viernes, 3 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 23)

¿Sí le devolví el dinero a Tita? Se pregunta el negro atravesando mi plaza Barrientos. No lo recuerda. Estima que debió hacerlo, suele pagar sus deudas. Claro que bien puede quedarse con el dinero, porque Tita se le quedó con Una temporada en el infierno, del niño Arthur. No, cuando el negro saca grados, Tita le obsequia Memorias de Adriano, así que el dinero queda ahí, suelto y, negro, debes pagarlo. Claro que la amistad no es un trueque de favor por favor, de un libro por otro. La amistad es otra cosa. El negro nunca sabrá si es amigo de Tita, porque una vez, medio en charla, medio en serio, estando con Aída, Tita dijo al negro: "Eres de los pocos que aceptamos en nuestro politburó". Eso sonó a misandria. Pero que Tita es amistosa queda fuera de duda. También es desprendida, aunque este rasgo tiene un no sé qué de antipático, como si Tita se sintiera sobrada. Más que desprendimiento, eso suena a sentirse superior. En fin, ese billete con la imagen de la india Catalina sacó de apuros al negro. Recién se conocían del curso con Vilma, Literatura europea. Una vez el negro estaba en la sala de estudio del bloque 9 y entró Tita con sus tenis rojos. Se acercó a la mesa en que él estudiaba y hablaron de lo bien que les fue en el examen sobre Piel de zapa. Tita gustó al negro porque la consideró poética, o intelectual, o fervorosa de la lectura, no sabía. Y porque usaba zapatos rojos. En un intento de novela que emprendió, donde quiso retratar la vida de los universitarios, vistió a Tita con el nombre de Mónica y le añadió un bastón rojo, imitando en algo a Stephen Dédalus y su báculo. El encuentro de Marcos y Mónica se da en la plaza Zea a las tres de la madrugada. Son noctámbulos. Mónica trae un bastón rojo, y esto conquista a Marcos. El negro leyó su novela a Carlos y Aída y no quedaron convencidos. Según ellos, ese encuentro en la plaza Zea a las tres de la madrugada no era verosímil. Tita también gustó al negro porque su voz sonaba auténtica, sin avidez ni petulancia. "Después te presto mis zapatos", así se despidió aquella vez. Pero, ¿qué universitario no es petulante? Está en la edad, en las hormonas, en ese prurito de querer recoger, como un cedazo, lo más fino de la ciencia. Sin duda ahí vuelve y juega Mefistófeles. El negro se ilusionaba con el mañana, vería a Tita. Hoy han conversado por teléfono. Tita le cuenta que sacó cinco en el examen final de Europea, la profesora la felicitó. El negro le pide que traiga el examen, para leerlo. Este es el pretexto para verla. Un pretexto teñido de la melancolía de un tango de Gardel, del imposible amor, de las tardes sin esperanza, sin nada seguro. Y acaso eso es lo bello de todo, negro, ese no estar seguro de nada. ¿De qué puedo estar segura yo, pobre vieja trajinada? Hoy me cierran, mañana me abren, en las vacaciones me quedo desmirriada y lunática. Tú me has visto, negro, en tales ocasiones. Sí, aquella tarde en que te sentaste en la zona de comidas de Química y apareció tu hija en compañía de ese muchacho Sebastián, y ese tema de salsa que Mónica te chutó. Amor, imposible, urgido, triste amor, como un tango. Sí, quería ver a Tita, conocer a su niña, saber que tiene un hermano en Australia, el mayor de todos, saber que tiene una bicicleta, saber que es dueña de un negocio de salchipapas en el parque de Cristo Rey. Quizás su ansiedad es más inocente de lo que él mismo piensa. Acaso solo desea a Tita en la medida en que es un ser que le permite contemplar la plenitud a través de un acto tan sencillo como una sonrisa, un diálogo. La cita queda acordada para las tres en Troncos.                

