viernes, 17 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 55)

Carlos (el popular Caliche) obsequia un libro a Mónica. Hay que decir que son novios y que el disparate del amor nos vuelve detallistas, seres irreconocibles. Carlos, pues, obsequia un libro a Mónica. Por decir algo, el I Ching. Mejor uno de Cortazar, o de cualquier otro escritor del Río de la Plata. ¿Por qué no Martín Fierro? ¿Don Facundo? Uno de Silvina Ocampo. Cualquiera que sea el libro, Carlos le escribe una dedicatoria. Cuando Mónica se marcha a estudiar la maestría al exterior, el papá renta su habitación a un universitario. Allí hay libros de Mónica. Mónica los deja embalados en cajas, pero están ahí. Quiere encontrarlos en su puesto a su regreso. El estudiante comienza a vender los libros, y uno de estos, precisamente el obsequiado por Carlos (ahora ya no son novios, pero la amistad perdura) viene a dar a la librería del Hamaquero. Todavía el Hamaquero no tiene su puesto en el centro librero de La Bastilla, sino en Barranquilla, junto al Gatopardo. Carlos, que es inquieto con la literatura, más en el rol de lector que otra cosa, un día entra a curiosear en la librería del Hamaquero. Para no darle vueltas al asunto, se da de bruces con el libro. No puede creerlo. Es inadmisible. Para dar una lección a Mónica (por supuesto, Carlos ignora el tejido de la historia), compra el volumen nuevamente y espera a que Mónica retorne a la ciudad para obsequiarle el libro por segunda vez, con el respectivo reclamo. Esto es lo que sucede. 

Lo que ocasiona la indelicadeza de un inquilino. Mónica regresa del exterior y, además de hallar su biblioteca disminuida, enfrenta la reprensión de Caliche. No creo que el estudiante extienda por mucho tiempo su estada en casa de Mónica. Cuando esta regresa, ya no hay rastro del tipejo, como no sea un infame rastro. Individuos como estos no son de grata recordación. Todavía acepto que me bajen de mis libros, pero para leerlos, como hacen Tita, el negro, y muchos más. No para venderlos y pagar unas cervezas. Me bajan de mis libros, a pesar de todos los esfuerzos de la directora porque esto no ocurra. Hace bien su trabajo. Ella misma sabe que no es pera en dulce cuando afirma: "tengo una fama perversa". Pero hace bien su trabajo. El desagüe mejora con la detección electrónica. Sin embargo, la cifra anual de libros perdidos es considerable. Los usuarios son muy frescos. Sencillamente, no los devuelven. Los dejan perder, los embolatan. No valen las sanciones. Prefieren perder el servicio a responsabilizarse. La biblioteca es mi alma, mi corazón. Cuando me bajan de un libro (oye bien, negro) es como una puñalada en el centro. Una puñalada eleve. 

¿Ingratitud? No sé cómo llamarlo. No hay que apresurarse a llamarlo de algún modo. La cosa no es tan fácil. Cuando Tita me baja un libro no puedo tacharla de ingrata. Tita devora el libro, entra en un canje de pasión con la lectura. Por otra parte, cualquiera que me baja un libro, de algún modo, ejerce una voluntad; una voluntad en contravía con mi voluntad, pero voluntad al fin y al cabo. Así que tenemos un cruce de voluntades. Unos actos. ¿Censurables? Creo que sí. Ojo, no quiero ser categórica. Voy con tiento. Trato de entender las problemáticas. El negro me baja Una temporada en el infierno; luego Tita baja al negro Una temporada en el infierno. El meollo estriba, pues, en Una temporada en el infierno, no en Tita, ni en el negro, ni en mí. 

Ingrato es el que no vuelve, digo yo. Aquí estoy con los brazos abiertos, esperando. Con los libros de la biblioteca no hay problema, que me los bajen todos, si es el caso. Ingrato es el que no vuelve, el que olvida. Soy franciscana, eclesial, me gusta atesorar. Pero una universidad pública que atesora también es una contradicción. ¿Los libros son un patrimonio? El sueldo del rector también debería ser un patrimonio. Nada de eso. Nada es patrimonio y todo es patrimonio. El enredo estriba en los marbetes, en las clasificaciones. ¿La paloma es un pájaro? ¿Qué es un sótano? La biblioteca tiene sótano. Lo mismo el museo. Al sótano de la biblioteca viene a parar la dependencia de Audiovisuales, ya sin el viejo empleado aquel, Helver (el negro acaba por dar con el nombre, la directora le pasa el dato); en el sótano del museo aterriza la elefante asiática. Llega a la ciudad con un circo, luego pasa al zoológico, por último al sótano del museo, donde la reducen a huesos mondos. El elefante asiático es de menor tamaño que el africano. El bunker de la directora de la biblioteca está en el sótano. También tengo buhardillas, y estas me gustan más. Por la buhardilla de la biblioteca me asomo al tejado y veo la antena parabólica y pienso en Hubble y su telescopio. Una temporada en el infierno, acaso esto sea la vida en la Tierra. Pero yo miro a las estrellas. 

Desde las estrellas abro los brazos y ciño a todos, incluidos los ingratos. Ingrato es el que me baja un libro al no devolverlo, no el que me baja un libro para leerlo con pasión. El negro viene conmigo desde el sótano a la buhardilla, le gusta caminar mis parajes. En el sótano, presta una película, La guerra del fuego, y la directora (o su auxiliar) la proyectan en la pantalla de la pared. El negro mira (otra vez) la película de Annaud. Fuego. Todo esto arde un día, lo sabe Alejandría. Arde con Rimbaud y con el Hamaquero, que hoy por hoy tiene su venta en el centro librero de La Bastilla. Me gusta este nombre: La Bastilla. Veo a Delacroix y La libertad guiando al pueblo. El Hamaquero es al que quiero aludir, después de tanta palabrería, cuando ya no se usa. En un próximo capítulo. Vale.                

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