domingo, 5 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 25)

Aída deja preñada de Neruda al negro cuando le dice que el chileno es un poeta de sus afectos. ¿Será por la tristeza? La tristeza de Aída esa tarde, la de Neruda en Residencia en la tierra, la del negro, la mía. A veces tengo una cara que doy grima. Qué universidad más gris, más pesada, más pacata, dirán. Una cochina universidad pública, pensarán otros, donde todo es mangoneo de discursos populacheros y ciegos. Está bien, a mis luminosos días opongo, aceptándolos, mis días grises, mis defectos. Días pesados, en que un café sabe a sarro de costumbre y légamo de muros. Aída está tan triste que busca una estatua en un sitio donde nunca hubo otra cosa que pavimento. La vida la resarce al final, esa tarde, con el aire de Neruda y la confesión de que este es uno de sus amados poetas. El espíritu de Neruda comienza a hacer su trabajo secreto en el negro. Al parecer la mención de Neruda en medio de la charla sin sentido  es una banalidad más del día, un dato hueco. Pero el chileno teje el modo de escabullirse en la vida del negro. Una alusión discreta, un recuerdo vago: manos tejedoras de instantes y revelaciones. Un libro, Residencia en la tierra, anuda la luz con su concienzudo macramé. ¡Un poeta! Acres, con esa malparidez que en ocasiones las talla, Aída y Tita dicen que Medellín está llena de poetastros, que la proliferación de estos atenta contra la calidad. Traen a colación al Hamaquero. Aída confiesa que antes escribió poemas, pero ya no lo hace, ahora le da vergüenza. Tita alienta a la amiga, la riñe por su temor, por sus miedos, considerándolos falta de madurez. ¿Cómo puede abjurar de los poemas? Poemas escritos con emoción y esperanza. Está bien esconderlos, no mostrarlos a nadie (¡a nadie!), pero, ¿abjurar de ellos por no ser tachada de poetastra? Definitivamente, falta de madurez. Tita no se anda con eufemismos.

Si un libro realiza (teje) su trabajo secreto en uno, es porque este libro te escogió entre millares de posibles lectores, piensa el negro al hallar Residencia en la tierra en la repisa del gimnasio de La Salle, entre otros volúmenes polvorientos y olivados. A veces, luego del trabajo, se queda un rato en el gimnasio. Bajo la férula de Andrés, el profesor de educación física, varios profesores entusiasmados trabajan las pesas y el cardio. Ahí está el libro, niebla de misterio, resplandor de entrega, entre uno de Colette (La gata) y otro de Proust (Por el camino de Swann). Lo coge y recuerda a Aída. Aída lo trae a este libro, así de sencillo. De pie ante la repisa, una mano apoyada en una máquina y la otra sosteniendo el libro, lee los cinco poemas iniciales: Galope muerto, Alianza, Caballo de los sueños, Débil del alba, Unidad. ¡Y que no hay magia en la poesía! Imagina a Aída y a Tita haciendo un escrutinio ( y posterior quema) de los poetas del cotarro. Juan Manuel Arango (salvado), Helí Ramírez ( salvado), Clemencia Sánchez (salvada), Liderman Vásquez (salvado), el Hamaquero (a la quema). ¿Pero es que el Hamaquero es poeta? No, el Hamaquero no es poeta. ¿Poetastro, entonces? Librero, esto es lo que es el Hamaquero, un librero. ¿Se ha convertido, pues, en un símbolo del libro? Que la posteridad juzgue. El negro recuerda el episodio con Mármol, el chico de octavo D, en la última clase. Hizo examen. En la cabecera de la hoja, después del nombre y el grado, el chico escribió: "La Salle, Bello, Medellín, Antioquia, Colombia, Suramérica, la Tierra, Vía Láctea, Sistema Solar". Vaya, el tema que me encanta, la Vía Láctea. Soy una u golosa de universo. En un prurito de precisión el negro quiso corregir el orden de la enumeración espacial del muchacho. Pensó decirle: "Amigo, el Sistema Solar viene antes que la Vía Láctea, nuestra galaxia". Se contuvo. ¿Qué burrada iba a cometer? Lo dejó pasar. Dejó tranquilo a Mármol, sintiendo nacer en sí una gran admiración por el jovencito. Un chico que escribe esto está ubicado en el mundo. Ahora, en el gimnasio, leyendo a Neruda, se dice que el regalo del libro debió obedecer, en parte, a su leseferismo frente a Mármol. Mejor, a su grandeza. "Mármol", qué apellido. Miguelangelesco apellido. 

"Andrés, ¿puedo llevarme este libro?"

"Para eso son, profe."

Luego del gimnasio se demoró en la tienda del frente y, al amor de un café,  continuó leyendo poemas: Sabor, Ausencia de Joaquín, Madrigal escrito en invierno, Fantasma, Lamento lento, Colección nocturna. 

Tampoco yo me pondría pesada corrigiendo a Mármol. Triste papel hace una mujer tan entrada en años con tal cicatería. El Sistema solar, la Vía Láctea, ¿cuál viene primero? Aplaudo al negro. En este universo sin tejido nadie puede saber qué está primero y qué viene después. Tejemos, tejemos, y acaso algún día todo encaje. Pero si no encaja, da lo mismo. Seguimos tejiendo. En esto se ha convertido esta vieja concha de piedra, en una tejedora. En mi piedra añosa y lánguida luzco incrustaciones de oro: Neruda, Proust, Pessoa.              

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