Ahora que el negro cuestiona a Google (por el dislate de la fecha de nacimiento de Gaitán), yo también lo hago, un poco a la cobarde, a solapa del negro. Me pego de Clarisse, la jovencita de Bradbury en Farenheit 451. Google es eso que suplanto un manojo de actos hermosos (eso sí, una migaja dispendiosos) por una sencilla tableta de porquería. De un momento a otro el negro (que cayó en la trampa, como muchos, también yo) se desprendió de un montón de enciclopedias Salvat a las que así nomás empezó a ver viejas y obsoletas. Por fortuna conservó el Diccionario Mayor, lo mismo que algún Larousse. En la tapa del Mayor viene un grabado de un monje (debe ser un dominico, señor Jauss) con su hábito y su cordón con esos nudos que indican los votos. Parece una señora, una vieja y apacible abadesa. Pero es un hombre. El monje está inclinado ante un escritorio (encima debe haber una repisa con libros), trabajando en una copia. ¡Un copista! Al parecer Guttemberg todavía no había dado luz a esa maravilla mecánica llamada imprenta. Cierta perspicacia natural (eso que llamamos malicia indígena) hizo que el negro no sustituyera por la sutil tableta su cuaderno de escritura, el uso de la libreta de apuntes, como hicieron otros escritores, que se apresuraron a elevar hosanas al computador. Pero hasta su máquina de escribir Royal tributó el negro en el altar de esta grandiosa locura. ¡Su Royal! Su realeza. De un momento a otro la Royal ya no estaba, había ido a parar a la basura, a la gran pira del mundo, como en ese cuento de Hawthorne. Lo que el apacible monje dominico hizo todo el tiempo con el negro, desde la gastada tapa del Mayor, fue picarle el ojo, advertirle que no hiciera el tonto. Ya el monje era un poco Clarisse.
En fin, nunca recuperó su Royal, aunque después, arrepentido, se empeñó en buscarla aquí y allá, con los recicladores del barrio y en las bodegas de anticuario. Hasta visitó cafés y heladerías estilo vintage, donde va a parar tanto bártulo desahuciado, en vano. Por no hablar de los tinterillos de Calibío y de la Alpujarra, además de los talleres de reparación de máquinas de escribir. En vano. Entrar en la era cibernética. Cambiar el chip. Dejar atrás lo viejo. Fue lo mismo que ocurrió con el aula de Audiovisuales y el empleado aquel. Las películas en Betamax y VH ya iban siendo materiales didácticos pasados de moda, también es cierto. El rotafolio, apuesto, negro, a que no recuerdas en qué consiste este recurso didáctico. Y los objetos tridimensionales, ¿recuerdas lo que son? Tras estos conceptos refulgen los ojos de gata de la profesora Lucy y su Didáctica, y, más atrás, siglos de siglos atrás, el preclaro Comenio. En aquellos tiempos de Lucy (Prehistoria) el computador era citado en último lugar del listado de recursos didácticos, después del rotafolio, los cuerpos opacos, el pizarrón, los video-casetes, etcétera, como si se tratara de un útil inviable, un sofisticado vehículo que la gente no manejaba todavía, que daba susto. Cómo cambian los tiempos, ¿eh?
Claro, negro. Pregunta a la directora de la biblioteca, esa tipa subidita, ella te dirá el nombre del empleado. Debían ser amigos. Por lo menos eran colegas. Esa tipa subidita lleva cuarenta años en mis costillares, más tiempo que la invencible Marina Quintero y, por supuesto, que Jonás en la ballena. Pregunta a esa infrangible altanera, con quien viste algún curso. Aunque mejor te pegas a Clarisse, mi negro, como hago yo. Clarisse es un poco esa Mónica tuya, esa Tita tuya. Ah, y el profesor Faber, qué hombre. Clarisse es, definitivamente, esa muchacha de Artes, la que en la cafetería te espía mientras escribes en el cuaderno, y ella compra un café y se sienta en una mesa a leer Rayuela. Todos hacemos el tonto, negro, frente a ese perro mecánico, ese robot, que se come los libros, que les prende fuego. Todos somos un poco Montag. Pero ahí está Clarisse. Y es la que buscas en la Fiesta del libro, donde al fin echas una ojeada al libro de Alcántara. Mas esas Sombras no te atrapan (ni siquiera el libro de Tálaga) y vas derecho hacia Clarisse. Clarisse es ese resplandor que engrandece la vida, ese aroma que ahora, junto a Mónica, encuentras. Es la lluvia, con la que siempre te confabulas, negro. "Comienza por e", piensas o sueñas o algún trasgo benévolo te sopla con respecto al nombre del empleado. Ervin. Es una corazonada, de pronto es Ervin. ¿Ves cómo eclosiona en tu mente así nomás? Como la sonrisa de la muchacha que lee Rayuela y que tiene algo de la Maga, igual que Clarisse.
Esa estilizada porquería de Google (¿ves, negro, que no soy pro-imperio?), esa jugada maestra, nos llevó a quemar libros. El negro también echó a la basura el método de inglés de Clutte International Institute, esos libros que él papá les compró y a los que él, particularmente, tanto jugo les sacó. ¿Y fue entonces cuando además echó al tacho de los desperdicios sus tres cuadernos de notas en inglés? En esos días estudiaba inglés a fondo. Ofelia, una colega, le prestó varios libros en este idioma, unos cuentos de Kipling y una novela de Rosamunde Pilcher, Coming home. ¿Cómo es que tiró todos estos materiales? ¡Esos cuadernos de notas en inglés! Bueno, lo que razonó entonces es que ya no los necesitaba, que el rescoldo de todas esas horas invertidas estudiando, escribiendo, quedaba intacto dentro de sí.
Sí, Google es ese perro mecánico que vomita fuego, del que nos previene Bradbury en su novela. La guerra del fuego, aquella película. Mientras el filme rueda en la pared, sientes que el empleado te mira, y que sus ojos despiden un ligero fulgor. El hombre estudia los rostros, piensas, pero sabes muy bien que es otra cosa. Ese hombre está inquieto, no puede con su cuerpo. Hay cierto desvalimiento en su figura, sí, cierta fragilidad femenina. Eso es. Cómo será su día en ese aula, cuántos sueños y deseos, cuántas problemáticas. Siquiera aprovecha el asueto del mediodía y va a las canchas de tenis y desfoga todas esas ansias. Ese golpe de revés está fantástico, ahora domina la net y gana el punto. El deporte, amigo, es la clave para que los demonios salgan y se desbarranquen. Miras el brutal gesto del miembro de la horda y lo comparas con el bronceado del rostro del empleado. Cuánto empleó la evolución para plasmar un rostro bronceado. Cómo se manifestarían los anhelos homosexuales en la horda primitiva, piensas. ¿Ya se reprimían desde entonces? No, esto debió darse con naturalidad, el apareamiento entre dos del mismo sexo. ¿Ya puede hablarse de amor en ese entonces? No creo. Aunque tal vez sí. El amor es eterno, dirá un trascendentalista. Ya hay amor en esa salvaje posesión del macho frente a la hembra, cuando la sorprende bebiendo agua en el remanso o dormida en la caverna.
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