El negro no es tan insociable como aparenta. En el andén de la cafetería de Pastora (Pastora es una mujercita alegre y parlanchina), paciente, escucha el parlamento del vendedor de tarjetas con motivos de arte. Se trata de un poeta con el sueño de viajar a Buenos Aires a editar su primer libro de versos. Un soñador, pero cada loco con su tema, piensa el negro, escogiendo, entre el paquete de estampas, Café con noche estrellada, de Van Gogh. En seguida recuerda el café de Miss Amelia Evans, al jorobado, a Marvin Macy. Y, por asociación, recuerda Santuario, la novela de Faulkner, la destilería entre los pantanos. El café de Vincent muestra la fachada con el tendido de mesas y sillas bajo la marquesina, ante la calle anochecida y el cielo con luceros. Hasta galaxias pone allí el viejo Vincent, pienso. Él no ve solo el Sistema solar, ve más lejos, más amplio, la Vía Láctea, etcétera.
Trece mesas, por lo menos el doble de sillas, y un buen número de parroquianos. En primer plano la calle empedrada y ancha, el café a la izquierda, un segmento de un abeto a la derecha y un fondo de altas edificaciones, unas oscuras, otras iluminadas. Las paredes y la marquesina del café, de un amarillo mostaza, hacen resplandecer el costado izquierdo. El azul y estrellado cielo semeja un espacio cálido y habitado, como el café y la calle. El Ganímedes pasa entre las mesas con la bandeja del servicio. Las ventanas iluminadas en las lóbregas construcciones de la derecha, indican que no es muy tarde, que los ritos familiares ocupan aún a los moradores. El negro piensa en Miss Amelia Evans (y yo en las galaxias espirales, elípticas, irregulares) y cuenta las mesas del café de Vincent: trece, blancas como las estrellas del cielo. Piensa que, de algún modo, es Buenos Aires el paisaje pintado por Vincent, el bulevar, el café, los edificios, los astros. Piensa que el hombre (una silueta negra) de espaldas a la entrada del café de Vincent, es el poeta con sus libros ya editados, listo a ofrecerlos a los parroquianos de adentro, luego de haber recorrido las mesas de afuera. El frío de Buenos Aires lo impulsa a buscar el abrigo del interior del café. Su primer libro de versos. Todo sale a pedir de boca: logra viajar, da con un buen editor, el volumen se vende bien. La noche de Vincent y el calor del café favorecen un romance. Se lía con una preciosura y se la lleva a su buhardilla.
Que no se diga que el negro no colabora con la causa. Guarda la estampa en el morral y sigue hacia el baño del 9. De haber vivido en la época de Vincent y haber estado en su mano, le compra un cuadro. Así no pueden ya decir que Vincent no vende una obra en su vida. Piensa que quizás fuera amigo de Vincent, aunque Vincent no es de muchos amigos. Lo acompañaría, callado, sin molestarlo, en su taller, mientras pinta el Café en noche estrellada. Las estrellas con más temperatura son las azules y las blancas, soplo al negro para que este a su vez le sople a Vincent. Aunque Vincent debe saber de sobra estos asuntos. Me ufano de saber algo del tema. Imagino a Miss Amelia Evans entre los parroquianos del café de Vincent. Miss Evans compra un libro al poeta colombiano para amenizar sus veladas. Vincent piensa cuál será el mes más adecuado para suicidarse. ¿Septiembre? Todavía debe ver al doctor Gachet.
Estos poetas y su sueño de editar. El otro día otro poeta hace una rifa para el mismo fin. El negro se desentiende del asunto. El poeta recorre la cafetería de Pastora talonario en mano, ofrece de mesa en mesa, invulnerable a las negativas y a las burlas. Una rifa para editar un libro de versos. ¿Qué rifas? ¿Un pollo asado y una botella de aguardiente? El premio garantiza el festín y adelanta el viernes cultural. No me fío de los números, piensa el negro. Lo mío son las letras. Una lámina de Van Gogh es otra cosa. Esa rama de abeto en primer plano semeja la cola de un zorro sicodélico. La rifa, muy socorrida para salir de apuros económicos: para pagar el semestre, para representar al país en justas deportivas internacionales, para saldar la deuda con el rentista.
El negro sale del baño y mira el reloj en su muñeca: pantalla gris, marca Casio. En silencio parpadean los segundos, rápido; en silencio, se llenan los minutos, lento; en silencio, se cuajan las horas, más lento. Segundos, minutos, horas. Todo esto debe hacer un caos en la mente de Vincent. Negros dígitos en la opaca pantalla. Evoluciona en silencio el tiempo, y la cabeza de Van Gogh va a estallar, como esa figura de Munch, El grito. El tiempo, átono, mudo, en silencio. Eh, allá va el amigo Maecha con la cabeza gacha, las manos en los bolsillos, sin mucho ánimo. El negro se da prisa en alcanzarlo. Maecha siempre habla de editar libros, de amigos editores, de una obra en remojo. Pero él apoya la imprenta nacional, nada de editar fuera. ¿Es que aquí no hay imprentas? Para no ir muy lejos, yo misma tengo mi sello editorial Universidad de Antioquia. "Invítame una gaseosa", dice Maecha. "Está bien", contesta el negro, rápido, lento, más lento. Ya más animado, bebiendo el refresco, Maecha bombardea al negro: ¿tienes novia? ¿Una compañera estable con quien hablar tonterías? ¿Estable? No, el negro no sabe nada de eso. Para él mejor que sea una compañera inestable, y que hable cosas sensatas.
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