Veo a la monja entrar al baño, avanzar en el espacio entre el lavamanos, los cuarticos y los mingitorios. Sí, se equivoca, este el de los hombres. El piso está inundado de meados amarillos, de ese amarillo que recuerda el cerquillo en torno a los ojos de la mariamulata; de ese amarillo que recuerda la piedralumbre. La monja camina sobre los talones, con tiento, para no resbalar, y también, sobre todo, para no empuercar sus zapatos nuevos. Son unos botines negros. Los manda a hacer a su gusto en la anterior visita a Medellín. Vive en Bogotá. Esta vez pasa a la zapatería a recogerlos, tras diligenciar otros asuntos. Son de todo su agrado. El precio es alto, pero para eso hace ahorros. Los orinales están a la izquierda, y allí hay un hombre haciendo aguas. La monja no le ve el rostro todavía, porque el sujeto está de espalda, lógicamente. Está escrito (en algún sueño) que debe avanzar en ese aire nocturno o de día oscuro y, a pesar de todo, hacer su necesidad, porque está que se mea. A pesar de todo debe orinar como un hombre, pararse al lado del sujeto y verle la cara. Así que la monja se para al lado del sujeto, alza el hábito, hace como que recoge el prepucio y orina en la botella de Klein que ha dispuesto para su propósito. Logra su cometido, reconocer al cabecilla del atentado en que morirá carbonizada dentro de la camioneta a su paso por Barranquilla en pleno disturbio estudiantil.
De algún modo este episodio de la monja ocurre dentro del campo teórico del proceso de significación según lo explica Ferdinand de Saussure. Una despreocupada conversación con el negro en la jardinera del 9 me pone al tanto del asunto: la duplicidad del signo lingüístico, el significante y el significado. "Monja", término compuesto, por un lado, de unos sonidos particulares aislables, cinco realidades fonéticas y fonológicas, especie de resonancia sonora, materia acústica, (real, mas impalpable; física, pero inasible); de otro lado la representación mental, el dibujo de un objeto con características propias, "monja": religiosa de cualquier orden o congregación, especialmente la de alguna de las órdenes aprobadas por la Iglesia, que se consagra a votos solemnes. Es el significado que da el Larousse. Pero lo que hace a la monja es el hábito, digo yo, y, en este caso, el de las Siervas de María. El negro conoce el lugar donde está ubicado el convento en Medellín. El día que pasa en Bogotá, en que va a cagar en el baño de la Nacional, piensa en la monja. También piensa en el otro negro, Gaitán, que estudia en Roma, y que se cruza con monjas en todas partes, en el aeropuerto, en el avión, en las calles donde ocurre la novela de Moravia. La monja es, pues, ubicua. Y trae la botella de Klein a todas partes. La monja acaba por darse cuenta que es ella misma quien inunda el piso del baño, porque una botella de Klein no puede llenarse. La suma de las meadas que se pega aquí y allá es lo que forma el charco de la ocasión en que descubre a su asesino. No se percata de que siempre orina en el piso, que por eso carga ese delator vaho a berrinche. Zapatos impecables, pero huele a meados.
Continúo con Saussure: el signo lingüístico es, pues, bimembre. La lingüística es la ciencia que analiza y define una lengua determinada, un código sígnico, sistemático, funcional. De la lengua se sirve una comunidad lingüística. La lengua es, pues, de uso comunitario. Las realizaciones individuales de la lengua suelen llamarse "habla" o "actos de habla". Una lengua posee unidades específicas, unas mayores que otras. Así, se parte de los fonemas, base del alfabeto, fundamento lingüístico. Luego vienen las palabras (lexemas, morfemas), las oraciones, los textos.
Imagino los desesperados actos de habla que realiza la monja rogando auxilio mientras el fuego consume el vehículo. El acompañante sale, pero es que la monja tiene impedimentos de movilidad, así que se le dificulta salir. El pánico la domina. Nadie atina a socorrerla. Nada más voraz que el fuego, así que no hay nada qué hacer. Algunos dicen escuchar, entre el crepitar de las llamas y el reventar de la camioneta, un estallido particular, como de una botella que explota. En mi homóloga de Gotinga, el fantasma de Félix Klein percibe el fatal crujido de los vidrios en Medellín. Por espíritu de empresario, y, principalmente, por la paternidad del invento, Klein desarrolla tal sensibilidad, que se jacta de un infinitesimal rastreo de la producción de la botella a nivel mundial, sin que escape un ejemplar de su botella, ni siquiera este que la monja porta con tanto secreto.
Con respecto a esta historia de la monja, el negro me aconseja sanar (si es preciso que me rece un chamán), que vea mi monjil anécdota desde la literatura (sin dejar de extraer enseñanzas vigorizantes del aterrador suceso, claro está), desde Salinger, por ejemplo. Y entonces el negro recrea para mí el pasaje en que Jerome David, en su amable novela Un guardián en el centeno, pone a Holden Caulfield a hablar con dos monjas.
Las monjas son profesoras, una de lengua materna y la otra de historia. Vienen de Chicago y se dirigen a un convento. La de lengua materna usa gafas con aros metálicos, tiene una gran nariz y sonríe bonito. Holden le confiesa que esa es su materia favorita. Le encorajina que una monja enseñe literatura, cree que no es posible que una persona así tenga buen criterio, que no condene, por ejemplo, los segmentos sensuales. Sin embargo, sobre la marcha, se percata de que la monja habla sabroso de literatura, sin tontas prevenciones. Hablan de El retorno del nativo y de Romeo y Julieta. Holden se asombra de estar hablando de Romeo y Julieta con una monja y que esto, en ella, luzca tan natural. No le gusta tanto Romeo como Mercurio, al que considera un personaje elegante y entretenido. En cambio, siempre olvida el nombre del asesino de Mercurio, Tibaldo. Pero lo que ve más encantador en las monjas es que en ningún momento le preguntan si es católico. Holden odia a la gente que siempre quiere saber la filiación religiosa del otro, que se valen de estratagemas para averiguarlo. Al separarse, ocurre algo inusitado. Holden está fumando un cigarrillo y, por descuido, sopla el humo en la cara de las monjas. Se disculpa, pero ellas le dicen que no hay por qué. Aunque las monjas no están haciendo colecta, Holden les regala diez dólares. Y cuando ellas se marchan, se arrepiente de no haberles dado más dinero. Pero es que tiene una cita con Sally Hayes (van a ver una película, les dije que el cine tiene buena injerencia en mis páginas ) y debe comprar los boletos y lo demás. Maldice del dinero, que siempre acaba por hacernos sentir mal.
El negro me pregunta si en el momento de morir carbonizada, la Sierva de María perdona a sus asesinos.
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