El negro ve entrar al cojo, a John Wilson. ¿Qué hace? ¿Cómo reacciona? Se levanta y va a su encuentro en medio del vestíbulo, antes de que ascienda la escalera. Sí, se levanta de la mesa de estudio junto a los anaqueles y va a su encuentro, porque, de seguro, John Wilson no lo ve, pasa ensimismado, voleando su pata izquierda, el cuerpo temblequeante, rumbo al segundo piso, donde consultará un libro de máximas, copiando algunas en su fólder. Lo invita a su mesa (hay dos sillas, precisas), le pide que se siente y hablan. La mirada de John Wilson se enfoca en el portátil (que el negro acaba de prestar en el sótano), la chaqueta (que el negro acaba de quitarse) y el termo de agua (donde el negro encasquetó la gorra negra con el logo rojo de los Cardenales), el bolsito verde y la cartuchera del mismo color, todo sobre la mesa.
"¿Qué haces?"
"Estudio un rato."
Hablan de antigüedades, de cómo John Wilson se adormecía en la clase de inglés con Alcides, no copiaba y luego pedía al negro que lo desatrasara de la lección. Sin ningún escrúpulo. También copiaba la tarea, pues no había tenido tiempo de hacerla, seguro por estar en la iglesia mormona echando cuentos a las hermanas en la fe. Antigüedades: la fotocopiadora de Ingeniería con casi cuatro décadas. El mismo tiempo que Latina Estéreo lleva manducando salsa, la emisora que escucha el dueño de la fotocopiadora, un veterano de muchas batallas, plácido y jovial.
"¿Cuántos años de antigüedad tiene la fotocopiadora?" le pregunta el negro.
"Los mismos que Latina Estéreo", espeta un cliente, un hombre canoso, que viste el uniforme de operario.
"Más", corrige el dueño.
¿Qué tema suena en este momento? No, están en un corte comercial, publicitan orquestas para los tablados de la Feria de de las Flores: "Medellín charanga, etcétera". Orquestas, tablados, rumba, cuán lejos siento al negro de todo esto. Sus pasos al recorrerme atestiguan cuántas bailadas, cuántas trasnochadas, cuántos enredos; pero ahora lo siento sereno, hay en sus pasos un no sé qué que se viste de indulgencia consigo mismo. Cuarenta años, dos generaciones. Sí, antigüedades: Óscar Castro, profesor de Teoría literaria, dejaba los documentos en esta fotocopiadora, lo mismo Horacio Betancur, el popular Sancocho, que dictaba Tecnología educativa, qué aridez de nombre para una materia. ¿Y Lucy? ¿En qué fotocopiadora deja los documentos la adorable Lucy, madre homínida de nuestra especie? En Utopía. Esto sí es un nombre para una materia, cuánto más para una fotocopiadora. Pero Didáctica, la materia de Lucy, no.
"John Wilson, ¿recuerdas a Lucy?"
"¿Lucy?"
John Wilson se pasó de un pregrado a otro. Bibliotecología, Idiomas (tenía el libro de In Touch, claro), Trabajo social. Pasó por distintos roles, desde monitor en la biblioteca hasta activista. "Qué piedra", era su exclamación cuando alguna realidad social le sublevaba, dejándolo impotente. Qué piedra, digo yo también cuando los capuchos demuestran su descontento a pedradas. Y pienso en lo que es una piedra para mí, para esta vieja u construida con piedra. Piedra más, piedra menos. A veces, en mis sueños defenestrados, veo a los capuchos demoliendo mis columnas y mis muros, pero no para combatir a la policía, sino para buscar el meollo de la filosofía. La famosa piedra filosofal.
El negro no está demasiado al tanto de esta faceta revolucionaria de John Wilson, el cual pasa el día entero en el campus, mientras que el trabaja como profesor y solo dispone de media jornada para adelantar los cursos. Un John Wilson huérfano de padre, al que la mamá sostiene con su labor de enfermera y que es incapaz de luchar contra el chantaje del hijo, que no cesa de pedirle dinero, supuestamente para los gastos de la academia. Monitor, activista. Hartos dolores de cabeza dio John Wilson a la mamá, una anciana ya pensionada, pero que sigue trabajando en turnos de noche, cuidando seniles terminales, para redondear el presupuesto y proveer la carrera del hijo. Activista. ¿Qué fue de aquella época?
"¿Qué haces ahora?"
"Estoy desempleado. Mi mujer es la que trabaja y ve por la familia; me tiene afiliado a la caja de compensación, lo que me permite el usufructo de la biblioteca, donde presto libros a granel. Sigo siendo un buen lector, sobre todo de literatura de circuncidados."
Ah, otro trabajador social sin oficio, otro profesional desperdiciado. ¿Cómo queda esta vieja entonces? ¿Para qué sequé mis ubres amamantando a tanto muchacho? Otro profesional de balde. Para eso chupó diez años mi leche y secó mis tetas, yendo de un pregrado a otro. Vaya con este John Wilson.
"Mi mujer se llama Miriam, como la hermana de Moisés. Labora en confecciones. Siquiera no pagamos arriendo. Heredamos la vivienda de mi padre, luego de un pleito espinoso en el que mamá estuvo a punto de sucumbir. Tres pisos. Rentamos dos".
John Wilson tiene en alta estima a Moisés, señor de los prepucios.
No hay comentarios:
Publicar un comentario