sábado, 11 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 41)

Siento que hay mucha música y mucha filosofía en torno al negro. No sé por qué lo veo a menudo en Artes; por qué siempre vuelve sobre Kant, a quien no creo, sinceramente, que acabe de entender. ¿Cuánto hace que coquetea con el de Konisberg? Desde el colegio, pero, con mayor exactitud, desde que empieza a trabajar en La Salle y conoce a Elena, colega de español que adelanta una monografía sobre Kant. El negro ha leído algún artículo enciclopédico sobre el filósofo alemán, pero aún no encara la obra. Elena tampoco las tiene todas consigo. No avanza con la monografía, le coge ojeriza, hasta piensa pagar a alguien que realice el trabajo. Qué día hace la oferta al negro, quien se sale por la tangente. Tan particular el criado de Kant, Lampe. 

Demasiada música. La mejor amiga de Elena toca en la Orquesta Filarmónica de Antioquia. Una velada en casa de Elena es un banquete musical. Del estéreo fluye música clásica, nueva trova cubana, Serrat, música japonesa, salsa, también salsa, cómo no. Una noche en que el negro es el invitado de Elena, siente la música como una provocación, del mismo modo que siempre que habla a Elena del mar, un secreto llamado late en su sangre. ¿Cómo compaginar Kant con la salsa? Elena no sabe bailar. (¿Baila Lenin?). Luis tampoco sabe bailar. El negro hasta baila solo, muchas veces ante el espejo. Aída celebra la peculiaridad del negro, comenta: "una llega a una taberna de salsa y encuentra al negro bailando solo". En el Gatopardo pende de la pared una pintura: un rostro de mulato con dos perfiles, denotando la transformación psicológica producida por la salsa. Un perfil es apacible, el contrario, agresivo, volado. (Lenin baila, dalo por descontado; cuando menos canta el koomi, bello canto gutural asiático, que Natalia Pikouch también domina. Solo un sentimiento arraigado en el pueblo se expresa en ardor revolucionario. Lenin baila, sin duda). Bueno, siempre se podrá compaginar a un filósofo alemán con la música: Schopenhauer, Nietzsche. Demasiada música, demasiada filosofía. A veces el negro piensa en Elena, la llama, no la encuentra; la imagina en su finca, que renta con su mejor amiga, rodeada de bucolismo, escuchando música culta. ¿Wagner? Tal es el nombre del discípulo del doctor Fausto, creador del hombrecillo in vitro, el homúnculo. Wagner también es un compositor alemán, claro. El negro ve a Elena en su cabaña, entre los pastizales, los bosquecillos y el frío, mucho frío, dando un pespunte (a la mala, como dice César Vallejo) a la monografía. Elena es lengua de sopa, y tiene dificultad en pronunciar la palabra, "monografía", lo mismo que algunas palabras con "r", que cambia por una "l". Y entonces dice "monoglafía", "glande". Y el negro se burla. Y ella finge enfado, pero no es cierto. No está enfadada. Aún así, espeta al negro un "malparido" que ahí sí le sale perfecto, sin trabas en la lengua. "Malparido San Martín de Porres", o cualquier otra expresión vindicativa, malévola (atravesada por una  sonrisa) que en sus labios se transforma en complicidad, a veces en caricia.

¿A dónde lleva toda la música, toda la filosofía? Me pregunto sentada en la fachada del museo junto a Candelaria. Lleva al tiempo, me respondo. El tiempo en que Elena se divorcia, luego el tiempo en que es echada de La Salle, y el tiempo en que, a la mala, piensa en la vejez y baraja la posibilidad del suicidio. Pero hay que hacerlo a la edad que Méndez lo hizo. Uy, se me zafa este pensamiento volado. Bueno, sigamos la lógica. Sí, porque en un dos por tres acude la vejez, esa zarrapastrosa, y es duro contradecirse. Méndez es fiel al ideal griego, la muerte joven. Se mata a los veintiséis años. Conmigo no hay nada qué hacer, tengo más de doscientos años. Y sigo en pie. Cuántos paros, cuántas bombizas. Esta Candelaria tampoco tiene cara de que la vida le haga mella, de que los años la espanten ("la asombren", como dice Helí Ramírez en su poema). Esta Candelaria es una negra robusta, con una mirada que aplaca tempestades. Kant hace que Elena tema a la vejez. Un padre que la oprime en la infancia. Un día ve en la calle a su profesora del colegio convertida en una vieja alcoholizada y el espejo la embiste. Elena, soy una bicentenaria tranquila y puedo aconsejarte: desahogos. Esta es la clave. Deshollina tus volcanes, como el Principito en su asteroide. Protege tu rosal. No permitas que la oveja le haga daño. Amoríos (una culeadita de vez en cuando), literatura. Y no pienses más en los años. Sal a bailar, como hace Mónica, así debas aprender sobre la marcha. Solo tienes que dejar ir el cuerpo, soltarlo. Amoríos de ocasión, música, libros. Tampoco creo que el negro se suicide, aunque alardea que no pasará de los sesenta. En el colegio suele hablar de este asunto con Camilo, un condiscípulo que quiere estudiar Medicina. No hay que pasar de los sesenta, es lo más digno. Eso dicen ese par de deslenguados muchachos. Mucho Kant, Elena, olvídalo. Candelaria no sabe nada de Kant. Y mira esa figura, esa robustez.        

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