sábado, 25 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 64)

Porque en Golpes de ala encuentra una papeleta con un dato sobre Rimbaud ("El niño endemoniado de las letras"), vuelve a Tita. ¿Desde cuándo alberga el libro de Luis Jaime Agudelo esta papeleta que alude a un artículo sobre Rimbaud en El mundo semanal de abril 9 de 1988? Un rectángulo de papel, proveniente de un impreso desechado, reutilizado, de esos recortes provistos en la sección del catálogo de las bibliotecas, para que el usuario anote la signatura del material consultado. Permanece allí, entre las páginas de la novela de Luis Jaime, abocando a qué figuras (Rimbaud, El negro Gaitán) y a qué sucesos (la partida a Abisinia, el Bogotazo). 

Vuelve asimismo el año de los muertos, la imagen de la violencia y el estropicio a volandas en ese 9 de abril, que todos sabemos a qué alude, qué paradigmático referente convoca. Curiosamente, el 9 de abril es una localidad argentina, ubicada en el partido Esteban Echeverría, en la provincia de Buenos Aires. Pero no es argentino el sentir, aunque un solemne ramillete de homólogas argentinas (la de Córdoba, la de Buenos Aires, la de Palermo, la de Quilmes, la del Rio de la Plata, la de San Martín, etcétera) protesten.  

El grabado de Gloria Inés Castro en la tapa, carboncillo de una chica desnuda (sin cabeza, como la Gorda de Botero, que en realidad se llama Desnudo femenino) que abandona un cuarto esbozado con tres elementos, el listón de una puerta o de una cortina, una lámpara, un tapete; el pomo del listón y el foco de la lámpara son del mismo rojo de la mochila y los pezones de la mujer; el brazo derecho (el izquierdo, es velado por el listón) aparece extendido en toda su longitud, la mano contra la mochila como si protegiera los libros o lo que quiera que cargue allí. Recia desnudez con un modelado escultórico, el brazo omitido semejando la amputación de los monumentos griegos, la sombra del pubis reclamando el interés en esa composición llena de indomable fuerza. La opulencia del pecho, la esbeltez de las piernas, el suave pronunciamiento de la cadera; la mochila roja y negra, que es la misma feminidad en su esencia indescifrable.      

Busca en la red más obras de Gloria Inés Castro, encuentra una, Clonación, expuesta en la IV Bienal de Gráfica Artística, año 2000. En el mismo archivo hay un grabado de Marta Lucía Villafañe (Franja sin gloria), la autora de la escultura de la entrada oriental del museo, Candelaria viendo el atardecer de Ambalema. Que todo esto lleve a Tita no es raro. De entrada lleva a una pintura de Toulouse Lautrec, un retrato de Rimbaud y Verlaine, donde el primero es un mozalbete de expresión delicada, y el segundo, un hombre maduro, de barba. Por asociación lleva a Tita, que se parece a Rimbaud, en el respingo de la nariz y en la carnosidad del rostro. ¿Cuándo descubre el parecido? El día en que sube a la sala de periódicos (Patrimonio) a consultar el Mundo semanal, 9 de abril de 1988, Rimbaud, el niño endemoniado de las letras. ¿Qué es lo que descubre? Que la nariz de Tita es la de Rimbaud en la ilustración de Rogelio Quintana. Da cuenta del artículo de Carlos Tirado, el cual viene acompañado por dos textos del Rimbaud: Promontorio y Escenas.   

Nariz respingona, la de Rimbaud y la de Tita. Hasta en el rostro redondo y carnoso, de boca fina, se parecen. No, aquí cesa el alegato sobre Una temporada en el infierno. Ese libro pertenece a Tita por doble partida. Por un lado, como privilegio de su amistad con el negro, de otra parte, como hermana gemela de Rimbaud. Deja el libro a Tita, no menciones el asunto. Es cierto que nunca lo has mencionado, pero ahora con mayor razón. Así como Luis Jaime regala Golpes de ala sin miramiento, deja que Tita se quede Una temporada en el infierno. 

