domingo, 5 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, Cap. 26)

Ahí está el sacapuntas metálico de manivela de la biblioteca, encima del tabique divisor del cubículo de información y la sala de estudio. Un día este útil significará para el negro todo un hallazgo de la memoria (como ese traspapelado apunte sobre Mónica, que al fin encontrará), hoy es un hebdomadario adminículo al que nadie presta más atención de la prescrita, que se hace patente por un concreto afán utilitarista. Una estudiante morena, de cabellera rizada y húmeda, saca punta al lápiz. Cuántas veces no ha realizado el negro este acto mecánico, tan común en el desenvolvimiento de la academia. Un sacapuntas redondo, herrumbroso, con algo de teléfono, gramófono o extático animal caudífero. Al accionar la manija produce un sonido cantarín, la cuchilla royendo madera, como un castor. ¿Qué empresa los fabrica? Está en mis registros, pero esta memoria. De las tizas sí tengo el dato fresco, me las provee un importador que las trae de Corea. Sí, tizas coreanas. Loren las distribuyó en una época en que estuvo sin empleo. Había renunciado a su trabajo de profesora en una vereda lejana, regresando a Medellín a probar suerte, a concursar por una plaza. Ganó el concurso, se vinculó, para que ese intestino, como dice Luis, ese muchacho salido del reformatorio, la asesinara. El escenario del apunte de Mónica y del sacapuntas es el mismo, la biblioteca, el segundo piso, donde el negro suele avistar, en las noches, a Díez, el dibujante amigo de Terry, empeñado en trasvasar al castellano un cuento de O. Henry.

Un día de bastantes años después, el negro se despierta en su cama y, antes de levantarse, recuerda el sacapuntas de la biblioteca. No pocas veces lo usa en sus días de estudiante, porque es de los que escribe con lápiz. Tardará en cambiar este por el bolígrafo. El ámbito del segundo piso de la biblioteca se refuerza con la figura de Díez, un hombre menudo, de ágil andar y seria estampa; también con el redondo empaque de Mónica, que por estos días es monitora. En andas del sacapuntas de la biblioteca el negro vuelve al tiempo de la escuela (y yo vuelvo con él), del pupitre doble, con cajones, que se compartía con un compañero. Sacaba punta al lápiz y, de pura pereza de ir hasta el tarro de basura, depositaba las virutas en el cajón, junto a las cáscaras de mandarina y la envoltura del bombombúm. ¡Ese pupitre! A Tita le ocurrió una anécdota singular relacionada con el pupitre de la escuela. De muchacha tuvo un noviecito, un vecinito de familia burguesa al que los padres compraron un pupitre que instalaron en su cuarto, para que hiciera las tareas con comodidad. Era tal el primor de este mueble que Tita se divertía yendo a jugar a la escuelita en casa del amiguito. Era uno de los bellos recuerdos de Tita. Pasó el tiempo y no supo más del jovencito. Ya adultos, volvieron a encontrarse. El amigo trabajaba de gerente en un banco. Conservaba el pupitre de la infancia. Fue tanto el regocijo del encuentro que, para no dar más vueltas, el pupitre acabó en poder de Tita. Tita tenía una salita infantil en su negocio de salchipapas. El pupitre fue a dar allí. Atendidos por Tita, por una de sus empleadas o, normalmente, por sus acompañantes, los niños montaban en el caballito balancín, leían libros de historietas, jugaban a la escuelita. 

Como esa pieza inicial que cogemos para armar el rompecabezas, ese sacapuntas de la biblioteca en la memoria del negro, me guía en mi propia búsqueda. Porque el alzheimer ya me hace trastabillar. ¿Qué se puede esperar de una vieja medio ciega y roñosa? Sí, ya me operaron de cataratas. Ya son muchas las culequeras que armo. Me busco. A través de objetos tan prosaicos como un sacapuntas, pero también de ideas tan luminosas como las de Bachelard, me busco. Me busco en los cuadernos del negro, donde encuentro sueños, relatos, apuntes de lecciones, poemas, anécdotas. Una tarde Tita trae a su hija de cinco años. Pide al negro que lleve a la niña a la biblioteca, mientras ella estudia un documento en Troncos. El negro y la rubita se sientan en la sala infantil del segundo piso. Escogen un cuento que narra un pasaje bíblico: El loco furioso del desierto. El protagonista se llama Abdeel. A la niña le cuesta aprenderse el nombre. La historia alude al episodio donde Jesús saca los demonios del cuerpo de un hombre loco y los pasa a una piara de cerdos que en el acto de despeñan. La niña queda encantada (y yo más). Se proponen leer otro cuento, pero la niña cambia de parecer, pagada de un librito chusco titulado Maquillajes infantiles, donde enseñan a usar tintes para disfrazar el rostro de: Abeja Maya, mariposa, mariquita, Arlequín, sirena, gato, Ratón Miguelito. Queda tan prendada del libro que hace que Tita lo preste. 

De estas cosas maravillosas estoy hecha, tanto como de asuntos banales y de juegos peligrosos. No olvido el año de los muertos, que fue ese en que murió Méndez y también Luis Fernando Vélez. No es, pues, una comedia bufa, como suelen parecer las pedrizas entre capuchos y policías. Ese año un río de sangre cruzó mis predios. La manivela del sacapuntas es la cuerda de ese reloj en contramarcha con el que retrocedo a este tiempo herrumbroso y maloliente. "Tristeza", Wito Vélez. Que suene.            


                   

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