Imagino con el negro cómo es esa universidad que Faulkner trae a cuento en Absalón, Absalón. ¿Cómo puede ser esa colega mía en los años de la Guerra de Secesión, en un país convulso, donde los del Norte pelean contra los del Sur. Los inicios de nuestro magno intento de alumbrar las mentes e inseminar sueños. O esa universidad de Salamanca de la que Kazantzakis habla en España, dos rostros. El escritor griego visita el país ibérico en plena Guerra Civil. Se entrevista con Unamuno. El negro, que se trae sus cosas, se dice que la manera como Faulkner se refiere a la universidad es somera, que no alcanza a pintar el fervor de la academia, aunque en algún pasaje muestra a Bon, estudiante de derecho, hincando los codos en los manuales de Blackstone y de Coke. Mi colega estadounidense estaba en sus albores, como yo en esa época, y Faulkner dice que era un lugar donde el estudiantado aún no superaba un número de dos cifras y donde la facultad de derecho constaba de seis matriculados. Faulkner no precisa qué universidad es, pero debe ser la de Memphis, en el estado de Tennessee. En el fervor patriótico los universitarios conforman un regimiento, en el que se enrolan Bon y Henry, el primero como teniente, el otro como soldado raso. En este pasaje la universidad empuña la bandera del ejército confederado, los colores del sur. Lo mismo harán mis colegas del norte. En todo momento la voz de Faulkner lamenta el absurdo de esta batalla fratricida. Me permito aquí una acotación que puede sonar patética, pero que expresa mi sentir, la universidad no tiene color. O es un color múltiple, plural como el del arcoíris. Sin embargo, me encanta ese episodio de Absalón, Absalón en que cinco soldados del regimiento universitario, montados en una carreta de pertrechos junto a mozos y criados, con sus uniformes nuevos, inmaculados, grises, hacen una gira por todo el estado con la bandera, los colores de la compañía, los fragmentos de seda cortados y preparados, pero no cosidos, de casa en casa, hasta que todas las novias de todos los integrantes del regimiento dan unas puntadas con su hilo y su dedal. ¿Locura? ¿Grandeza?
Con las lecturas del negro, esta vez Servidumbre humana, veo la universidad de Heidelberg donde Philip Carey va a estudiar un tiempo. ¡La vida de un universitario! Philip Carey, Bon , el negro. Maugham sí documenta mi entorno con creces, con esa plasticidad y esa belleza del artista mundano y cosmopolita. "Philip Carey llegó a Heidelberg una mañana de mayo. Su equipaje fue colocado en una carretilla y el recién llegado siguió al mozo fuera de la estación". Este Philip Carey que, tras muchas cavilaciones y sufrimientos logra entender al fin el significado de la vida. ¿Y cuál es el significado de la vida? La vida carece de significado. Nacemos y morimos moldeados por las circunstancias. No existe crueldad ni felicidad, solo el sentimiento de la realización personal, esto es, la conciencia de que no somos nada. Philip Carey se siente feliz al reconocer que su existencia, desterrada la ilusión del libre albedrío, carece de importancia.
Con María, Aída y el negro voy a la universidad de Constanza, a los predios del antiguo monasterio dominico, que me recuerdan a Aristóteles y su método peripatético: la montaña, el lago. Recuerdo, fatalmente, a Nietzsche y su Zaratustra asilado en la cumbre, junto al águila. El águila de Lord Tennyson: agarrada al peñasco con sus curvas garras, cerca al cielo en solitarias tierras, en torno al azul siempre, a su lado el centelleante océano riela, mira las paredes de sus montañas y como un rayo cae. También traigo a la mente a Bernardo, el profesor de filosofía del negro en el bachillerato que, por su nariz superlativa, evoca a Cyrano de Bergerac y, adlátere, a Gerard de Pardieu (el actor francés nacionalizado ruso y aficionado al ajedrez). Jauss tiene entusiasmada a María con su estética de la recepción. María va a un intercambio a Suecia y en las cartas que envía a Aída habla de Robert Jauss. Mi homóloga de Constanza, una belleza arquitectónica, alberga por años la inteligencia del crítico literario. Situada en un cerro, en la verde montaña, semeja un alcázar con un manojo de sofisticados edificios. Recuerda la abadía italiana donde ocurren los hechos del Nombre de la rosa, los asesinatos de Jorge, el monje bibliotecario. De alguna manera recuerda a Grecia y su territorio montañoso, al profesor de literatura griega, Hernán Botero, que siempre cambia el nombre a Aída, la llama Ariadna. Bernardo entra como catedrático en mi planta de profesores, coincide con el negro en los pasillos de la facultad de educación, conversan, recuerdan viejos tiempos, los presocráticos, esos tipos lunáticos que se robaron el corazón del negro. Inspirada en la figura del alemán Jauss, María adelanta el próximo número de su revista de filología.
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