jueves, 16 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 54)

Mario Escobar dicta Español, uno de esos cursos introductorios en casi todos los pregrados, que otros llaman Técnicas de la comunicación y monsergas parecidas. Las normas para elaborar trabajos escritos, elementos de redacción, etcétera. Un escritor puede tranquilamente con tal curso. No necesita ser licenciado. Sí hay que tener cuidado en darle una Lingüística, que son ligas mayores. Aunque creo, sinceramente, que Mario es capaz con una Lingüística. Pero mejor dejarlo ahí, con su Español uno (curso de extensión), que hasta un normalista y un bachiller pueden meterle el diente. Es igual con el Taller de escritores, pertenece a la dependencia de Bienestar universitario. Con Español se defiende bien, ¿acaso no es escritor? La evaluación de los alumnos lo deja bien parado. Es bueno medir el nivel de satisfacción del alumnado en todo momento. Que no pase como con ese profesor de Lingüística que durante la totalidad del semestre dicta técnicas de comunicación, olvidando por completo el cuerpo de conocimientos de la ciencia del lenguaje. Los estudiantes lo echan al agua. La cafetería es ese tribunal despiadado en que se lleva al banquillo a los maestros. 

Pero Mario Escobar es idóneo, puede con Español, sobrado. Esas horas de cátedra, esos pesos, le caen bien. Hay que ajustar el presupuesto mensual. Dicta talleres de escritores aquí y allá (están de moda los talleres de escritores, ¿qué es esa vaina?), no obstante, toda entrada es bienvenida. No es del todo desmañado en lo académico, elabora un programa concienzudo. Macías, su palanca aquí ( es jefe de departamento), le allana el camino. Mario es maestro de escuela. Por otra parte, ha de servirle su experiencia en el campo de editor de revistas. Es obrero textil, allí se curte en la edición de impresos. Un Español básico, para estudiantes de primer semestre. Un programa concienzudo. El negro tiene ocasión de estudiarlo. Ignacio, su asesor de Práctica y encargado de los cursos de extensión, le calienta el oído: "¿no te gustaría ser profesor de Español en cursos iniciales? Mira este programa. Espero te sea de algún provecho." "Gracias". Y se marcha de la oficina de Ignacio, en el segundo piso del bloque 12. Trae consigo las dos cuartillas donde descansa el meticuloso plan de área. Su propósito consiste en estudiar el material y, a su vez, redactar uno propio. No puede dejar pasar la convocatoria. Se entusiasma con la idea de obtener un trabajo complementario al de su labor docente, que desarrolla en un colegio privado. Está en una posición ventajosa con respecto a los demás aspirantes al empleo, Ignacio dirige el asunto. Analiza el programa de Ignacio. Habla con Mario y este le comparte su plan de área, le da una fotocopia. Demasiado dispendioso este programa de Mario, piensa. Unos pecan por falta, otros por exceso. Lo cual demuestra inseguridad. Prefiero a Bermúdez, su programa del Seminario de literatura europea, la quintaesencia del facilismo: leer y comentar tres libros. Aun así, prefiero a Bermúdez. Me gusta su irreverencia. Un tipo seguro, este Bermúdez, sin miedo. Se ve que es capaz de mandar al diablo todo, que le da lo mismo redondear el presupuesto o no. En cambio, Mario se amedrenta, la sombra sacrosanta del plan de estudios lo hace temblar. Llena tres páginas de contenidos que nunca dicta. Porque su interés principal es que sus alumnos escriban. Y para esto no hay que saber gramática siquiera. La escritura es instinto, pulsión. La prueba flagrante es él mismo, que solo cursa unos años de escolaridad. Es autodidacta.     

Le ataca un desánimo abrumador. No halla manera de pergeñar un proyecto donde brille una pizca de creatividad. Acaso no se empeña demasiado en ello. Las ideas de  Ignacio son sensatas, bien estructuradas, con rigor científico. El negro sabe que ese es el camino. Intenta definir los mismos postulados con palabras distintas. Tachona. Enmienda. Reescribe. Al final le vence la desgana, un desaliento sin parangón en la historia de sus sensaciones. Se desentiende del asunto. Renuncia a competir por la plaza. No vuelve a hablar con Ignacio. En el fondo, se muestra escéptico frente a estos trabajos y las maniobras que es preciso hacer para conseguirlos. La impotencia al redactar el programa (lo huecas que suenan palabras como "justificación", "objetivos") constituye una señal de su estado anímico. Necesita un trabajo adicional, es cierto. Él más que nadie lo sabe. No obstante, prefiere desechar la expectativa, librarse de las angustias concomitantes y aguardar otra oportunidad.

Seguro que Mario orienta el curso de Español del mismo modo que el taller. Les pondera sus libros a los alumnos ("cómpreme esta novela"); en cuanto al método, no va más allá del conversatorio; como recurso didáctico, la fotocopia y el pizarrón. Genio y figura. 

Macías, la palanca de Mario aquí. Una vez Macías es removido, Mario pasa a la Editorial por un corto lapso. Tras otro remezón en que revisan con lupa los contratos, Mario va a dar de patitas en la calle. No hay Macías que valga. 

¿Cómo no va a ayudarle Ignacio? Su gratitud con el negro es grande. Cuando es su asesor de Práctica, disfruta de lo lindo. El negro le dice: "vaya tranquilo, Ignacio, no es preciso que me acompañe en el salón, yo me encargo del grupo". Ignacio se va a holgar a la cafetería o a la sala de profesores. 

Sí, Mario dicta Español. Algunos alumnos salen odiándolo y otros queriéndolo, hablando bellezas de él, citando sus frases de Perogrullo: "La vida corre", "la soledad es muy dura".   

     

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