jueves, 30 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 70)

Comienza un archivo especial titulado "Cielo", donde reúne artículos tales como el origen de los brazos espirales de las galaxias (sobre el que hay, por lo menos, siete teorías), el canibalismo de las nebulosas, la teoría del Big Bang, el pararrayos, etcétera. Ante un anuncio en Facebook del pregrado de Astronomía, acompañado de una foto del grupo de astrónomos en la escalinata delante del bloque 16, añade un comentario: "Felicitaciones, astros". Tras el último avance de lectura del libro de Agenkian, elabora un pequeño catálogo semántico, en el que incluye los términos "campo magnético", "rayos cósmicos", "espiras", "núcleo", "explosión", "supernova". 

No está cierto de reparar en el detalle, pero sabe que el grupo de astrónomos, además del fondo del bloque administrativo, disfruta del cobijo del añoso laurel. Es que allí hay un laurel, un árbol centenario que, sin descanso, continúa vertiendo su cosecha periódica de hojas y frutillas. Muchas veces, en ese rincón de mi plazoleta central, al abrigo del laurel, se levantan las tarimas de las orquestas. Hoy, la banda sinfónica ameniza el homenaje al periodista de la tiza, Miguel Valencia, en el marco de la inauguración del mural del andén de la estación  del metro. La figura de Miguel está pintada en ambos lados del poste. Allí cerca está el vallado, donde aún permanecen sus pizarras informativas, tarea que alguien debe continuar, porque no puede morir con Miguel un proyecto tan hermoso. 

"Astros", Miguel es uno de estos cuerpos señeros que brillan con luz propia en el firmamento de la universidad. Un tipo que se imbrica en mi historia tanto como Fernando Barrientos, Hugo Guarín, José Miguel Corpas, etcétera. A propósito, hago la cuñita al libro Espíritus libres, donde reúno las biografías de decenas de egresados. El negro es otro que recomienda la publicación, que él mismo consulta en la biblioteca. La IA de Google define el aparte de esta forma: Espíritus libres, egresados Universidad de Antioquia, es una colección de microhistorias y perfiles de egresados de la Universidad de Antioquia que se destacan por no seguir rutas convencionales. Un referente anexo versa sobre La república de los espíritus libres, libro de Peter Neumann, que narra la historia de un grupo de jóvenes escritores y pensadores en Jena, Alemania, a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, que intentaron repensar el mundo tras la Revolución Francesa.           

Espíritus libres, Cuartas, el escritor y poeta, también hace parte de esta pléyade. Elkin Restrepo, Rito Llerena Villalobos, Rubén Darío Lotero, otro ramillete. Rubén Darío Lotero tiene un poema sobre la terraza de su casa, la cual, gracias a una mejora, a la construcción de una habitación, servirá de biblioteca. Rubén Darío se sueña ese espacio que dará albergue a sus libros y a sus fantasías de versificador. Por lo menos este hombre honra de tal manera ese sitio donde el espíritu se siente a sus anchas. Porque hay otros que, aún jactándose de escritores y poetas, no consideran relevante que su vivienda tenga una estancia destinada a los libros. Sea una repisa, un armario, un mueble especial (trabajo de artesano de la madera) el lugarcito de los libros es imprescindible. Allí estará Residencia en la tierra, de Neruda, con su aliento marítimo, las aguas  en concierto con el viento, la lluvia, la arena, el tiempo. Neruda con su amada costa chilena, con sus barcos, sus islas, sus caracolas. Neruda con su poesía, que es un alumbramiento, una incandescencia del lenguaje. Neruda, tocado por el numen del verbo, por el llamado del universo. 

También el negro tiene su costa amada en el litoral Caribe, en Urabá. Allí está, en la agreste playa de San Juan, frente al mar. El mar que es un cosmos invertido, que oculta sus galaxias en forma de cardúmenes de peces y plantas marinas. Allí, en el atardecer, el vuelo ritual de los alcatraces perfila el horizonte. Allí, en el pecio del reflujo, vienen a morir las algas y las medusas. Un cascarón de estrella de mar cuelga en el cuarto. Un día regala a Tita el exoesqueleto de un caballito de mar. 

Ahora que lo pienso, lo que me falta es un acuario. El negro me ayuda consultando en Google y encuentra que dos universidades del mundo, una en México, otra en España, tienen acuario. Mi homóloga la Autónoma de Chapingo posee un Acuario Invernadero de Especies tropicales, donde se realiza investigación, educación ambiental y se protege el ajolote. Mi homóloga de Murcia ha logrado reproducir en su acuario cuatro mil caballitos de mar. Los alcances del caballito de mar: su cola cuadrada ha inspirado estudios en cibernética para mejorar la eficacia en el diseño de los brazos robóticos empleados en cirugía.

Pero qué será de mí con un acuario, si ya con el museo el negro me monta sindicato. Es, el museo, un lugar donde jamás se siente a gusto. Le ocurre igual en las galerías de arte y en los lanzamientos de libros. Claro que si pueblo mi acuario con una buena colonia de caballitos de mar de seguro que el negro no sale de allí. Tampoco se siente a gusto en la oficina de los profesores, siempre que puede rehúye las asesorías, se las arregla sin ellas. Alguna vez siente la inquietud por visitar el despacho de Elkin Restrepo, hablar de libros, pedirle un programa de lecturas. Al fin lo hace pero Elkin se niega a compartirle un listado de sus libros favoritos. "Cada uno llega a sus libros", alega. 

Entonces no vuelve a asomarse por allí, con todo y que en su despacho Elkin tiene un afiche de Rimbaud con una talega a la espalda.              

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