Nunca como ahora, de tres años a esta parte, observo tanto a Miguel, el periodista de la tiza, el universitario de veras, como le llama Luis. La tiza. Me pregunto cómo se surte Miguel las tizas con que escribe las noticias. A lo mejor emplea la más fácil, la sencilla, las compra en la papelería del frente, en Barranquilla, al lado de la heladería Villamil. También puede ser que, durante un tiempo, sea Loren quien se las surte, como a mí. En su novela Los condiscípulos el negro retrata a Miguel, sobre todo en esta última época de la que habló, de tres años a esta parte. Un hombre gris, achacoso, que trasiega mis ámbitos en un sustrato fantasmal. La pintura del negro no es muy benigna que digamos. Miguel tiene un apartado en el casillero del pasillo entre Pastora y Troncos, al lado de la fotocopiadora Utopía, contra el muro de piedra. Un casillero, un mueble, un aparador metálico, viejo, con tres divisiones horizontales, cada una de cinco casillas. Quince candados, dirá Mario Escobar, con su obsesión por los seguros de las puertas. Es un profesor de cátedra, sin oficina, por eso pasa en la cafetería los ratos muertos antes de la clase. A diario debe solicitar la llave del candado o de la chapa del aula. Para eso hay una ama de llaves, una vigilante. Hay amas de llaves tan frescas (o tan atareadas) que, en vez de venir con el maestro y abrir la puerta, le entregan el manojo, con toda buena fe, a no dudarlo, llevando así al catedrático (por lo general torpe, poco práctico) a un aprieto, a pelear con la chapa y a maldecir a diestra y siniestra.
Es el único casillero que veo en toda la extensión de la la cafetería. Nunca como ahora observo a Miguel acudir a su apartado en la cafetería. Proveniente de su chuzo de afuera, Miguel viene caminando por el medio del pasillo, al hombro su tulita, en la mano contraria una bolsa. Avanza con su rostro dulzón de vieja dama, su penoso, corto, paso de senil. Cuando llega ante el casillero, Miguel mira aquí, saluda allá, a todos, acaso porque ya no conoce a nadie, porque solo ve nieblas. "Ese sí es un universitario", dice Luis, porque hace medio siglo que Miguel trajina entre mis cuadernas. Un universitario. Luis olvida que lo que Miguel es verdaderamente es un colado, un meteco al que refugio y asisto desde hace décadas. La verdad es que Miguel desafía la imagen clásica del universitario: un joven de tenis, bluyín y morral. Sí, empezando por el atuendo. Miguel viste serio, pantalón de raya y camisa (todo bien planchado), zapatillas de cuero. En lugar de morral, una tulita en la que siempre carga un ejemplar del Q' Hubo. Un tipo bien puesto, para qué. En sus años mozos debió ser un galán, porque todavía ahora, con la edad, delata una suave elegancia libanesa. Acaso, así como algún ciudadano de origen bárbaro llega a la dignidad imperial de Roma, y porque méritos (al menos la experiencia) no le faltan, Miguel se sueña rector, imponiendo un rumbo por el que navegaré eficientemente, con una previsión tal que jamás hará falta una tiza. Tiza, vaya palabra.
Lo espío. Me propongo descubrir cuál es exactamente su apartado. Lo consigo. En la división del medio, el segundo de izquierda a derecha. Cuando Miguel, luego de depositar la bolsa, se retira, el candado queda bamboleándose, mientras que los otros están inmóviles. Candados, chapas. Sí, una tarde Mario Escobar pasa su apuro con una puerta del auditorio del 10. La fuerte puerta de madera tiene dos chapas, una arriba, otra abajo. Es una puerta de dos hojas ("bimembre", dice Saussure del signo lingüístico). Mario hace penetrar la llave (plateada) en la cerradura, los dientes para arriba, luego los dientes para abajo, inútilmente. Busca otra llave en el manojo. Vuelve a intentar, nada. Empieza a fuercear, a sacudir la puerta con la fortaleza de sus músculos. El rostro se torna color grana. Empuja, contrariado. Suelta palabras de enojo. Se detiene, toma aliento, ensaya otra vez. Nada. Deja el bolso a un lado, en el piso, para conseguir mayor libertad de acción. Fuercea de nuevo, nada. Dos puertas brindan acceso al salón numerado 10-114, la que Mario intenta abrir y la de la derecha, separadas por un segmento de pared en fábrica. Esa vez el negro está allí, presencia la escena con su calma habitual, cómo se resiste la cerradura, el ruido de la llave en sus inútiles giros, la agitación en crescendo del profesor, que imprime más vehemencia y más coraje a su tarea.
"Esta mañana también me dio brega, pero no tanto".
Tiene dos clases al día en el mismo salón.
Mientras Mario lucha con la poco amable puerta de la izquierda, protagonizando un acto ridículo ante el que la tarde discurre sin inmutarse (las hojas continúan zafándose de los almendros, la gente sigue bullendo por los andenes, las nubes prosiguen navegando cielos), la puerta de la derecha permanece tranquila en su ser madera muda, ente inmóvil, inerte materia expectante, acaso burlándose de los esfuerzos vacuos del catedrático, de su turbación, de su fracaso. Solo por no quedarse callado observando la cara agria de su profesor frente a una puerta que, hay que confesarlo, hace muy bien su papel de chica difícil, el negro dice:
"¿sí será esa la puerta?"
"Pues, claro".
Y torna a lidiar con las dos hojas de la puerta insolente, rebelde, hija de puta. Pero, corroborando ( con resoplidos y encendida tez) su chasco, Mario se para a reflexionar. De pronto, se le ilumina la lamparita del caletre y exclama:
"Tonto, si es la otra puerta".
Al entrar en la otra cerradura la llave emite notas de gozo, acaso recordando el maltrato que acaba de sufrir. La puerta abre de inmediato. Con aire triunfal, el negro apunta:
"Lo que puede enseñarnos una puerta".
"A no ser cabeciduros, carajo".
Acceden al decoroso, pulcro y desierto auditorio. El mecanismo del aire acondicionado resopla. Bajan las escalas.
¿Cuánto alcanza a alejarse Miguel con su paso cansado antes que el candado deje de oscilar en su locker? Como los restantes, el de Miguel es un candado de buen tamaño, que brinda seguridad, del que Mario Escobar estaría satisfecho. Sin miseria, piensa Miguel a la hora de comprarlo.
Nuestras miradas se cruzan. Temo que ya ni a mí me reconoce. Lo veo alejarse rumbo a Deportes, en cuya cafetería suele almorzar. Como que Miguel no cuida bien de su salud, porque hace mucho pasó la hora del almuerzo.
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