¿Qué se hace Tita estos días? ¿Por qué no aparece? ¿Anda disgustada con Aída, por demás cosa frecuente? Tita sale llorando de cada disgusto con Aída. Así es como sucede.
En cambio, el negro y Aída coinciden en mis pasillos por estos días. También en la cafetería. El negro no puede beber cocacola, le produce flato. Sin embargo, hoy bebe un botellón (oh Klein) de 350 ml. Aída le ayuda, por fortuna; vierte una buena cantidad en el pocillo donde aún queda el poso del tinto que acaba de tomar.
Tita se pierde, Aída repunta, así es la vida. En Troncos hablan de María, la amiga de Aída (el negro también la conoce) que vive en Suecia y que edita una revista de filología (un número dedicado a Jauss, otro a León de Greiff, etcétera). Las dos amigas mantienen correspondencia. ¿Qué carácter reviste esta correspondencia? Aída enseña al negro una carta de María, dos hojas manuscritas por ambos lados. La caligrafía de María es esmerada, regular, en tinta azul. Aunque las epístolas suelen tocar aspectos personales, también ventilan inquietudes intelectuales. Por ejemplo, cuando María pregunta a Aída sobre hermenéutica. Celosa de las confidencias, Aída arrebata el papel, y el negro solo alcanza a leer unas líneas. Aún así, se percata de la franqueza y el afecto de una relación femenina permeada de cierto aire libresco.
Cuando Tita llora al pelear con Aída, es porque Aída suele ser cruel. Igual que Jehová, Aída exige adoración absoluta. No es raro, pues, que se agarre con este y aquel, si hasta el pueblo de Israel mantiene a Jehová rabiando. Pero no es Israel el culpable, sino la bendita volubilidad de Jehová. Nadie es perfecto.
El negro sabe llevar a Aída, también a Tita, pero más a Aída. Son incontables los momentos compartidos. Algo muy profundo y cierto en el negro adivina que Aída será una de esas pocas amistades que vendrán con él en el tiempo, cuando otras se desvanezcan y no cuenten. Aída estará ahí con su raizal impaciencia y su segura lealtad, llamando, saludando: "negro".
Una tarde en que se dan a holgar en Troncos el cuerpo de Aída se estremece de frío. El viento sopla, fortachón, arisco. Hay que cerrar los ojos para que no fastidien los microscópicos corpúsculos intrusos. Entonces Aída saca una chalina de su bolso de cuero vinotinto y envuelve sus hombros desnudos, blancos, en tan primorosa prenda. Con el mismo gesto emite un suspiro de infinito placer: "ah".
Otra tarde el negro visita la casa de la mamá de Aída, un señora encantadora. Ya está vieja, pero cuán ágil y graciosa. La fina red de arruguillas labrada en su rostro semeja más un adorno que un achaque. Habla con fresca desenvoltura, con tono distinguido, con amables palabras. El negro estima su edad en unos sesenta años. Es solo un cálculo. Su voz suena deliciosamente juvenil. Es menuda, blanca, un poco cargada de espaldas. ¡Y esa vivacidad! Su cabello es corto, a la nuca, redondeado. Se advierte que lo cuida con celo. Acaso visita al peluquero con frecuencia, o quizá ella misma sea su propia peluquera. Usa lentes de contacto (así como Tita usa frenillo). Los ojos se le irritan con facilidad. Hay tonos lívidos en sus párpados: ojeras.
Está en ropa de casa. Luego se cambia unas prendas más protocolarias. Aún así se ve sencilla, cómoda. Visible su buen gusto y su afable ánimo. Se dirige a Aída con aire protector y afecto. Está orgullosa de que su hija sea educadora. Le infunde aliento. Un lente de contacto se le zafa mientras hablan en el comedor. El ojo se le irrita de tanto frotarlo con el dedo. Dice sentir fastidio por la lora (la mascota), a la que sostiene en la mano y mima y da a comer trozos de pan mojados en chocolate. Quiere mucho a la lora, pero le produce alergia el mínimo contacto con ella. El negro la ve meter la lora en la jaula, cubrirla con una tela, abrigarla bien. La lora pasa el día en los árboles que adornan la casa, pero en la noche la jaula le sirve de albergue, por temor a que se la coma la chucha ("la zarigüeya", piensa el negro) escuchando los arrumacos de la vieja a la mascota, que le contesta con un mimo gutural. "Así se arrulla", dice Aída.
El cariño de la señora por la lora es sincero, sin embargo, ¿qué hacer con el fastidio? La piel comienza a picarle, le rasca. Con qué suave y resignada tristeza expresa ella la ironía de su suerte. Ama a Pastora (es el nombre de la lora) pero no puede tocarla, porque su cuerpo responde con repugnancia instantánea. El negro, que es escritor, se dice de inmediato: "imagina una relación afectiva así entre dos personas".
