miércoles, 22 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 61)

¿Qué se hace la máquina de escribir? ¿Quién la encuentra? ¿Trabaja en ella? ¿Es decir, le da utilidad? Si la encuentra un bibliotecario, un estudiante, un tinterillo, un escritor: bien empleada. No así si la encuentra un chatarrero, la desguaza y la vende por kilos. Digamos que algunas de las piezas van a parar a Maravilla, la obra de arte de Gallo: un rompecabezas de ruedas dentadas, antenas, alambres, imanes que Gallo, El genio de la chatarra, exhibe en mi acera, junto al tendido de Miguel, el gacetillero. "Al que sea capaz de armarla, de la doy". Nadie hace siquiera el intento. Entonces Gallo, pidiendo una moneda o un cigarrillo como paga anticipada, comienza a armarla. 

Miguel, en puridad de verdades, nunca pasa por mis aulas, quiero decir, en carácter de estudiante inscrito. Pero nadie más universitario que Miguel, Luis tiene razón. Miguel se lucra cuanto puede de mi actividad cultural: conciertos, exposiciones, grupos de lectura. Siempre que puede deja sentir su voz sosegada en la expresión  de sus ideas. También se lucra en lo gastronómico: almuerza en la cafetería de Deportes. Conocimientos generales posee por montón, por su oficio se entera de las noticias del día; selecciona las que considera más importantes para alimentar las pizarras del vallado. Así que debe hablar con buen criterio. 

Al lado de Maravilla, Gallo muestra un desleído recorte de prensa donde lo entrevistan, un reportaje al Genio de la chatarra. Miguel sí que sabe de prensa y de noticias, desde hace décadas es mi informador sin credencial, mi periodista informal. Mi valla externa es el sitio donde sujeta sus cartulinas y pizarrones. Allí, con su tiza, publica el dato del concurso de cuento en que el negro goleó. Es un certamen nacional, el negro es famoso por cinco segundos. Ada, la hermana mayor, lo llama: "hermanito, escuché la noticia en la radio, te felicito, estoy orgullosa de ti". Llorando, empieza a hablar de la Royal, cómo ella puede atestiguar cuánto aporrea su hermano esa bendita máquina de escribir, cómo la lleva al técnico cada vez que se descompone, y cómo sufre cuando se demoran en el taller; también puede atestiguar cómo mantiene un paño para limpiarla y cómo compra el repuesto de la cinta y lo repone cuando es necesario.

El negro no atina a darle la Royal a Maecha, que harto la necesita. Cuando le atacan esos impromptus minimalistas no hay nada qué hacer. Es demasiado impulsivo. Luego se arrepiente, pero es tarde. Maecha recibiría la Royal de buen grado, tal como recoge de la acera la colección de longplays  de la Sonora matancera que el papá del negro, en un rapto vesánico, arroja a la basura. Maecha, que es melómano, sin pensarlo se hace con la discografía completa de la de Matanzas.

Un bibliotecario juicioso le da buen uso a la Royal. Comienza por conseguirle un estuche y la instala en su escritorio, en posición privilegiada. Con la Royal mecanografía los stickers de la clasificación de los libros, Sistema Dewey y esas cosas.

Un escritor, digamos Maecha, también le da buen oficio a la Royal del negro. ¡Con el primor que el negro la cuida! ¡Si la tira entera! Gozoso, Maecha escribe sus relatos en la Royal. Atrás quedan los días en que escribe en una máquina destartalada (una Remington Standard) que encuentra en la chatarrería de sus primos, en Cundinamarca con la Oriental y la Paz. Maecha se gana unos pesos haciendo de vigilante de la chatarrería en las noches: café va, café viene, sus dedos manduqueando el teclado y El hijo de los dioses naciendo con la olla del centro como entorno espacial y el corazón de Maecha como circunscripción espiritual. 

Si es un tinterillo quien se hace con la Royal, cuántas actas y declaraciones  y oficios. Calibío, tantos años honrada con la labiosidad jactanciosa del papá del negro, asiduo a la heladería La montaña (oh, Moisés), ahora es doblemente honrada por el festivo canturreo de la Royal. 

Si es un tinterillo industrioso no se ve afectado por los nuevos tiempos y las nuevas tecnologías. Para los oficios que requieren el signo arroba (del que carecen las máquinas viejas), encarga la tecla a un técnico de armas tomar, un baqueano, quien acondiciona la tecla de arroba y listo: "dígame su correo electrónico, ya está, sigamos". Así de fácil. 

Todos contentos: el bibliotecario, el escritor, el tinterillo; también el negro, que hace de la felicidad ajena la suya propia. Así, el viaje de la Royal se parece, guardadas las proporciones, al Viaje del elefante de Saramago. Si el cornaca Suhbro recorre de Portugal a Austria, pasando por España e Italia, la Royal del negro trasvasa del apartamento a Calibío, a una chatarrería, etcétera.

Pero no es allí donde termina el real recorrido de la máquina de escribir del negro. El negro, a ciencia cierta, continúa escribiendo en ella, nunca deja de hacerlo. Así como un tiempo verbal detiene la acción en un presente infinito ("el negro escribe"), así el negro prosigue escribiendo en su Royal por los siglos de los siglos. Si escribe una vez, escribe infinitas veces.

Y hablando de esto, el negro se dice que nunca escribe un cuento a sus adorables amigas Aída y Tita. Quizás alguna vez se lo encarecen y él se hace el despistado. 

Hoy, tras tanta agua que corre bajo el puente, sin que ni Aída ni Tita se lo encarezcan, escribe sobre ellas. De Aída escoge la anécdota de la tarde en que lo lleva a su casa, presentándole a su madre (Amanda Sonia) y a su mascota Pastora, una lora mimada.

De Tita escoge el reencuentro en Troncos, luego de tantos días sin verse. El desánimo que agobia al negro se trueca en alegría. Comparten de las dos a las cuatro, yendo de Troncos a Artes, de Artes al 12, del 12 a la cafetería de Economía, donde Tita bebe una píldora contra la cefalalgia. Se despiden a la entrada de los baños del 9, donde ella, que trae el cepillo en la mano, asea sus dientes. El negro, a su vez, entra al baño y orina.

Camina hasta Policlínica y entra a una cafetería, compra un pan y lo guarda en la mochila. Mientras está allí, bebiendo una gaseosa, recuerda el encuentro con Álvaro, un vecino de Bello, en mi plaza Barrientos, momentos antes de verse con Tita. Hablan de Cature, otro hermano del negro. "En el día no hace nada y en la noche descansa", se burla Álvaro, cosa que al negro no le hace ninguna gracia. Olvida el incidente. Se antoja de un rollo y lo compra y lo engulle con el resto de la bebida. Paga con el flamante billete que Tita, momentos atrás, le presta.

Cruza Barranquilla y se embarca en el bus de Circular.        

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