Ya es viejo Miguel, ochenta y dos años. En el mural del poste de la estación está escrito su periplo vital, 1943-2025. Qué homenaje, todos unos artistas los muchachos que ejecutan la obra. Allí consignan la frase célebre de Miguel: "El día más bello, hoy". Hasta frase célebre deja este hombre. Mario Escobar fina a los ochenta, Natalia Pikouch todavía es muchachona al morir. Solo en una foto de las que publican por su muerte delata Miguel sus ochenta y dos años, blandito, enfermoso, inclinado ante sus pizarras del vallado.
Ya gana la escalera de acceso al metro cuando se devuelve a hablar con los artistas. El mural que ejecutan en el poste le retiene. Son tres muchachos, tienen el bosquejo en el celular, así se guían para pintar. La silueta oscura del lado occidental ya define a Miguel y la red del vallado; del lado oriental el busto, la mirada al observador, el abundoso cabello entrecano.
Se para a hablar con los artistas y, con el celular, toma dos fotos al mural. Dos de los artistas, recelosos, hacen un esguince, se evaden del foco de la cámara, no quieren quedar en la foto. Muy comprensible su aprensión. Así que solo queda uno, el negro calvo y de barba y arete. Este ni se percata de que el negro toma fotos. Está abstraído mezclando los colores. Luce un tatuaje en toda la mitad de la calva, arriba de la nuca, sin que alcance a llegar a la coronilla, o vaya Dios a saber si es un corte de pelo rapado, una franja vertical, estrecha, del tamaño de un cigarrillo, más o menos. Seguro que si descubre que el negro toma fotos también se esquiva. No se confía en nadie en estos tiempos.
Es el mismo poste donde Tálaga pinta a Alonso Ríos esculpiendo la obra El maestro forjador de futuro, que el pintor, pifiado, llama El lector. De la pintura de Tálaga no queda rastro, tiempo ha que la borran, y desaparece entre el nutrido palimsesto del recuerdo. A diario fijan allí carteles publicitarios o pintan grafitis, que los industriosos empleados del metro lavan a su debido tiempo.
El negro ya no se preocupa mucho en asomarse por Artes y buscar a Tálaga. Tampoco presta demasiada atención a sus mensajes de wasap. Por lo general Tálaga comparte vídeos donde lo entrevistan o hablan de su obra. Nunca se toma el trabajo de un saludo desprevenido y cordial. Es así como somos, cortos para justipreciar al otro, amplios para publicitar nuestra imagen.
Muy pronto se hace recuerdo Miguel, se hace pasado, como dice Luis, pintado en el poste del metro. En seguida lo reconocen, porque su figura es muy familiar y porque los artistas hacen un trabajo excelente.
El negro se aleja pensando en lo inoportuno que es con los artistas, que pese al desenfado y a la cortesía de estos, les interrumpe. Se aconseja ajustar tal comportamiento en el futuro.
Y yo lo veo irse, después de tanto fatigar mis tránsitos, otra tarde más. Y aquí estoy, henchida de vida, de formas, de tiempo. Y pienso que el negro me define en un escorzo, como si me viera en una maqueta, a escala reducida. Me define con su pulso y con su pensamiento, con sus remembranzas y su contextualización de hoy.
Más que sorpresa experimenta un secreto horror al descubrir a Ángela sentada en Troncos, en el murito de siempre, el que da a la explanada de la biblioteca. Ángela está allí, sola, bebiendo perico con buñuelo. El nimbo de soledad de esta mujer se le antoja desgarrador. Está allí, en la actitud ociosa y resignada en que tantas veces la ha visto. Su aislamiento es más notorio si se considera que en las mesas, las escalas y los muritos de Troncos hay bastantes grupos de gente. El espanto que siente no se debe propiamente al hecho de ver a Ángela allí, sino al encontrarla tan encarnizada en su soledad, tan expuesta a la compasión o al odio.
Cada vez más hundida en su soledad, así la ve el negro, que tiene por lo menos tres años sin aparecerse por mis ámbitos, y que esta tarde viene pensando más en informarse sobre un concurso literario que en encontrarse con viejos amigos. En cierta forma, le cabe razón en mostrarse remiso a los reencuentros. La imagen de Ángela lo descorazona. Tras varios años de egresada, sigue atada a su tránsito fantasmal por mis paseos. No le ha ido bien en lo laboral. En lo sentimental también es de malas. Encuentra una especie de paraíso de consolación en la asiduidad a mi vida cultural: cine, teatro, foros. Está al tanto.
Tras venir al bloque 22 y realizar su cometido, aprovecha para darse una vuelta por el coliseo y el Camilo. Luego atraviesa el plan de la biblioteca, como tantas otras veces en la época del pregrado, buscando la salida de Barranquilla. Entonces es cuando descubre a Ángela. Rechaza el impulso de pasar de largo y se dispone al saludo. Por otra parte, sospecha que ella lo ve primero y que solo espera, no sin astucia, la reacción de él.
El negro se acerca y le habla. Ella está arriba, en el murito, sentada; él, abajo, en el plan, de pie, la cabeza levantada hacia ella. Así platican unos minutos, en la ceniza del final de la tarde. El negro no puede eludir una intensa sensación de anacronismo, la indiferencia hacia estos mis recovecos, a los que ahora se siente ajeno. Ángela parece encarnar ese rechazo. Ha engordado y su cutis está seco, sin vida. En la parte baja de la mejilla muestra la mancha ingrata de un hongo del tamaño de un poroto. Mordisque el buñuelo.
Hablan de la presente versión del Festival de Poesía.
"Acabo de asistir a una lectura de poemas en el Camilo", y le regala un librito con la programación del Festival.
Luego de ensartar, más bien con desánimo, unas cuantas nimiedades,
"Estás gordo; cómo esta tu niña".
"Bien", y se despide, dejándola en su extraño paraíso de Troncos.
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