Ese escritor, Cuartas, es paisano y amigo de Mario Escobar. Son de Támesis, igual que Mahecha, el cual se siente orgulloso del ilustre paisanaje. Cuartas estudia entre mis costillares, es otro Jonás que permanece su tiempo en el vientre de la ballena. No recuerdo si pasa por el taller de escritores de Mario Escobar; creo que asiste, más bien, al de Mejía Vallejo, en La Piloto. Leo un libro suyo (Era tarde en San Bernardo) y me gusta bastante. Está entre mis catedráticos, poco tiempo, pero está, lo mismo que Elvia, su amiga. A Elvia la clasifico como otra invencible, igual que Marina Quintero. Tal vez más invencible que Marina Quintero. Marina no coquetea con el poder, se conforma con ser maestra y cantar vallenatos. Elvia escala cargos directivos y se postula para rectora. Cuartas muestra desvío por estas cuestiones. Hasta enseñar le da lidia. Labora en colegios privados, pero no dura mucho allí. No lo conozco mucho, como conozco al negro. Cuartas es un tipo raro, una estrella de gran masa y escasa temperatura. Un ser frío. Es la idea que me hago de él al verlo venir por la cafetería de Pastora y sentarse en la mesa de Mario Escobar. Tal para cual. Es lo mismo que dicen de Jáuregui y de Leonardo Arango, profesores de Lingüística, que se sientan juntos en la cafetería con idéntico gesto amargado, como Olafos sin yelmo. Tal para cual. Elvia es amiga de Cuartas en el pregrado y luego en la cátedra. Elvia misma lo cuenta con holgura, con sabrosura. Casi son novios. Elvia conserva poemas que Cuartas le escribió. Y tú, negro, ¿escribiste poemas a alguna condiscípula? Cuenta, cuenta. Un tipo desasido, ese Cuartas. Solo le interesa escribir, esto es su vida. Vive de los concursos que gana, que no son pocos, bendita mano. Solitario y bohemio, ama los bares, el trasnocho, el aguardiente. En las tabernas, generalmente, se lo ve solo. En ocasiones departe con amigos en una mesa, pero esto es muy raro. Como Mónica, el negro y yo, ama la salsa, pero no baila. Otro Luis. De esa gente que siente el sabor antillano, pero son como muñecos de palo, con las articulaciones aherrojadas. Es extraño. Mónica, el negro y yo sí movemos el esqueleto, hay harta sinovia en nuestras bisagras. Wito Vélez y los Hermanos Lebrón nos ponen en trance.
Cuartas me recuerda ese poema de Baudelaire, El albatros. Rey del cielo, torpe en tierra. Camina envarado, ese Cuartas, como con un cuerpo prestado, un cuerpo de otro y adentro la hiena. Me dicen que sus amistades son mujeres especialmente, con los hombres es esquivo. Ah, pero al menos sabe escoger, el bello sexo. Sabe hacerse querer de las mujeres. Mucho tiempo se liga a una, que acaso sea la novia. Pero termina solo, solterón, sin hijos, escribiendo hasta lo último, tal vez hasta más allá del límite de sus fuerzas: poemas, cuentos, novelas. Algunos afirman que va a las tabernas a buscar personajes para sus historias. No creo. Es un solitario. Si va a las tabernas es para sacudir con licor el sarro de la tristeza ("no quiero tu nobleza", canta Wito).
Le va bien con los concursos. Una tarde, al verlo llegar a la Ex-fanfarria en un Renó 12, Alcántara codea al negro y exclama: "ánimo, compadre, a escribir, la literatura sí da plata". Para Alcántara como para el negro es una novedad ese lujo en Cuartas. Hasta para el mismo Cuartas, que aparca su Renó frente al cabaret con una prosopopeya de estrella de cine (soberbio, lánguido), cierra la puerta con un ademán estudiado y atraviesa la calle con lentos pasos y cansina expresión. Viste con un desaliño tan evidente que cuesta creer que no sea premeditado. Parece querer decir a cualquiera con suficiente inteligencia para entender, que el acto de presentarse ante el mundo obedece a una suprema magnanimidad de su parte. El automóvil azul, nada flamante para ser sinceros, permanece al borde de la calzada, ajeno a la altivez con que Cuartas entra en la atmósfera prosaica de la taberna. ¿El vehículo refleja la situación social del dueño? Ahí están los ahorros de Cuartas. No, no se pavonea, finge modestia, que es peor. Digna de ver es la manera en que se sienta a beber una cerveza. Una postura bastante informal, una cara de huérfano, pero buen chico, a pesar de todo. El negro no replica al comentario de Alcántara. Saca su propia conclusión. No hay que juzgar.
Otro día el negro ve a Cuartas transitar por el parque Berrío, luciendo un atuendo a lo John Wayne, sin que falte el sombrero. Falta ver si no porta un revólver, para completar la imagen del vaquero. Quizás carga una Colt. No hay que sorprenderse, el que menos piensas carga una pistola.
Cuartas solo tarda un instante en la mesa de Mario Escobar: un saludo y unas palabras protocolarias. Se levanta, se despide, se va. Un afecto sincero sazona el gesto de los dos hombres. Siempre hay esos a quienes confiamos mayores parcelas de nuestro ser. Yo suelo confesarme con mi homóloga de Sapienza, por eso de la fraternidad latina, je. Y también porque ahí está Roma.
Cuartas es reconocido por muchos como un gran escritor. El negro llega a pensar que esa arriscada insularidad de Cuartas es puro pavoneo ante sus admiradores, y admiradoras. Suele estar solo en la barra, pero siempre se le acercan conocidos a saludar. A veces trae consigo carpetas y libros, no hay que olvidar que es profesor. El negro no olvida que es Mahecha quien le pondera por vez primera el talento de Cuartas. En ocasiones se cruzan en las tabernas. No se saludan. Cuartas ama los tangos, pero también es sensible, como hemos visto, a esa música de profundo atavismo africano y gran rítmica: la salsa. No puede decirse que vibre con esta música, por que, de algún modo, su cuerpo no es elástico (deficiencia de humor sinoviano). Su corpulencia está desprovista de donaire, las piernas son más largas que el torso. No deja de entrañar un enigma este hombre talludo a solas en la barra, ante una botella de aguardiente, entre bullosos grupos de universitarios.
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