miércoles, 29 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 69)

Me duele una muela, debo de ser todavía muchacha, devoradora de dulces y descuidada con la dentadura. Esa parte de la dentistería en Golpes de ala es entretenida, bien documentada. Es allí donde Santiago y Soledad se enamoran. A Santiago se le ocurre que Marina, la odontóloga, la patrona de Soledad, es lesbiana, por el cabello cortico y el aspecto de machorra. Me duele una muela. También esto ocurre a menudo al negro que, aunque el papá les provee en el mercado un tubo de dentífrico tamaño familiar, no es juicioso con el aseo. La injerencia de la vecina chismosa en la escena de la dentistería aporta al gracejo de la situación. Santiago es tan maniático del cigarrillo que allí mismo, en el consultorio, luego de que le sacan la muela, enciende uno. Es una novela que apesta a tabaco (como las de Hemingway apestan a whisky), como el interior de las tabernas en la época en que aún no hay pedagogía y control sobre el asunto. Así, en este tiempo, el profesor Hernán Botero, y otros muchos, no tienen reparo en fumar en clase, mientras disertan. Lo que veo es que al negro le parecen cursis las escenas románticas, el noviazgo de Clara y Figurín, el desbarajuste doméstico que provoca el anuncio de la visita del novio. Santiago se burla de los preparativos, pero acaba por colaborar para que todo salga bien. Es lo bonito de esta novela, la armonía familiar, cómo los miembros cierran filas en torno a cualquier problema. 

Me duele una muela, debo de ser todavía muchacha, aunque las chicas, no sé, somos más cuidadosas con los dientes que los chicos. Los chicos solo piensan en patear un balón y en hablar de mujeres, en meterlo y que se lo metan, como dice Luis del espécimen humano. Verdad, qué metedera. El instinto irracional. La libido. El negro sí que rabia con las muelas. De niño abusa bastante de los dulces, lo cual le pasa factura más adelante. Como aquel martes del regreso a clases luego de un largo periodo de vacaciones. De este receso estudiantil sale con la mejilla izquierda hinchada, con dolor de muela, y unas ansias terribles de retomar la academia. Con todo, ese martes no viene a estudiar, le incomoda la hinchazón de la cara. Esa incomodidad es más fuerte que cualquier otra cosa, incluso que las ganas de regresar a clases. Uno no puede prever las cosas. Si pudiese preverlas. 

Un dolor de muela, una pierna rota, un repentino decaimiento y todo cambia, los planes se trastornan. Por ejemplo, al negro le hubiese gustado estar el susodicho martes, como de costumbre, en el aula 217(la sesión con Marina Quintero), en su habitual asiento, en medio de tantos muchachos y muchachas; ver otra vez sus caras tras veinte días de ausencias recíprocas. Las cosas que gana o pierde un rostro en tal lapso. No son los mismos, sufren cambios. De nada le vale el optimismo, esperar que el mal recule y así poder estar allí. El tormento dura ya cuatro días. ¿No son suficientes cuatro días para que el dolor remita? Y eso que echa mano de remedios, toma pastas, se pone paños. Eso sí, evita ir a la dentistería. Alguna caries, una infección en el conducto. Nunca una muela le ha tundido tanto. Después de todo, lo mejor es ir al dentista. Que la endodoncia diga la última palabra. Aunque fastidia tanto que en ocasiones piensa en la extracción. 

A Santiago se le cae una calza y se le parte la muela, quedando solo la mitad. Sin dudarlo, Marina opta por sacarla. Suertudo el tipo, ir al dentista y salir con novia, con una amiguita para pasar ratos deliciosos. Otros deben pensar que una novia es complicarse la vida. Tras las dulzuras de Eros, el castigo de la realidad: el hermano de Soledad es celoso, envía a unos gorilas a que le propinen una golpiza. 

El negro relee la novela de Luis Jaime, con lentitud, un día uno, otro día otro capítulo. Es que hay unos monstruos que reclaman devoción: Neruda (Residencia en la tierra) y Saramago (El año de la muerte de Ricardo Reis). Acaba de nutrirse de un coloso (Faulkner) y ahora sigue con otros dos (Saramago, Neruda). Una relectura, esto es lo que el negro hace conmigo en los últimos tiempos, releerme. Sus visitas de egresado tienen por objeto esa necesaria segunda lectura que todo libro amerita. Porque para el negro no soy otra cosa que un libro, una novela. Un vistazo con tres decenas de años de posterioridad le coloca ante una universidad transformada, no tanto en lo físico, como en los paradigmas. Qué vuelco, Dios mío. Frente a mis prácticas de hoy el negro se siente un ser antediluviano. Sin embargo, lo acojo. Es mi vástago. Es como esa hebra cana y rala que surge entre una pilosidad exuberante y oscura: y así lo acojo. Es mi vástago, esa sección de erosión y ceniza ante la que no puedo asustarme. Es él, el negro, quien me registra hasta los tuétanos.

Así, lo veo otra vez, de nuevo, como siempre, sentado en una mesa de la biblioteca, leyendo los poemas de Neruda. "Entierro en el este", qué bello. Alude al tiempo en que el poeta es diplomático en la India, cómo da cuenta, con sus versos titánicos, de un sepelio y la posterior cremación. Al río (turbio río) van a dar los cuerpos quemados, la ceniza. "Poderosos viajeros", así es como nombra a los despojos que ahora inician otra peregrinación. Y el negro recuerda a Mishima, El templo del alba, y le parece que el nivel de profundidad en el tratamiento del asunto es superior en el escritor japonés. Honda, el héroe del Mar de la fertilidad, viaja a la India a estudiar las raíces del budismo. "Entierro en el este", y el negro recuerda la tragedia de Villatina, cómo casi toda la familia de Tálaga murió sepultada por el alud de tierra. Quién sabe qué religión sustenta Tálaga, acaso crea en la metempsicosis. "Entierro en el este", y el negro recuerda el sepelio en Manrique de un amigo de infancia, baleado en la madrugada, luego de salir de una discoteca. Pasa cuatro días en una clínica, en cuidados intensivos, y muere a la postre. Le sepultan en Jardines Montesacro. Unos días después, un domingo, el negro visita la tumba. Precisamente en la fecha de la tragedia de Villatina.                      

No hay comentarios:

Publicar un comentario