lunes, 6 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 27)

 "Hay otra u que debes conocer", me dice el negro. Es un sótano en pleno centro, una taberna, un bailadero. Una sentina, La universidad del vallenato. Está en la calle Colombia, entre Bolívar y Cundinamarca, en la acera sur. La u, por economía del lenguaje. Con algo de puntillosa ironía pondrían ese nombre al bailadero, porque allí suele ir gente iletrada, criadas, soldados en licencia. Bueno, el negro también va, sin ser ni una cosa ni la otra, aunque tiene cara de ambas. Por un lado, el cráneo rapado lo hace ver como un recluta; por el otro, el hecho de que a menudo habla de Lampe, el criado de Kant, lo asimila al gremio de la librea. La u, esta homóloga mía, no es como la de Constanza (que alberga, pródiga, a Robert Jauss), ni como la de Heidelberg, donde estudió el señorito Philip Carey, bajo la tutoría del vicario de Constable. Nada de esto. Mi homóloga de Colombia (ojo con estas señas) con Bolívar y Cundinamarca, es un antro.

Así esté vieja y achacosa (a veces me siento con bríos de jovencita cabeza de chorlito) puedo darme un vueltón por allí. No tengo que emplear los servicios del negro, que suele impugnarme con ese rostro insociable. Marina Quintero me llevará gustosa. Ama el vallenato, a tal punto que tiene una agrupación. Con Marina Quintero me voy allí a que me apriete un negro. Un día Tita dice: "qué rico tener un hijo de un negro". El negro guardó un reverencial silencio. No de otra manera se responde a la necedad ajena. De verdad que me estoy alegrando, ir a frotarse con todos esos pardos que hasta eyaculan bailando: eyaculae, eyacularum, eyaculatum, mi latín es pobre, pero es que me gana esta vena jocosa. Debo pedir unas lecciones a César, chaparme de unos latinajos. Nunca están de más. El negro me deja picada. "Hay otra u que debes conocer". Estas palabras se me antojan más profundas de lo que aparentan. Es como si el negro me retara: sal de tus sacrosantos muros, deja atrás el coto franciscano, prueba la calle en otra faceta que las marchas. No creas, las criadas que van a esa otra u también sueñan con estudiar y superarse; incautas, caen en institutos piratas, que les dan un cartón chimbo, luego de esquilmar su dinero. Los directores de tales institutos de validación vienen de tu claustro, se educaron contigo, lo que no los privó de ser unos estafadores, que roban la platica y los sueños a las criadas, cuyo único consuelo, tras una semana de trabajo en una casa de familia (familias cuyas cabezas se educaron contigo), es una sentina. Vaya, el negro se puso pesado. ¿Y esa irascibilidad? Me estoy arrepintiendo de ir allí, mejor me pajeo aquí mismo, en mi plaza Barrientos. Este gallito se alebresta.

El negro frecuenta la otra u. Marina Quintero también va allí, en sus alardes de folclorista, la veo. ¿Con una tropa de profesores y condiscípulos amantes del vallenato? Sí, los veo. Bueno, al fin y al cabo es un sitio público, donde suenan vallenatos toda la noche. A veces hasta contratan conjuntos. Marina Quintero ha cantado en esa tarima. En la mía también. Porque, aunque no soy un antro, un sótano, una sentina, también soy gozona. Hay que verme los viernes, lo mismo en las jornadas culturales. Soy gozona. Las orquestas y el guaro no son raros en mis predios. Pero aquel sótano debe tener su encanto. Esas mucamas no deben ver la hora de soltar sus oficios, cambiarse el traje e irse a la rumba. Me recuerdan un cuento de Cortazar, El otro cielo, Celina. ¿Qué de malo hay en ello? Nada. Por el contrario, es una buena terapia. Engañadas por todo el mundo: el marido, que suele volar pronto, y el instituto de validación, donde tanto el director como los profesores hacen leña del árbol caído. ¿Una salidita? Ya sabemos lo que comporta la salidita. Siquiera hay unas aviones y se las cobran cara. Siquiera. Solidaridad de género. Sí, soy mujer.

Esas pobres criadas toda la vida sueñan con el cartón, y cuando lo obtienen, tras muchos sacrificios, resulta que es chimbo, que las han estafado. Qué frangollo con esos cartones. El del sótano contra el que yo concedo. El mío luciendo su timbre dorado, el de allá oliendo a manteca. Soy cruda, es otra de mis facetas. El negro me riñe. Sí, está susceptible este muchacho. Hablo de los cartones y él se enfurruña. Será porque todavía le falta para ganar el suyo (¡Suda, negro!), y solo se lo expediré a su debido tiempo, cuando cumpla con el plan de estudios. Sí, a veces me pongo histérica, más de la cuenta. Todo porque el negro me habló de esa homóloga del sótano, donde seguramente medra una variedad de Jauss de aire cholo, explicando la estética de la disipación. El cartón de esa u contra el mío. Sé que el negro prepara su venganza (mierda por mierda). No cuelga el cartón, lo echa a la basura. El colmo de la irreverencia fue ese muchacho que, en la ceremonia de graduación, recibió el cartón y lo hizo picadillo en la cara de las dignidades. El negro no llega a tanto. Es más, enmarca el cartón y lo cuelga unos meses; después lo coge, en un arranque de malparidez, y lo tira a la caneca de los desperdicios. Acaso cree, es lo más probable, que no es bueno prendarse de esos papeles finos, que por algún lado destilan perfidia. Mejores los que huelen a manteca y perfumes baratos. Un día en que está en la papelería de Ingeniería ("Latina Estéreo, el sonido de las palmeras") se alela con un muestrario de papeles finos. Papeles de impresión. Están en la vitrina, a la vista de los clientes. Los tonos son delicados y ostentan nombres como: gris perla, azul celeste, blanco granito, marfil granito, durazno suave. Imagina cómo se verá su letra impresa en esos papeles primorosos. Los observa en silencio (Wito Vélez, tristeza, apártate de mí), y su mano se electriza de ganas de escribir. Se pone en la cola de la fotocopiadora, debe sacar unos documentos. Sigue entretenido con los papeles, mientras llega el turno. En la mente enumera su propia terminología de tonos de papel, asociados con el entorno de la sentina, de la otra u: gris pecueca, azul gargajo, blanco legaña, marfil cariado, durazno esputo. Imagina que dispone el papel en el carrete de su Royal y mecanografía el relato de una mujer llamada Marta, separada, tres hijos, proveniente de Yarumal. Lleva meses en Medellín, cocina para doce personas en una casa de Envigado. Los fines de semana se entrega a la parranda. Es una incondicional de la u, la otra.        

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