¿Fue esa la tarde en que Tita le prestó el dinero? Leyó el ensayo sobre El extranjero, la felicitó. También él sacó cinco, pero trabajó otro libro, El proceso. También prestó su texto a Tita. Parecía un mamotreto, mecanografiado en su Royal, en hojas de bloc tamaño carta. Vilma hizo algunas objeciones, pero le puso cinco. Esos trabajos, cómo fatigó su Royal con esos trabajos. Y al final, ¿qué fue de ellos, de esos trabajos, de tanto gasto de cacumen? Las anotaciones sobre Tita comenzaron a menudear en sus cuadernos. Tita tenía dinero y era desfachatada al gastarlo. No se le daba nada. Cuando Epulón banquetea entre Lázaros es de mal gusto hacerse el desenfadado. En fin, mis días transcurren como transcurren los del negro, los de tantos udeáticos. A veces descubro un andamio en el rellano de una escalera, el olor característico de los materiales de construcción, ese olor a cemento y pintura que hiere el olfato, que escarba en mis fosas nasales. Esa desolación. Y, sin embargo, cuando alguien pasa nada ocurre. Se surca un aire fluido, un tiempo sin sobresaltos. O es ese montón de carbones mustios en medio del césped, señal de una fogata. Puede ser el frenillo de Tita (¡Tita usa frenillo!) o el momento en que Aída se enfada con Adriana porque esta le dijo que, así aburrida, se parecía a Topoyiyo. Aída no está bien, forcejea contra algo. Trae el pelo recogido. Y una camisa rosada. Tal vez es sentir lo superfluo y lo fatal de destruir el vaso desechable apenas se acaba de beber el tinto. Como si debiera aplastarse, sin más, al acabar la bebida. ¿Por qué no dejarlo, sencillamente, ahí, intacto? ¿Qué es, pues? Acaso sea la afabilidad de Nora, su encendido y limpio cutis. Es mirar a los ojos a los demás. Oír sus palabras sin demasiadas exigencias de discreción o retórica. En el teléfono público se filan cuatro personas, Nora es una de estas. Aída no halla sosiego. Además del sopor, reniega de la vida en una ciudad como Medellín, tan cruel. El negro no tuvo clase de Desarrollo cognitivo. Asamblea en el Camilo. Acaso sea eso,  gozar del ocio sin sentimientos de culpa con respecto al estudio. Detenerse a mirar el movido ramaje de ese árbol, sus grandes flores coloradas. Hoy el negro no sabe el nombre de este árbol, después sabrá que es una miona o tulipán africano. Es que también habitan mis predios un buen número de árboles. Agradezco al negro que siempre me los recuerda, porque tiendo a olvidarlos. El negro tiene un embeleco con ellos. Esa es una ceiba, ese es un nogal, etcétera. Millares de hojas, ¿quién podría contarlas? La computadora humana, ese hombre que salió en el libro de récords. Mejor saberlo por un poema, es decir, intuirlo. Tantas cosas se hablan para distraerse y, no obstante, el vaso del fastidio no se escurre. La hez, amarga, se aposenta en el fondo. ¿Qué es? Aída entra en un rapto de disparate, busca, enardecida, una estatua donde nunca hubo sino pavimento. "Aquí había una estatua."  ¿Qué es? Saber, quizás, como Philip Carey, que la vida no vale un céntimo, menos en esta urbe, que cualquier malnacido te la arrebata en el momento menos pensado. Huir, es de lo que habla Aída, atacada de paranoia. Y Tita platica de su miedo. Los tres (Adriana se ha ido, Nora está en la cabina del teléfono), Tita, Aída, el negro sienten que pactan una solidaridad en los términos más simples, implícitamente. Nora fue profesora en una escuela corporativa durante cuatro meses. Hasta tenía que cantarles a esos pobres niños. Tita debe llenar un papeleo de la Cámara de comercio, gajes de los mercachifles. Aída comenta que Neruda es uno de sus afectos en el plano de la poesía. Planos. ¿Saussure no habla ya de eso en su teoría sobre el signo lingüístico? Claro, plano del contenido y plano de la expresión. En resumidas cuentas, todo es forma. De algún modo Platón tiene razón. El bello Platón, que uno acaba amando, pese a todo. ¿Qué es? Si llega la noche el ramaje se asombra, se amulata, y la flor cárdena se empecina. Todavía hay resquicios, rotos de gris entre los árboles. Eso es algo. Por Dios que sí. Aída y Tita se separan del negro. Quedan acordados para escuchar al día siguiente la lectura de unos poemas de Pessoa. ¿Qué es? Mirar el gradual oscurecerse del ramaje. Eso.             

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