El negro intenta recordar el nombre. No es una tarea fácil. Recordar un rostro tampoco es fácil. A veces tienes el nombre y el rostro te elude. A veces es al contrario. Un nombre. Una entidad sonora que responde a un referente fáctico. No se trata de inventar ahora, no. El nombre del encargado del aula de Audiovisuales, en el cuarto piso de la biblioteca. El negro tiene el rostro, la fisonomía, el oficio, pero olvida el nombre. La gallina llega con sus pollitos, les quiere mostrar una película, La guerra del fuego (la monja). El empleado los recibe con cortesía, dirige el acomodamiento, dispone los equipos (estos socorridos materiales didácticos, pizarrón, rotafolio, etcétera), recuerda las normas de comportamiento, ensarta la película. Es un tipo amable pero puntilloso, con veneno. Impone condiciones. ¿Carácter? Sí, lo tiene.
La guerra del fuego avanza en la pantalla y el encargado aprovecha para salir a tomar un refresco: "profe, ya vengo", "no hay cuidado, vaya". En verdad, no hay problema. Soy de este talante. Mi himno no es mera palabrería, producto de la beodez de Edgar Poe Restrepo, no. Nobleza, amor. El mutuo provecho, la solidaridad están en mi dinamismo. No evito la confrontación, pero mi estado natural es el diálogo (eh, Platón). El encargado de Audiovisuales, tranquilamente, se pega su meada, toma un tinto, charla con alguno y retoma su cargo. El profe (o la profe, ¿es Lucy?) le cubre la espalda. A pesar de que el filme habla de la guerra, a pesar de la historia de violencia que me signa, la estrofa de Poe donde proclama eternal amor no está desfasada. El problema no está en mí, no. Está, más bien, en el discurso del método, en la ciencia. La ciencia que problematiza todo. Leer a la luz de un problema, dice Zuleta. Elkin Restrepo afirma que la lectura debe ser puro placer. Edgar Poe Restrepo escribe la letra de mi himno. Mejía Vallejo lo retrata en Aire de tango: grandote, bohemio, pendenciero. Muere a los veinte años (aprende, Elena) en una cantina del centro. Se las da de guapo. Reta a cualquiera a trabarse a puños. Otro Hemingway. Deben ser boxeadores en vez de literatos. Edgar Poe Restrepo, a las lidias llega a la mitad de la edad de su homónimo, el autor del Cuervo.
El negro no da con el nombre. Recuerda un montón de películas que los profesores les presentan en el aula de Audiovisuales, pero la amnesia se abate sobre el nombre del empleado. ¿Ervin, César, Roberto?) La guerra del fuego, Rodrigo D (No futuro), La sociedad de los poetas muertos. Filmes con propósito didáctico. El profesor, previamente, cita al grupo en el aula de Audiovisuales; otras veces la gallina con su pollada parte del salón camino a la biblioteca, cuarto piso.
Los veo pasar, a la gallina con sus pollitos, siempre, qué imagen. Que soy escuelera, sí, no es ninguna indignidad. Es bonito. Cada rato, y siempre, la gallina con sus pollitos, acompañando, instruyendo, cuidando. Es bonito. Quizás sea este mi papel más querido, el de gallina con los pollitos, el de escuelera, y no esos elevados viajes a través de la ciencia, esos arrogantes edificios conceptuales, esos investigadores concienzudos a no dar más. Quizás los dos papeles son mi esencia, los dos papeles me cuadran, ¿no crees, negro? El rol de escuelera, de gallina con sus pollitos, y también el de engreída cientificidad.
El juego de la gallina y los pollitos, que también es un trabajo, una vocación, día a día, como escribe sus sueños, día a día, Mónica. En esa salida al aire libre, en ese paseo cotidiano con sus pollitos, estriba la grandeza de la gallina. Cualquier tarde, en su apacible recorrido, saltan obuses, silba la metralla, y la gallina hace cuanto puede por salvar a sus pollitos.
Con los años, el aula de Audiovisuales acoge otra dependencia. Las aulas son dotadas de televisores y VH. ¿Recuerdas, negro? Trabaja otro poco, estruja la mente un trecho más, ven a mi claustro y consulta con la directora de la biblioteca, consigue su correo, envíale un mensaje, a ver qué resulta. ¿Y qué es, en definitiva, de ese empleado? Puede que haya muerto, que el covid le pasara cuenta de cobro, como a tantos y tantas. ¿No es lo mismo que piensas de John Wilson? El abrazo del covid, letal.
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