Mi homóloga de Harvard aloja entre sus estudiantes a Quentin Compson y a su amigo Shreve, el canadiense. Los dos muchachos desovillan la historia de Thomas Sutpen en su cuarto de la universidad, una fría noche de Nueva Inglaterra. Un ser humano, su sentido en este mundo, es como un espejismo en el desierto. Espejismo, sí, que nos envuelve en su esplendor.
En esta homóloga mía, Harvard, estudia Quentin, que en El sonido y la furia se suicida. Faulkner le encarga el papel de esclarecer la belleza y la miseria de Thomas Sutpen. Y Quentin se aplica a ello. Dos universitarios, dos muchachos (uno del Sur, otro de Alberta) se desvelan, pese al hielo de la noche, develando los secretos de la familia Sutpen.
Una carta del padre de Quentin (que permanece a medio abrir sobre el manual de estudio de Quentin) los atrapa en el vórtice de la tragedia de esta familia. Son dos chicos de diecinueve años. Shreve siente que ese Sur del que viene su amigo es una tierra asombrosa, una comarca de delirio. Sin embargo, el Sur (los rebeldes) pierde la guerra, donde el abuelo de Quentin combate como oficial, perdiendo un brazo.
Dos muchachos, dos universitarios, al exhorto de Faulkner, en el vertiginoso tiempo de la ficción, revelan la desolada crueldad de aquel hombre llamado Thomas Sutpen, figura fulgurante y sombría como un espejismo bíblico.
El muchacho que es el negro, con un consecutivo que lo identifica ante mí, lucha (y vive) por demostrar que no es solo un consecutivo. Está aquí, ante el espejismo de un título, y sabe que lo real, lo que cuenta, es la vida. Y a esta se entrega.
Por algún ignoto azar, su vida se resuelve en escritura, y comienza a llenar cuadernos, y luego cuartillas en su Royal 330. Oye hablar de Harvard, sabe que es una universidad prestigiosa, que allí van los delfines de los países tercermundistas, las fichas de recambio del poder. Pero no le importa Harvard, esta engreída homóloga yanqui. No le importa. Le importa sacar a la luz esa vida de la que (como otra Alma Mater) se nutre en la infancia, ese paisaje que acaba por ser una promesa escondida tras penurias. De esa vida que se nutre de la infancia da cuenta cuando, a su vez, es otro Quentin, otro Shreve desvelado en la noche, al filo de la madrugada, descubriendo el significado de la desesperación en una novela.
Al ingresar por la portería de Barranquilla enseña el carné a los vigilantes: allí está su foto y el número del consecutivo, amén del de su historia odontológica. Es natural que la pérdida de los dientes sea un tema recurrente en sus sueños; según los paleoantropólogos son los dientes los restos fósiles humanos más resistentes, por encima de los huesos. El esmalte se conserva por mucho tiempo. En los dientes de nuestros ancestros, los científicos hallan las claves de la dieta, la migración, el clima y la evolución.
El amarillento papelito en el respaldo del carné, pegado con una cinta igual de curtida, muestra el número de la historia odontológica de este negro de rostro melancólico, que al momento del poncherazo cierra los ojos, tanto que le advierte la fotógrafa que no los cierre.
En este número puedo rastrear, sino el escrupuloso cuidado del negro con sus dientes, al menos su ocasional reclamo de asistencia ante mis odontólogos. Al menos ya no se las ve con teguas que, ante el mínimo dolor, sacan muelas a troche y moche. No, ya estos mis dentistas hablan de endodoncia y ortodoncia.
En su archivo de anécdotas extractadas de los cuadernos, el negro conserva un aparte bajo el rótulo de "Odontólogos". En uno de estos apuntes lo veo llegar al bloque 22 al mediodía, dirigirse al consultorio, esperar en la antesala. Mientras la auxiliar lo atiende, el negro piensa en los incisivos de Lucy.
El carné estudiantil, ese pequeño documento plastificado, de puntas gastadas y abarquilladas, de manera expedita, establece una identidad cotidiana entre el negro y esta vieja dama. Simplemente, un muchacho. Un Quentin, un Shreve, un Charles Bon, un Henry Sutpen, un Philip Carey, un Edmundo Halley (este último estudió en mis homólogas The Queen's College y St Paul's Junior), un Isaac Newton, un Ludwig Wittgenstein.
Tiene qué hacer, estudiar una lección. Pero antes va a la cafetería por un tinto, algún pan. Luego busca una mesa de estudio, un cubículo, y se absorbe. Otros muchachos hacen lo mismo. No dejan escapar la oportunidad ganada en rebatiña. No son delfines, fichas de recambio en el poder. La relación incestuosa de Quentin con su hermana, lo lleva al suicidio. La relación adúltera del padre del negro con Ana, lleva a este al ostracismo en su propia familia. Es el distinto.
Verdad, se pregunta, ¿de dónde esta pasión por convertir la experiencia en escritura? ¿Cuál es el espejismo que persigo, esa concha nacarada que me guía con su destello? Kafka ve el cometa en 1910, yo en 1986. El cometa me propulsa a las aulas universitarias. En ese espejismo que cruza el cielo (la cola de millones de kilómetros), engarzo mi anhelo de redención. Una chispa desprendida del Halley, Mario Escobar, que en su programa de lecturas pondera a Faulkner, Absalón, Absalón.
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