Veo al negro (en la imaginación lo veo) trabajando en la máquina de escribir, creando un poema o un cuento. El negro pasa por mi plaza Barrientos con el morral a la espalda. Veo más allá: imagino la máquina de escribir. La trae consigo, invisible. Solo yo veo la máquina de escribir, el negro con sus dedos ágiles creando el poema, el cuento. Siempre la trae consigo. En realidad, la máquina permanece en la casa, sobre la cómoda. Pero es tal el vínculo entre este útil y su dueño, que siempre están juntos, la una en su dimensión invisible, el otro en su corporeidad inalienable. El ejercicio de la escritura no se interrumpe. El negro que atraviesa mi plaza Barrientos con el morral a la espalda, rumbo a la clase de Latín, viene escribiendo en su Royal 330. ¿Cómo es que solo yo veo esta realidad alterna? Es así, solo yo la veo. Los demás ven el muchacho del morral; yo, además de la Royal 330, veo la hoja en el carrete, veo la historia, veo a Elvia.
Igual ocurre cuando me detengo a observar a Mario Escobar. Lo imagino con la máquina de escribir a cuestas. La suya es una Olivetti. Imagino sus dedos magullados de tanto que aporrea el teclado. Me sumerjo en el tiempo legendario en que García Márquez escribe El coronel no tiene quién le escriba en una pensión de París. Como una lápida a la espalda cargan la máquina de escribir estos hombres. Claro, para ellos debe ser una irisada y juguetona mariposa: la fantasía. Veo a Mario Escobar sentado en la cafetería de Pastora. Escribe en su agenda, pero en una nube mental se dibuja su Olivetti, la historia de Alaín Calvo. Se coloca en una actitud desde la que domina el pasillo en su longitud. Es un tipo añejo, de unos sesenta años, de pelo claro, escaso. Su rostro denota una especie de agudeza sombría, una inteligencia agobiada por los accidentes de la vida, algo como una hurañez premeditada, lúcida, que confiere un tono terroso a su semblante. Pocos saben, aunque deben intuirlo (yo lo sé), que se trata de un profesor de literatura. El individuo del que hablo es, en efecto, un catedrático, el cual se acomoda en una de las mesas del andén y hace tiempo entre clase y clase, aprovechando para beber una gaseosa, comer unas rosquillas, registrar apuntes en su anecdotario o escudriñar la vida que transcurre en torno. Hay algo de altivo desdén, de genio analítico, en su figura veterana. Sin duda, chilla entre el enjambre de rostros juveniles que transitan por la cafetería. Refleja, a veces, una gran pesadumbre.
Lo conozco y puedo asegurar que se trata de un escritor reconocido, con varios libros editados y el meritorio papel de dirigir mi taller de escritores. En clase usa un lenguaje francote, de ideas firmes, largo tiempo rumiadas. Exhibe una dicción vulgarota y desenvuelta; cuestiona planteamientos tradicionales, adoptando un aire de desafío, cuando no de prepotencia. Es sumamente enérgico y escrupuloso. Está atento a las fallas en que incurren sus alumnos, las señala sin falta y las corrige, en ocasiones con rispidez, causando sonrojo e incluso lágrimas. El temor y el desamparo reinan en ciertos estudiantes, pero entre la mayoría suscita admiración y halago.
Sí, es un sujeto un poco altanero en el discurso y en los modales. Posee una contextura sólida, que sortea bien la vejez. Temo que Tita se enamore de él, piensa inscribirse en el taller, siguiendo los pasos del negro. En realidad, Mario todavía no es viejo; tiene hombros firmes, duros los músculos, fuertes las piernas. Hay en su filosofía un rechazo fiero de la ciudad y sus gentes. De esa suerte de amargura en que a veces se lo ve sumido, suele rescatarse con bromas, comentarios obscenos, apuntes intelectuales, tópicos artísticos y confidencias sobre su pequeño hijo. En el círculo de su clase, no deja de ser punzante, divertido, irónico, mamagallista, al punto de zaherir el pudor de algunas damas. Su descontento con la urbe y el anhelo de volcarse en la escritura (en su Olivetti) lo impulsan a abandonar todo y radicarse en Urabá, donde combina las tareas de colono agricultor con la pasión de las letras.
Tras un tiempo en Urabá regresa a Medellín, donde se radica. Compra una parcela con sementera en Guarne y se zambulle en la Olivetti. En este lapso se separa de la esposa y se amanceba con una joven. Rastreo en sus novelas el desbarajuste conyugal, el hastío, el alegre puerto que halla en la chica. El maestro chochea con su culicagao.
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