Al único que veo es a Tálaga. Lo saludo, pero no da señales de reconocerme. Está parado al borde del corredor por donde fluye el gentío, con sus libros bajo el brazo, ofreciéndolos. Ni siquiera una mesita, un tendido. Sale costoso un stand en la Fiesta del libro. Las editoriales con recursos no tienen problema, pero Tálaga. Lo reconozco y lo saludo. Me responde con sonrisa desvalida, sin saber a ciencia cierta cierta quién soy. Un hombrecito moreno, con el cabello entrecano, revuelto. No le compro el libro. Los que lo conocen quizás lo hagan. Tras treinta años de operario es una figura familiar en mis tránsitos, al que no pocos docentes y estudiantes saludan con consideración. No me descubro ni me presento. No le digo quién soy. Solo paso por su lado y lo saludo. Ofrece su libro en el pasaje por donde discurre la batahola ("pero ella no está, no siento su aroma, creo más bien que va a llover", piensa el negro), este delirio irracional, sin sentido, de una sociedad que no lee haciendo que sí, pero es mentira. Un libro a cuatro manos, en tándem con el escritor Absalón Palma: En la penumbra del café. Este título, no sé por qué, me hace acordar de Carson Mc Cullers, La balada del café triste. Claro, ya sé por qué la obra de Tálaga, sus pinturas, me remite a la de Carson Mc Cullers, por el café. El café. En última instancia no soy sino café. Soy ese momento y ese líquido aromático y estimulante que da pie al coloquio. Como el café, acojo al individuo en sus instantes de introspección. Lo mismo hace el cigarrillo. Así que un cigarro también puede definirme. Absalón con sus poemas y Tálaga con sus pinturas dan forma al libro. Reza el texto de la invitación: "Dos hombres que habitaron los mismos lugares en la misma época, los cafés del barrio Guayaquil de Medellín de los años 60 y 70, cuando a la capital llegaban los inmigrantes..." El presentador es el escritor Macías. Convoca la Escuela de Idiomas. Ah, porque hay conversatorio, en el marco de la Fiesta del libro.
Es difícil que Tálaga me reconozca en mi desenfadada faceta de visitante de la Fiesta del libro. Me mimetizo en cada cosa, hasta en el propio Tálaga y su libro. No compro el libro de Tálaga, lo conozco desde antes que lo escribiera. No es su primer libro siquiera. Hace poco una estudiante de Derecho (¿o Economía?) interesada en este personaje singular, en este redivivo Lázaro, publicó un cuadernillo con su biografía. Tálaga, nombre sonoro, contundente, como un hachazo. Tales son los nombres que le gustan a Mario Escobar. El nombre es la mitad de la historia, suele decir este vejancón. ¿Qué dice Mónica de tal nombre? Mónica le saca arandelas a las palabras, les busca acomodos, sonoridades, texturas, semejanzas: palabras onomatopéyicas, etcétera. Tálaga, ¿cuántas veces al día vibra en mis oídos este nombre? El mismo Macías presenta el primer libro de Tálaga en la librería. El negro asiste a tal evento, Tálaga lo invita. Quien ve a Tálaga y ya tiene dos libros editados, más que Alcántara, que se mueve a sus anchas en ese mundo de los escritores, los simposios, los editores. En la penumbra del café, buen título. Pero nada como esa novelita de Carson Mc Cullers, qué cosa tan bella. La leo. Miss Amelia Evans, el jorobado, Marvin Macy, la destilería en el pantano, que recuerda las novelas de Faulkner. La leo y me encanta: Balada del café triste. Potente y convincente, como dice Mónica de los libros que le gustan. Potente y convincente. Todo lo que dice Mónica tiene algo de fiesta, de inventiva. También de un libro que le gusta dice: "Está Rrerico". Vaya palabreja. La imagen de Miss Amelia Evans cargando al jorobado sobre su espalda al vadear un charco, rumbo a la destilería.
Si Tálaga pintara obras inspiradas en La balada del café triste; si pintara a Miss Amelia Evans, al jorobado, a Marvin Macy tras los barrotes de la prisión. Claro, me gusta la obra de Tálaga, ese desfile de mujeres de la vida alegre en las cantinas de Guayaquil, esos escenarios lunfardescos en que aparecen los malevos, con el infalible icono del rapaz con la plantilla de embolar o su caja de cigarrillos en venta al menudeo. Es el mundo de Tálaga. De muchacho pinta a Camilo Sexto, Rafael, José José. Después de la avalancha de Villatina, de la que se salva de milagro, cambia la temática. Esas horas sepultado bajo tierra tal vez lo llevan a replantear su estética. Ya no pinta a Camilo Sexto, pinta la cantina, la mujerzuela, el lustrabotas, la calle. Últimamente, pinta en la escalera del 12 el mural del profesor Carlos, el filósofo, el suicida; últimamente, también pinta otro mural en el bloque 19, el de la Editorial. En este aparecen Fernando Botero, Teresita Gómez, Betsabé Espinal, Débora Arango y el propio Tálaga, bajo la forma de un rapaz embolador. Es el mundo de Tálaga, su taller en Bello, su laboratorio de creador: no el corredor del Jardín Botánico por donde fluye la marea estúpida, con los libros bajo el brazo , ofreciéndolos, y hasta yo, que lo conozco de toda una vida, que lo quiero, evito comprar su libro. Pero, ¿qué es un libro? ¿Puede ser este monólogo mío un libro, una novela, como pretende el negro? Mónica también cree que pueden coserse estos retazos y formar una colcha. "El reclamo de que la u hable viene de ti", dice el negro a Mónica. "Sí, lo recuerdo, te sugerí el monólogo".
Entonces hablo. Hablo desde mi vientre de ballena, desde el pasmo de Jonás, desde la voz traslúcida de una muchacha. Hablo del negro, cuya voz es la mía; hablo de Mónica, de Loren, de Luis, del profesor de Fonética. Hablo de Tálaga y el derrumbe de Villatina, de Ramón Hoyos y el derrumbe de Medialuna, de la niña que se salva en el derrumbe de Granizal, mientras la madre y las tres hermanitas mueren ("muere, Kafka, imperativo").
Derrumbes. Los sentí, los siento. Igual que Marvin Macy en la prisión de Atlanta, siento el derrumbe, mientras la alegría preside las noches del café de Miss Amelia Evans. Soy Marvin Macy preso en Atlanta. ¿Cuántas millas de distancia? Muchas. Me deslizo en la mente del negro cuando piensa: "¿a cuántas millas estoy de Mónica? ¿Qué soy para Mónica? ¿Un texto por traducir? No quiero ver a Tálaga así, con unos libros acabados de imprimir recibiendo la bendición de su grajo. No quiero verlo. Menos ver cómo los ofrece al paso de la estúpida multitud.
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