Uno siempre encuentra vinagres estos triunfos, las compensaciones de ser pacientes, de saber esperar, piensa el negro, sentado en las escalas de Troncos, mirando a la biblioteca. Cuando ya no se usa, cuando hay un agrio regusto en la boca, las cosas llegan.
Allá está el negro, desde mi plaza Barrientos lo veo. Tita se ha ido, lo mismo que la lluvia, y él se queda solo en las escalas, mirando los grandes canteros con unos arbolitos plantados. Lo dejo un rato allí, pensando en ese polvo de consolación que echó con Alma, que disfrutó en el momento (¿en verdad lo disfrutó, borracho como estaba?) y que luego le supo revenido. ¿Cuántos se han culeado a Alma? Vea en lo que se ha puesto a pensar. Ni por asomo compartiría estos pensamientos con Mónica. Mónica lo pondrá en su puesto de inmediato. ¿Cuántos se han culeado a Alma? ¿Acaso no fue Alma la que se culeó a tantos, profesores, compañeros, compañeras? ¿Es que la iniciativa es siempre del macho? Lo dejo un rato allí, mirando los macetones y los arbolitos que parecen raquíticos, ¿o, simplemente, afiligranados?
Mientras, como si me rascara las pulgas, me absorbo en mí misma. Este absorberse asume una perspectiva espacial, digamos, geométrica. ¿Cuál es mi radio? Soy una gran manzana. O una gran cuadra, un gran jardín, como el Madison Square Garden. Madison, cuarto presidente de los Estados Unidos, país grande. ¿En qué son grandes los Estados Unidos? ¿Eh? En todo. En extensión territorial, por ejemplo. Grande, también, en cojones, aunque sé que muchos no estarán de acuerdo conmigo, por eso del imperialismo. Por algo John Wilson ama este país. John Wilson no es del todo pendejo. No lee sino literatura de circuncidados. Adora la cultura inglesa. ¿Un lavado de cerebro de la iglesia adventista, a la que se afilió? Como sea. John Wilson no es tonto del todo. Bueno, ¿en qué más es grande este país? Cojones, ¿es poco? Allí matan presidentes. Se necesitan cojones para cargarse a un presidente. En cambio, aquí el estado mata ciudadanos. Lincoln, Garfield, Kennedy, ahí van tres. Y los que sufrieron atentados, los que se salvaron por un pelo, Reagan. Un país que sabe para qué se usa el revólver, por algo se mataron entre ellos en la Guerra de Secesión y en los duelos del Oeste. Pero que tienen cojones, los tienen, ese Gaiteau, ese Lee Harvey Oswald. Cargarse a un presidente. ¿Aquí a qué presidente nos hemos cargado? ¿A qué tipejo de esos hemos sacado del Palacio de Nariño a punta de plomo? Aquí somos pródigos en matar ciudadanos, a la gente con ideas nuevas. ¿A cuántos de estos han liquidado?Ojalá que un ciudadano fuera pródigo en cargarse a uno de esos tipejos. Gaiteau, Lee Harvey Oswald, la Historia puede tacharlos de villanos, pero yo creo que los villanos son otros. Uy, me he exaltado.
Hablaba de mi radio. ¿Cuál es mi Radio? Barranquilla, Avenida del ferrocarril, El bosque, Moravia, el río, la Avenida regional. Por Barranquilla me voy en barco a través del Magdalena (oh, comodoro Elbers); por la Avenida del ferrocarril me voy en tren; por El bosque me voy como el barón rampante; por el río me voy en esquife, con la generosa mierda. Divago. Como que le sigo los pasos al negro, que divaga sobre un polvo que no sabe si echará, si es una realidad o un anhelo.
Preseas de consolación, objetos de segunda mano, carnes vinagres, ¿eh, negro? Un polvo es un polvo. ¿Dónde lo echaste? ¿En un baño? ¿En un pasillo? ¿En la escalera? ¿En un aula? ¿En la buhardilla? Alma se echa sus polvos con los profesores, nada de malo hay en ello. Hay una contraparte ventajosa para Alma, que acaba ganando los cursos, después de estar en la cuerda floja todo el semestre. Ah, ¿nada de eso? ¿A lo más que llegas es a esa apretada a la compañera en un rellano de una escalera de Ciencias exactas? Claro, esa compañera es la propia Alma, con la que te extravías por Química buscando a un profesor y lo que encuentran es el deseo. Sí, recuerdo que me contaste. Yo también me echo mis polvos con la brisa que sopla de los cerros ("Quitasol", qué palabra), con los aviones que surcan el cielo. ¿Los discursos de los académicos? Con algunos de ellos bostezo a más no poder. ¿Si me pajeo? Claro, ya te lo he dicho. A diario, en mi plaza Barrientos. Sueño que sea un mozalbete quien me dé lengua. Sí, soy una puerca, entre más vieja más puerca y mísera. Nada gané cuando Dios marcó división entre la serpiente y yo. La serpiente fue la vencedora, quién lo diría. Tú le aplastas la cabeza, ella te muerde el talón. Dolores tendrás en el parto. Si esto fuera todo. Pero mi desgracia es ese sucio y cobarde Adán.
Eh, negro, no te apures por tu papel de segundón con Alma, por el polvo vinagre. En esto también hay gloria. Aunque Amudsen se le adelanta, Scott está a la altura. En ello no hay desmedro. La belleza no está en un polvo infame, sino en sentarse en solitario en las escalas de Troncos y contemplar los canteros de la biblioteca. A Alma acaso nunca vuelvas a verla. Se enrolará en la docencia, se hará vieja, tendrá nietos, se jubilará. Pero tú y yo la vemos como lozana flor de un día, como aura de los cerros, un día, en mi plaza Barrientos. Ahí es donde está la belleza. Tita y tú mirando la lluvia desde las escalas de troncos.
Uy, me emocioné. Casi me mojo. Allá está el negro. Su mirada ahora dice pensar en cosas menos burdas (y bellas, nadie puede negarlo) que un polvo.
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