No seas tonto, negro. Esos números con que te salgo al paso en la fachada de los bloques (la pancarta metálica, verde sobre blanco) no son una invitación a que juegues lotería. Recuerda que la superstición es arreada de aquí nada más asoma los orejas. Sí, eso es lo que pregono. Aunque, déjame pensarlo. Sí, por algún resquicio se cuela la duda. Esos números enormes (verde sobre blanco) son acaso una ruta que te señalo para que emprendas tus búsquedas. Claro, juegas el chance, inviertes buen dinero, y el chasco es el premio. Tras mirar el resultado, haces picadillo la papeleta. Traes los fragmentos en la mano hasta la cafetería, donde te desembarazas de ellos.
Apuesta a la literatura, no a la lotería. ¿Ambas son azar? Bueno, es cuanto puedo decirte. No prestes atención a mis espejismos, son como los abalorios con que el conquistador engaña a los indígenas. Sí, parecen una revelación, te deslumbran, como Lucía y su budismo (lee la historia de Buda en inglés). La nitidez de los números en la pancarta (verde sobre blanco). ¿No reparas en que es un día soleado? Hasta el objeto más apagado refleja luz. Tal nitidez, tal concreción, parecen un llamado de la fortuna. Tonterías.
Tampoco es que sean solo números. Acaso son una ruta: entras por Barranquilla e ingresas al túnel del bloque 1; prosigues por el 7, desembocas al 8, miras a la derecha y ves el 5.
En el baño del 1 siempre hay esas pintadas rebeldes aquí y allá; por los rincones hasta donde llegan con los grafitis, los artífices parecen artistas del trapecio, al estilo kafkiano o del hombre de goma. ¿Cómo trepan hasta allí? De este baño ves salir a los capuchos a las pedrizas. Es el más cercano al jaleo. El del 9 también les sirve. El piso queda sembrado de piedras. Una vaga prehistoria se enseñorea del ambiente, una niebla de eones. Un baño es peligroso, en lo ideológico, también en los olores, vaya; esas tosecitas de los tipos sentados tras la puerta ante el ingreso de cualquiera, delatan nuestra triste (y también nuestra madura) condición. Esas tosecitas marcan territorio. "Ocupado", es lo que quieren decir. Sobra decirlo, elocuencia del olor.
En el 7 aprietas esa vez a aquella muchacha, esa locuela. Sientes en tu cuerpo los turgentes senos y la huérfana arepita. No entiendes qué hace el profesor de Morfosintaxis en el 7, en Ciencias Exactas y Naturales, pero hasta acá vienen en su busca. Quién sabe cuáles sean las vueltas de un profesor en un día. Bloom se queda corto. Cuánta sensualidad alborotada, dispersa, sin sentido. Y la sensualidad reprimida, clave de tanta sublimación, de tanto arte. Bloom escudriña el revés de la escultura de la diosa a ver si tiene ano. Te sientes un tonto acompañando a la chica al 7, pero al menos consigues un contacto, olerla, como una bestia; apretarla, como aprieta el zoquete de madera una puerta.
El 8, lo piensas a menudo, es mi mecanismo circular, mi reloj, mi engranaje, el corazón de la galaxia. El péndulo. Así como nacen nuevas estrellas, otras colapsan. Cómo es que la sala de Audiovisuales, localizada por años en el cuarto piso, viene a dar al sótano. Toda esa memoria audiovisual a las catacumbas. Recuerda esa novela de Saramago, La caverna. ¿Qué existe antes en el emplazamiento en que hoy me levanto? Saramago emplaza la caverna platónica en el subsuelo de un supermercado. El negro mira La guerra del fuego en el sótano, cuando, durante el pregrado, ve el mismo filme en el cuarto piso. En la época de estudiante apenas se percata de que hay un sótano. En estos días el acceso estaba clausurado, aquello era una cueva de murciélagos. El tiempo es circular, una serpiente que se muerde la cola. Helver, el empleado del cuarto piso, acaba su tiempo laboral en el segundo, atendiendo la sección de Referencia. Solo unos meses, antes de pensionarse por límite de edad. Es en el segundo piso, precisamente, en la sección de Referencia, donde Mónica trabaja. Donde el negro, esa vez, descubre que su dedo sangra y mancha el libro que tiene ante sí.
El 5, a la derecha, donde está el mural de Benkos Bioho. Cuántas clases ves en ese salón del primer piso, al fondo, junto al parqueadero. Aquí, en el 5, Piedad y Adriana exhiben su expendio de ropa. Un almacencito ambulante. Mientras llega la otra clase, a la orden, bien pueda, antójese. Ropa, también cosméticos. Maquillaje, lo que más sale. Estucas la cara y enganchas al tipo. Buen sistema. Por este pasillo, echando hacia el parqueadero, recuerdas a una muchacha ciega. ¿Cuántas veces te cruzas con ella? Incontables, como las nebulosas que ni el Hubble logra avistar. ¿Un flirt con una ciega? Nunca. Con una embera sí, con una negra, con una coja, con una albina, con una señora de ochenta años, con una escoba, lo que se mueva, a todo le tiras. ¿Con una monja? Pero la monja tiene antena.
La fachada oriental del 1 con pintadas de este profesor y aquel alumno muertos, alegato del ciudadano, del estamento académico, contra las fuerzas oscuras. Rostros y nombres de muertos gritan desde los muros. El aerosol y la pintura conjugados con la impotencia y el alarido. El color reptando por los paramentos de los bloques, dibujando una selva de gemidos, una intrincada galería de dolor. Un profesor, una líder comunitaria, un estudiante, entretejidos en la resistente malla del día a día, de la evidencia, del recuerdo, del no olvido.
Los nogales, dos, en el jardín del 7, por la veredita que comunica ("comunica" es casi "Mónica") con mi plaza Barrientos. Los nogales de tronco enhiesto, de ramaje alto y ralo, que el negro no tiene dificultad en identificar, mientras piensa en Mónica y el otro nogal, el de Troncos, con su bocatoma y su vereda hacia el 11, en ese jardín en que también hay almendros. Cuando uno reconoce un nogal entre un conjunto de árboles es que nos hemos dado a la tarea de entender lo que es un nogal, lo que es un árbol. No desde un enfoque científico, desde el prurito taxonómico, sino, más bien, desde el sentimiento.
En el exterior del 8, próximo a la explanada frente a Troncos, en las mesas de estudio, es donde el negro se sienta a consignar este apunte: "Estuve en la fotocopiadora Utopía, desde allí vi el 'No vote, luche' en la fachada del 10, lo mismo que el grupo de dracenas del jardín".
"No vote, luche" en el 10 y Benkos Bioho en el 5, preguntarse hasta dónde lleva la rebeldía del negro, qué cariz toma conforme los años pasan y las realidades (desde las de su cuerpo hasta las de la coyuntura política) se transforman. Platón critica las revoluciones, en tanto Aristóteles las considera parte de las fuerzas que moldean los gobiernos. En este sentido, el negro es aristotélico. Platón reivindica el Statu Quo, la monarquía. Así hable de un rey-filósofo, reivindica la monarquía.
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