sábado, 11 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 42)

Maecha padece hemorroides (colon irritable, ano sangrante): "parezco una adolescente con la regla", se burla de sus males. Hay una manifestación. Maecha parece que olvida sus comienzos de universitario, cuando funge de representante estudiantil, cuando su mochila rebalsa de libros de la Editorial Progreso y estudia ruso con la idea de viajar a Moscú. "Las caras de los profesores son iguales, tienen la tiza pintada en la frente", tremendo exabrupto. El negro, que lo acompaña, prefiere callar. ¿Acaso su mujer no es profesora? ¿Acaso él mismo no escampa en la docencia para costearse la especialización? ¿De cuándo acá esos vuelos? No se suman a la manifestación en apoyo de los profesores. Para más Judith, la amiga de Tita, que se pega a la cola y comienza a gritar consignas. El negro no puede colarse a la mente de Maecha y seguir su pensamiento, pero yo sí. Maecha se pregunta si esto no es una pesadilla, una obsesión. Grotesca se le antoja la voz amplificada por el megáfono y que clama: "contra el dominio imperialista, contra la penalización de la protesta, adelante compañeros, movilización y lucha".

¿Quién es esta Judith? Es la amiga de Tita que estudia antropología. El negro la llama, para sí, Brujita embarazada. Esta mujeruca desconcierta. Sí, tiene un aspecto brujil, de aquelarre, de Walpurgis, de ilustración de Ida Rentoul Outhwaite y su país de hadas. Pequeñita y vivaz, su cara es arrugada y sus dientes son menudos. Piel cerosa, amarillenta, reseca. Cabello pajizo y mustio, atado con un cauchito, cae desde la nuca al pecho diestro, una horquilla roja sostiene un rebelde cadejo en la sien. Sus gafas están sostenidas por un cordón negro que pende del cuello y reposa en la pechera. (Así mismo sujeta Mario Escobar sus gafas). Usa vestidos de maternidad claros (pero, ¿está encinta?), con encajes y volantes. Sus zapatillas son negras, bajitas, con respiraderos. Tiene el vientre grávido, la espalda arqueada, las piernas flacas y flácidas. No la desampara un morral oscuro terciado al flanco izquierdo. Trae un suéter colgado del antebrazo. En la mano (¡es un garfio!) carga un cartapacio rebalsado de papeles. Tiene una voz despabilada, alegre (como la de Tita, aunque no tan de riquita), un registro de soprano. Trabaja de maestra en una escuela de Itagüí. Judith es de ese tipo de personas que uno encuentra en la Secretaría de educación solicitando certificados (como Sor María y Emilce), pero también es de las que una ve en todas las marchas. 

El negro queda perplejo ante ese barrigón. ¡Dios mío! Desde que conoce a Judith la pobre vive lastrada con esa hinchazón. ¿Está encinta? ¿Cuándo es que va a dar a luz? ¿Qué clase de preñez es la suya? ¿Un disfraz? ¿Simulación? ¿Ventolera? Al  negro le parece una de esas brujas que cabalgan la escoba en las ilustraciones de Ida Rentoul. A pesar del aspecto marchito de Judith, el negro entrevé en ella un mundo de fantasía, una vida doble, como la de la muñeca Catalina en el cuento de Natalia Pikouch (El botón azul), que en el día es un juguete inerte, pero que en la noche cobra vida y lleva a Mónica a un sobrevuelo por la ciudad.              

Así que esta es Judith, la amiga con que Tita suele ir a cine. El cine ocupa un lugar especial en estas páginas. Si no he dejado constancia de ello aún, es el momento de hacerlo. Por ejemplo, el día de los grados del negro, Tita lo invita a casa de Pablo, que también se ha graduado en esa fecha y que da una fiesta por la ocasión. El grupo que acompaña a Tita es numeroso: Aída y su novio, Carlos y Melisa, el negro y Dora. Pablo es el flautista de la banda que ameniza la reunión. ¡Un músico! Un tipo de rostro afable y calvicie prematura que, como el negro, recibe el cartón esa tarde en el Camilo. Pese a la amabilidad de Pablo, el resto de los invitados, excepto Judith, los recibe con cierta frialdad. El novio de Aída los exhorta a marcharse. La banda entra en un receso, que Pablo aprovecha para luchar con el amplificador (moviendo controles, conectando y desconectando cables). Atienden al exhorto del novio de Aída, echar atrás, siendo este mismo quien inicia la retirada, seguido por Carlos, Melisa, Tita, Dora y el negro. Aquí es donde viene el asunto del cine. El grupo se demora otra migaja en el rellano, porque Tita se queda hablando con Judith. "Recuerda que mañana vamos a cine". "Claro".  No es posible describir en este coloquio trivial la magnitud del encanto que estas dos amigas experimentan con el cine. Pero os invito a imaginarlo.

Maecha no está tan traqueteado para sufrir de hemorroides. Todavía si dice que sufre de piojos en los testículos, le creo. Visita burdeles en igual o mayor proporción que el negro. ¿Con qué trata las hemorroides? ¿Baños calientes? ¿Tisanas de caléndula? Bueno, también las operan, les echan cuchilla. Luis se las opera. Dizque es doloroso. 

Solo falta que Maecha diga que los maestros trabajan muy poco y que tienen muchas vacaciones, ¿y todavía protestan por el salario? Maecha se pone tan pesado que el negro teme un mayor exabrupto. Hay cosas más interesantes que mirar que esa máscara papista de Maecha. El negro mira el cordón policial, los cascos, los bolillos. Es triste todo, sí Wito. Los policías parecen repugnantes fantasmagorías, habitantes ridículos de un limbo apestoso. Sus caras son borrosas, meras nieblas. Jem, pero el bolillo no duerme, está listo a la liza. 

Y en cuanto a Judith, el negro me contagia su preocupación. Ese barrigón me parece aberrante. ¿Qué criatura puede surgir de ahí?     


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