Viene al baño a reponer el lente. Regresa igual de jovial. Qué dama. El negro cree notar cierto desvalimiento en ella, cierta soledad. Acaso su vivacidad sea una defensa contra una profunda melancolía. Quizás juzgue a la ligera. Ante lo del lente Aída le habla entre reprensiva y cariñosa. La anciana se muestra apocada, dócil, nerviosa, como pillada en una travesura.
El negro ve una foto de la madre de Aída en plena mocedad. Bellísima, un ángel. Pulida, blanca, graciosa. El daguerrotipo permanece en una mesita, en la sala, cuidadosamente enmarcado. Advierte la veneración por el pasado (visible en las viejas fotos familiares) que se profesa en casa de Aída. Un pasado de abolengo.
Es la anciana la que advierte al negro del repulsivo olor proveniente de la cercana fábrica de manteca: Gravetal. Las chimeneas pervierten el aire con sus mordientes emanaciones.
"Es lo peor de Sabaneta", sentencia la vieja.
Tita ausente, lejana, acaso requerida de lleno por la hija (las clases de inglés en el Colombo Americano, etcétera). Sin embargo, luego de eones sin verla, se cruzan en mi plaza Barrientos. Ella se acerca a saludar. El negro está sentado donde Pastora, con Claudia y Terry. Estos conversan sobre la modernidad y la posmodernidad. Terry debe pergeñar un ensayo sobre dicho tema. Sus consideraciones no son muy agudas; su lenguaje no refleja fluidez ni erudición. Tan distinto del trabajo sobre el Popol Vuh para Literatura prehispánica con Óscar Castro. Definitivamente, Terry es un avatar de Hunahpú e Ixbalanqué. El negro se mantiene a la expectativa, carraspeando, incómodo, a causa del catarro. También por lo chapucero del borrador de Terry. Es un borrador, sí, pero no importa.
Tita está acompañada por Eliza y por otra chica de negra blusa y expresión ensimismada. Los ojos del negro se han desacostumbrado al rostro de Tita. Tita lo repara antes de saludarlo: "cada rato te confundo con tu hermano, el que estudia Música; son idénticos; lo admiro, ¿sabes? Por estudioso, por disciplinado; llegará lejos con la música, igual que tú con la literatura".
La emoción de Tita supera la del negro. Siempre es así. No en vano Mónica le llama afefóbico, reacio al afecto. El negro es reticente. "Abrázame", le pide Tita. La abraza, sin levantarse de la silla. Vaya abrazo, negro. ¿Por qué te cohíbes de ese modo? Eliza también lo saluda, sonriente.
La otra chica se mantiene alejada, tal vez insatisfecha, incapaz de comprender la alegría de Tita y de Eliza ante un amigo tan adusto. El negro no tiene dificultad en alinearse con esa morena de lacio cabello negro, teniendo por excesiva, quizás, la efusividad de sus amigas.
Tita trae un corte de pelo cortísimo (no tardará en raparse), un traje ancho, sencillo, talar, de mujer encinta, como los de su amiga Judith. Eliza tiene su eterno aire frívolo. La chica de la blusa negra, incómoda, se aparta de las compañeras y las aguarda unos metros más allá. Todo indica que el negro le cae mal. Tita dice: "No he vuelto a llamarte por tanto estudio, no me queda tiempo; me inscribí a un curso de Crítica literaria, los martes; estoy entusiasmada, el profesor es magnífico; asisten más colados que inscritos, ¿te imaginas? Date una pasada. ¿Irás?" "Claro".
Cuando Tita menciona la palabra "colados" el negro recuerda en el acto a Miguel, el gacetillero de la portería de Barranquilla. Miguel lleva décadas entre mis costillares, pero nadie, ni yo misma, sabe a ciencia cierta qué estudia. Se cuela en los cursos como curioso y permanece el tiempo que se le antoja. Cuando menos se piensa, deserta. Pero es fácil de referenciar. Yo llevo toda una vida viéndolo pegar sus noticias en mi vallado externo, para lo cual emplea cartulinas y pedazos de pizarra. El periodista de la tiza, le llaman algunos (Luis, por ejemplo), porque es una tiza, blanca o de color, a veces combinadas, lo que emplea para redactar su información, que va desde la actualidad política hasta el resultado de la lotería, pasando por la cháchara del fútbol.
Días después, con el dato del curso a la mano (Crítica literaria), el negro va en busca de Tita. Encuentra el salón, el profesor está (al negro se le antoja un pesado), pero de Tita no hay rastro por ninguna parte.
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