viernes, 17 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap.56)

Escenas diarias en mi mundo, el hurto de un libro, un libro con dedicatoria, un libro perdido, el préstamo de un libro, un libro no devuelto, la compra de un libro, un libro rayado, la edición de un libro, un libro en barbecho, la apuesta de un libro, un libro canjeado, el encuentro de un libro, un libro olvidado, la sentencia de un libro, un libro comentado, la gloria de un libro, un libro maldito, un libro suelto, un libro encuadernado, un libro archivado, un libro en conserva, un libro entre libros, un solitario libro. 

El Hamaquero entra a buen paso en este escenario libresco. Bastón en mano, desciende la escalera de la estación Parque Berrío. Suéter rojo, morral negro a la espalda, bluyín, zapatos de goma cafés. Más calva que hiladas de cabello cano. Andar lento (acaba de llover) debido a los charcos y el piso mojado. No resbale y caiga, como el tema de Fruko y sus Tesos. Se aleja entre el gentío, cruzando el parque: músicos, lustrabotas, vendedores de café. Cambia de mano el bastón. Cruza Palacé. 

Sea como sea, es un símbolo del libro, una figura reconocida en el cotarro del impreso, como lo es Miguel en la liza informativa. Tiene un puesto en el centro librero del pasaje La Bastilla. Hacia allí se dirige, sorteando las calles húmedas, el aire ensopado y lóbrego: los toldos, los árboles, la gente, el tráfico. Este hombre viejo, cojo, que se apoya en un bastón. Cojos, de refilón: Terry, Ignacio, el Hamaquero. Panzudos: Elkin Restrepo, el Hamaquero, Judith, la amiga de Tita. Es bueno volver sobre mí misma. Traer a primer plano los personajes de marras. Que el recuerdo se torne recuerdo del recuerdo. Negros: el negro, Miguel. 

Con su barba canosa y su vientre abultado, el Hamaquero camina rumbo a la bodega del libro, a un día más de trabajo entre sus colegas libreros, a ese paraje largo tiempo trajinado. Cuántos trajines. Hasta donde sé vive en Copacabana. José Manuel Arango, el poeta, también vive en Copacabana. El negro vive en Bello, esto es, a un paso de Copacabana. Sí, es cierto, me gusta pronunciar la palabra "Copacabana", por eso de que suena carioca. 

Trajina, pues, del cercano norte al centro, cada día. En caso de que aún viva en Copacabana, quién quita que se haya mudado. Puede que hoy viva en Bello, incluso más central, Belalcázar, Tricentenario, Sevilla. Frente a mis predios, del lado de Barranquilla, construyen edificios de apartamentos, cuántas torres: puede que el Hamaquero viva ahí. 

Se cruza con el negro en la escalinata del metro, uno desciende, el otro asciende. No se saludan. No son amigos, con todo y que coinciden en tantos lugares, en esta Medellín, por tantos años, entre libros hurtados, con dedicatoria, perdidos, prestados, devueltos, comprados, rayados, editados, en barbecho, apostados, canjeados, encontrados, olvidados, sentenciados, comentados, glorificados, malditos, sueltos, encuadernados, archivados, conservados, hermanados, solitarios.

Es una lamentable fatalidad, casi una vergüenza. Ruinas de hombres y todavía tantos recelos, vanidades, prevenciones. La vida se las arregla para mantenerlos alejados, así como se las compone para amistar a otros. Estos dos se han mirado por el rabillo del ojo hace años, como dos enemigos, como dos ladrones que se conocen bien y se evitan a muerte, definiendo al milímetro el territorio de sus maldades. 

Estúpido recelo, ciega desconfianza, burdo egoísmo. Un perfil labrado a base de hablillas, que genera mutua precaución, porque ni siquiera puede llamarse desconfianza. Alguna vez, en alguna feria, una palabra cruzada, una pregunta sobre un libro, una respuesta formularia, mercantilista, y en seguida la reserva a discreción, cerrando filas de nuevo. La simulación forma parte de esta conducta. Se finge no conocer al otro, no saber quién es, qué hace. Ni siquiera vale el certificado de identidad con que los ligo. ¡Son míos! Son udeáticos. Cómo pueden ser tan hijueputas. Extraños, cautelosos, siguen su marcha por esta Medellín extraña, cautelosa. 

El Hamaquero es una imagen del libro, de su utilidad, de su comercio, de su banalidad. "Librería el Hamaquero". Este hombre avejentado es una librería ambulante. El morral a la espalda revienta de libros. Desde el torniquete y luego al ascender la escalera rumbo a la plataforma, el negro retarda el paso para verlo avanzar penosamente entre el frangollo del Parque Berrío. El suéter rojo con capucha, abierto al frente, semeja una bandera libertaria. 

¿Es casado? ¿Tiene hijos? Luis no tiene buena opinión del Hamaquero. Lo considera uno de esos tipos que se labran una fama de doctos sin serlo realmente, porque deslumbran a dos o tres novatos que luego lo ensalzan. Y el tal, en adelante, vive de un honor infundado. Pese a vivir toda la vida entre libros, tampoco es que sean buenos lectores, más bien lo contrario. Hablan de dos o tres autores, pero sin demasiada profundidad, con frases hechas. Quizás son más una desgracia que una honra para el mundo que pretenden representar, el del libro. Son más mercachifles que otra cosa. Adocenados, rutinarios, no despiden una chispa de autenticidad ni aunque la roben de los otros. Les falta el garbo y la largueza de los espíritus nobles. Se trenzan en rebatiña por migajas. Aun así, son altaneros y exigen que su palabra sea acatada. Son como esos libros robustos y raídos, que la negligencia salva del tacho de la basura.    


    


         

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