Hipócrita Lector, mi semejante. Ese Tálaga, ¿cómo embauca al negro? Nada más al negro, un sujeto que es tan avisado en asuntos de este tipo, fechas, autores, títulos de obras, recuerdos, en fin. Este petiso con cabello color mofeta, este Ghirlandaio paisa, hace trastabillar la memoria del negro, porque la escultura del jardín entre los bloque 9 y 10 sí es de Alonso Ríos, pero no se titula el Lector, sino el Maestro forjador de futuro. Una noticia falsa, una mala especie, es lo que más rápido se riega, más que verdolaga en playa, como suelen decir. Y Tálaga, muy sí señor, con la autoridad de la ignorancia, va regando el cuento del Lector, al punto que hasta confunde al negro. Así se crean los mitos. Y una tarde el negro da tumbos por mis predios, palos de ciego aquí y allá, buscando al Lector. Por supuesto, no lo encuentra. Siempre llega ante el pasto, la zona abierta y verde entre el 9 y el 10, y allí está es el Maestro forjador de futuro, que Alonso Ríos, ¿conscientemente?, modeló con un rostro pintiparado al profesor Carrillo, barbado, nervioso, gesticulante; sí con un libro en la mano, en actitud de leer, es verdad, pero esto no da pie a Tálaga para dispersar un dato falso, por no leer la placa, esa sencilla previsión. Este pintoresco Ghirlandaio y su desenvoltura referencial recuerdan el cuento de García Márquez, La idea que da vueltas. Una cosa de nada, una suposición, un invento, a qué orillas desfenestradas puede conducir. En mis costillares de vieja ballena no hay una escultura con ese título, el Lector, lo dejo claro. Tálaga puede seguir difundiendo el mito, pero será reprendido puntualmente. Ya de por sí el negro, igual que Aída, se empelicula buscando estatuas, salones, personas, que acaso solo están en su imaginación desvelada. No hay que darle cuerda a este negro. Increíble que todo un Ghirlandaio, que también le jala al modelado de esculturas, caiga en esas lagunas. Suelo verlo en la sala Rafael Sáenz, en Artes, trabajando figuras en yeso y en barro. No, no solo se las ve con los lienzos. Le gusta modelar.
Esta anécdota del Lector y Tálaga tiene más tela para cortar, no es apenas solo este impune engaño al negro. Tálaga dibuja un mural en el poste de la vecina estación del metro; la figura representa al maestro Alonso Ríos trabajando en el Lector. Desde aquí viene el embeleco de Ghirlandaio con el Lector. A todo quien lleva ante el poste a enseñarle su mural le transmite el dato errado. Es natural, pues, que no se pellizque, porque cree a pies juntillas que está en lo correcto. El Lector por aquí, el Lector por allá. La pintura permanece en el poste hasta que las directivas del metro la cubren con una gruesa capa de pintura gris, dejando claro que el poste no es un espacio de expresión pública. Es recurrente la imagen del empleado afanoso despejando con la espátula los avisos invasores, volviendo el poste a su inmaculado gris corporativo. Tálaga sostiene una desigual lucha con el metro para que no le borren su Lector, pero sucumbe. Del Lector no queda nada en ese poste, pero sí queda mucho en el jardín entre los aludidos bloques, el mito de Tálaga.
El maestro que lee, vaya mito. Luis es un lector a carta cabal, pero es una excepción. Por regla general los maestros leen poco, o no leen. Y no hablo solo de los de la básica, entre los catedráticos también hay verdaderos paquetes chilenos, cada vez los hay más. Ese libro en las manos del Maestro forjador de futuro es una invitación, un ideal. Así debe ser el maestro, un lector. Pero bien dice Baudelaire, la realidad no se amolda al sueño. Es nuestra tragedia. ¿Que si yo leo? Vamos negro, te estás poniendo pesado otra vez. Bueno, tú sabes, me conoces, de vez en cuando leo un libro. Aunque lo que más me gusta, también lo sabes de sobra, es holgar en mi plaza Barrientos. No al punto de ponerme a jugar solitario o a mirar el horóscopo en una revista, pero sí a beber un café, a botar corriente. En algún pasaje de esta novela comparo a Luis con el Lector, la escultura de Alonso Ríos. Una mentira bien contada es mejor que una verdad a secas, debe pensar Tálaga. Vuelvo con mi idea (no deja de dar vueltas en mi cabeza): si quieren representar la imagen de un Lector ese tiene que ser Luis, vaya hombre para devorar libros. No creo que Carrillo lea mucho. Es más parlanchín que otra cosa. En las facultades abundan los figurones, a los que se endiosa solo porque tienen a mano dos o tres frases hechas que usan como caballito de batalla. Logran deslumbrar a más de uno. También es muy usada la pose de andar con un libro en la mano. Tremendos farsantes, Entre mis costillares hay de todo, el variopinto tinglado de la feria. El negro llama al orden a Tálaga. "Estás errado, esa escultura tiene otro nombre". "Ah, yo la conozco como el Lector". "Mira la placa". Ghirlandaio minimiza el asunto, no se inmuta, pareciera que, terco, seguirá nombrando la escultura como siempre lo ha hecho. Hay gente que no consiente ser corregida. Prefieren tascar el hierro una y otra vez, herirse el casco, como los toros resabiados.
En sus vueltas y revueltas en torno al Maestro forjador de futuro, el negro se solivianta, renuncia a seguir viendo a Carrillo en la imagen de Alonso ríos, el maestro con el libro en las manos. Carrillo siempre tiene el chascarrillo en los labios, no el libro en las manos. El negro también viene lanza en ristre contra el maestro Alonso. ¿Para qué ese libro en las manos del Maestro? ¿No es un convencionalismo tonto, una concesión innecesaria? Vaya a saber si el propio Alonso lee. Su mentor, Rodrigo Arenas, sí es un tipo de muchas luces, y muchos guaros, como ese otro paisa endiablado, León de Greiff. Si Carrillo es el modelo, Dios nos libre. Llega el día en que el negro acaba los cursos y siente el alivio de volar de mis feudos. Viene contento junto a los auditorios del 10, rumbo a la salida de Barranquilla. De pronto, su rostro se demuda, el gesto se enfurruña. Es que reconoce la voz de Carrillo en la perorata que brota, burda, pagada de sí misma, en uno de los auditorios. Nada qué hacer.
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