martes, 14 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 49)

Si no puedes con tu enemigo, te le unes. Esto es lo que hace el negro, ayuda a Tita con sus enamorados, organiza la logística de las citas, etcétera. Sobre todo con uno o dos, con el poeta y con el músico, que en los demás lances son otros quienes sirven de intermediarios. Tita anda de continuo en estas aventuras, así que siempre toma recaderos. Los hombres adultos, de barba, son la pasión incurable de Tita. Además de adulto y barbado, la buena alzada forma parte del perfil. Tita exige, por lo menos, que sean de constitución sólida, robustos. El poeta y el músico cumplen cabalmente este requerimiento. Una exigencia adicional (no por esto menos importante) es que sean artistas, inclinados a la bohemia. 

No le cuesta nada al negro prestar tal servicio. ¿Para qué están los amigos? No hace mucho sirve de espía a un amigo que desconfía de la novia. Apura el paso. El enardecimiento con que camina rumbo al bar donde Ortiz lo espera se le antoja innoble. "Parezco un perro al que el amo arroja un objeto para que lo busque, lo recoja y lo traiga", piensa. Le pasma advertir la ridícula presteza con que desempeña el papel de soplón. No miente a Espitia (compañero del taller de escritores, con quien se cruza y cambia unas palabras mientras ejecuta su cometido) cuando este le pregunta en qué anda y él le responde que de detective. Realmente, ¿de qué otro modo puede catalogarse su acción? Espía a la novia de Ortiz. Ceñido a las indicaciones del amigo vigila el almacén de zapatos donde trabaja la muchacha. Finge que mira los zapatos exhibidos en la vitrina.  Junto a la caja registradora, la muchacha está atareada con facturas. Es una jovencita de rasgos pulidos y tez rubicunda. El negro la contempla, la sabe desprevenida, inocente blanco del plan de una mente enferma. 

La muchacha sale y permanece unos momentos en la acera, entre las compañeras, despidiéndose. El negro se siente descubierto. Su figura en la otra acera debe despertar sospechas, más con la disminución del tráfico y el cierre de los negocios vecinos.  Despista comprando  un confite a un vendedor ambulante, lanzando timoratas miradas al grupo de empleados que no se disuelve, a ella que no se decide a marchar. La carreta de la vendedora de aguacates es otra ayuda providencial. Finge la compra, regatea, sin descuidar a la chica. 

Al fin la sigue por la acera, entre el gentío y las casetas de ventorrillos, hasta el paradero del bus. No abandona su tarea hasta ver que se sube al vehículo. Es más, continúa al acecho hasta que el bus parte llevándose la blusa blanca y el rostro de gafas.

Tita parece escoger lides perdidas de antemano. Le gustan los hombres maduros, y es difícil hallar hombres maduros sin compromisos. Le ocurre con el profesor de Historia y ahora con el poeta. Con el profesor de Historia surgen demasiados tropiezos, Tita se desanima. Ahora juega su baza con el poeta. Es el negro quien estipula los detalles de la cita con este.

Si el poeta no descubre la maquinación es que es un tonto. Tita no luce muy aplomada que digamos. El nerviosismo se delata en los gestos y la voz. Los rapsodas suelen vivir en la estratosfera. Puede que este no le preste atención al flamante vestido que Tita escoge para la ocasión (siguiendo el estilo de la época, largo, estampado, de corte sencillo), ¿pero que no advierta la agitación de Tita? Por ejemplo, el momento en que el poeta se levanta de la mesa y sale al pasillo a hablar con un amigo. Tita aprovecha y dice a sus amigos que va a ir a la tienda. El poeta no tarda nada; al retornar se acerca a la mesa a espaldas de Tita, en el instante en que esta se levanta y gira y chocan. Tita lanza una exclamación de sorpresa y, sin salir del sobresalto, se dirige al lugar propuesto, esto es, a la tienda. El poeta se sienta, perfecto espécimen en sus cabales. 

El nerviosismo de Tita se nota además en las intempestivas y titubeantes entradas en el diálogo. El poeta no tiene problema en contestar las inquietudes de sus interlocutores. Al contrario, habla con cierto halago, se explaya, rompiendo el embarazo inicial. De cualquier manera, debe sospechar una intención secreta en la invitación de sus alumnos. Ah, es que el poeta es, por otra parte, uno de mis catedráticos.

Sin darse cuenta, el negro se deja involucrar en la vida pasional de Ortiz, un lío que, a medida que lo desenreda, se le hace más infame. El asunto es serio. Ortiz sospecha que la novia lo traiciona. Con parcas pinceladas Ortiz pinta la situación, cómo se enamora, cómo la tiene, cómo siente que la pierde. El negro lo escucha sin interrupción. Lo deja hablar con esa voz entre humilde y fatalista de los desengañados. Caminan por el centro, entre la marea de la gente y el tráfico, y se detienen frente al almacén, y Ortiz le muestra la novia, es esa, la blanquita de gafas; luego siguen andando y Ortiz hilvana el monólogo del amate que duda y sufre y se queja. El negro se apiada de su amigo, se solidariza. Cualquier favor se le antoja nimio con tal de socorrerlo. 

En apariencia, la cuestión es simple: vigilar la salida de la muchacha del trabajo, observar si algún hombre se le acerca y la acompaña, por último, regresar al bar donde Ortiz aguarda y contarle todo con pelos y señales. 

Aída y el negro asisten, no sin preocupación, al desarrollo de los hechos. Son los compinches de Tita, quienes la secundan en su intento de seducir al poeta. Se dan maña para actuar con naturalidad. Sin embargo, Aída se contagia del agite de su amiga; igual que Tita, con aire intranquilo, enciende un cigarrillo tras otro. El negro también se delata con su calladera. El poeta recela algo. Si el negro es quien planea todo, ¿por qué está tan callado?

En el ambiente de una charla más suelta, con el incentivo de los rones, Tita muda la timidez en osadías y en ardides. De pronto, dos cucarachas salen sabe Dios de dónde, provocando el pavor de Aída. Tita no desaprovecha la oportunidad de hacerse con el papel de valiente. Mientras que Aída exige el exterminio de las intrusas, Tita saca a relucir sus buenos sentimientos y, en vez de matar a los animalejos, los ahuyenta. Cuadro digno de ver: Tita se pone de pie, se quita un zapato y aparta la amenaza con qué delicadeza. Pero la escena no termina ahí. Tita cumple su rol bondadoso hasta que una de las intrusas se trepa a su zapato. Tita revienta en gritos. De las otras mesas disparan miradas extrañadas y cargadas de censura.                               

El mesero les trae dos cervezas. Ortiz escancia la suya con vehemencia, mientras que el negro bebe pausado. Las cervezas menudean. Las confidencias no se hacen esperar. Ortiz habla: Planean casarse, compran las cositas, la nevera, el fogón, etcétera. Ella queda en cinta. El asunto se complica y aborta. Todo cambia, ella no es la misma, ahora se muestra displicente. Ortiz intuye la causa del cambio. El novio anterior merodea de nuevo. Ortiz anda armado. No se va a quedar con las manos cruzadas. 

"¿Qué viste?"

"Salió con las compañeras. Cogió el bus."

"¿Ningún hombre?"

"Ninguno".      

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