Santiago Restrepo y Tita también tienen rasgos en común, son fumadores. Muchos universitarios fuman. Ese lunes en que se levanta a otro día de clase, Santiago enciende un cigarrillo y experimenta lo que él llama el ajuste necesario frente al día. Quien fuma sabe cómo y con qué gesto desprenderse de la ceniza, y sabe también cómo y con qué gesto tirar la colilla. Santiago tira la colilla en la taza, cuando entra a ducharse. La mamá lo sorprende y lo regaña. El cigarro ayuda a Santiago con la resaca, la noche anterior llega tarde. El regaño de la mamá tampoco se hace esperar en este sentido. Cuando se cepilla los dientes (va a salir para la u), le sorprenden las bascas y vomita. Para el fumador un cigarrillo es una medicina. Tita hace un arte del acto de fumar. En clase se aparta a la ventana, trepa al alféizar y fuma a su gusto. Esta imagen de Tita fumando supera por kilómetros la de Santiago ejecutando la misma acción. No es lo mismo ver alzarse las azules volutas de humo con el pensamiento discurriendo sobre Rafael de Valentín, que sintiendo el cuerpo estragado por el trasnocho y el licor. 

Claro que este Santiago Restrepo vive con comodidad: baño con agua caliente, biblioteca, y la mamá le compra un suplemento alimenticio para que se robustezca, pues lo ve muy flaco. Antes de marcharse a la academia, Santiago echa en su mochila (donde ya descansa la Constitución) un libro de un poeta que estudia farmacia, amén de dos cuadernos. Tita es consumidora de literatura selecta: Rimbaud, Margarite Yourcenar.

Rimbaud escribe de los quince a los veinte años. Adicionalmente, desde África (Abisinia) escribe unas cartas a su madre, de la que se infiere su periplo por el continente negro. Rimbaud, eres negro.

Al final de Absalón, Absalón, Shreve, el canadiense, reflexiona sobre la tragedia de Thomas Sutpen, cómo todo se origina en el odio al mestizaje, de ahí que no quiera reconocer a su hijo haitiano, Charles Bon. Es también el motivo de la infelicidad de Charles Bon, que es rechazado tercamente por su padre. Shreve se pregunta si al final los negros ganaron o perdieron con la Guerra Civil. Su razonamiento final es optimista, al menos para el mestizaje. Estados Unidos y el mundo, con el correr del tiempo, se irán blanqueando; es decir, irán aceptando la realidad del sustrato oscuro, y serán mecidos por las auras de las praderas de África.

Ese grabado de Gloria Inés Castro, Clonación, donde cuatro figuras de aire un tanto bufonesco posan para la cámara. Están en una acera, recostados contra  un ventanal, en grupo, tres hombres de pie, una mujer sentada en el piso. Esa otra obra de Marta Lucía Villafañe, Franja sin gloria. 

Consulta juicioso toda la tarde en la sala de periódicos. Al final, en el espíritu de su otra pasión, la música, traslada a su cuaderno un fragmento de un artículo de Rafael Puyana:

“El clavicémbalo es un instrumento de cuerda punteada y pianoforte que fue inventado en 1700 por Bartolomeo Cristofoldi, un constructor italiano. Su voz es cantarina y metálica y tiene cierto parecido con el piano de cola. Tiene dos y hasta tres teclados, y su sonido se produce no con percusión como en el piano, sino con un punteo de las cuerdas. Era el adorno de las cortes en los siglos XVI y XVII, favorito de soberanos, príncipes y la realeza en general, que se reunía a escuchar a sus músicos predilectos en medio de sus bellos palacios y castillos”.              

Halla en la novela de Luis Jaime una imagen que lo lleva a una aventura musical. La madre y la hermana de Santiago "se van abrazadas, arrastrando los pies y moviendo acompasadamente las cabezas, como si ejecutaran un paso lento de una melodía renacentista". Consulta sobre las melodías renacentistas y se entrega a la audición de este género. Vihuela, laúd, guitarra, qué música, cómo descansa y transporta. 

Franja sin gloria, este título bien puede compendiar el año de los muertos.

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