando este se levanta y, caminando sin problema, se adelanta. Lo llaman al orden, vea que no está del todo bien, cuidado con los mareos. El escenario es el de un sueño anterior, un deyavú: Juan del Corral, las funerarias, parte baja de Prado Centro. El letrero rojo de Davivienda se insinúa en una fachada y el hombre aligera el paso, corre, se escapa y se pierde entre el tráfico. Él y Luis lo siguen sin esperanza. Tiene, el hombre, algo de Miguel el gacetillero, algo de Juan David, el condiscípulo de la Defensa Civil, algo de Sepúlveda, un condiscípulo de los Salvatorianos. La calle se abre como una promesa de libertad, como una fogosidad recobrada. Los semáforos están en rojo. La ciudad exhibe su rostro de odalisca.
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