domingo, 26 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap.65)

El año de los muertos vuelve, de año en año reanuda la soga, los nudos, la horca. Es el tiempo en que el negro conoce a Natalia Pikouch, todavía no conoce a Tita. Es el tiempo en que asiste al taller de escritores, cuando, tal vez, conoce además a Luis Jaime Agudelo, alumno de Mejía Vallejo, que dirige otro taller de escritores en La Piloto. Por esta época (el año de los muertos) es cuando la novela Golpes de Ala llega a sus manos. La novela es editada por La Piloto, en la Colección Trabajo de taller. Mil ejemplares, hay para regalar, de sobra. Claro que Luis Jaime vende algunos, embolsilla unos dineros. En esta misma colección se edita Era tarde en San Bernardo, el libro de Cuartas. Gran fuerza en este escritor Cuartas. Luis Jaime no se queda a la zaga. El negro recuerda cómo se hace con el libro, por unas cortesías que alguien distribuye, quizás el propio autor. Conserva el volumen, nunca se deshace de él. Quizás porque las palabras de Mario resuenan en su interior ("todavía no se escribe una novela de la u"), y Golpes de ala es, en cierto modo, esa obra que Mario reclama, la novela de la u. Por lo pronto, Santiago es un universitario, estudia en la Nacional de Bogotá.

Conserva la novela, pero no le mete el diente sino tiempo después, cuando ya conoce a Tita. Acaso tuviera que leerla antes, pero el designio es quien dispone. "Todavía no se escribe una novela de la ", repite Mario en su cátedra. ¿Por qué no la aborda él mismo? Tiene materia de sobra, es profesor, cada semana recorre mis pasillos y mis aulas. Su abordaje tiene que ser, naturalmente, desde el enfoque de un catedrático, un sexagenario con ojo y modos de águila, amante de los riscos. Materia, de sobra, en sus agendas. Siempre se lo ve escribiendo en la cafetería. En sus prontuarios debe haber apuntes sobre mí, sketches de personajes, descripciones de mis tránsitos, reflexiones. ¿Hay, asimismo, algún apunte del negro, ese estudiante celoso de su aislamiento? 

Todavía falta un millón de novelas por escribir, la del fruto de la ceiba que al caer propina un capirotazo al negro, que viene distraído por mi plaza Barrientos; la del niño que somos todos; la de Tita entre Rimbaud y Verlaine, en ese retrato de Toulouse Lautrec. 

¿Por qué Tita no está el año de los muertos, tampoco Aída? Tita ya ha cursado una carrera, Educación Primaria; Aída, igual, Sociología en la UPB. Llegan a la vida del negro luego de trajinar la academia, en tanto este apenas me recorre por primera vez.  Mónica tampoco está en el año de los muertos, ese que rememora la placa en la columna de la biblioteca, junto al estanque de la fuente. Es este el verdadero año de los muertos. El nudo ciego prosigue de año en año, pero es allí, en el tiempo al que la placa (por cierto ya borrosa) alude, cuando la barbarie se encarniza. Recrudece. Mónica no está aún este año, pero aparece como protagonista del cuento de Natalia Pikouch, El botón azul. Vaya con la ucraniana. Con este escrito se alza con el primer puesto del Concurso Nacional de Cuento Infantil Rafael Pombo. Una extranjera deja en ascuas a los nacionales. Los barre. Mónica, una niña que, el día en que se mudan de casa, tras el sofá, encuentra un botón azul. El botón tiene poderes. ¿Quiénes están ya ese año? Diana, la que estudia Teatro; Marta, la condiscípula de Español; Olga Regina, que conserva unos poemas del negro; Natalia Pikouch, que ya muere un poco ese año, así su muerte efectiva, legal, sea veinte años más tarde. ¿Por qué muere un poco? Acaso porque el negro es despectivo; porque en una ocasión quiere atraparlo con su sonrisa de bruja blanca y no lo consigue, al menos del modo que ella quiere. Esto tiende un muro de incomunicación, de cosas no dichas, de sobrentendidos. Su amistad ya no es igual. Luis Fernando Vélez está asimismo este año, definitivo.

Es el año en que Luis Jaime publica su novela y, naturalmente, le embarga el alborozo y reparte ejemplares a diestra y siniestra, entre parientes, amigos, conocidos, centros de estudio, bibliotecas. Una novela, producto de cuántos desvelos, de cuánto cacumen, no puede brindar sino alborozo. Pero de ahí a repartirla así, regalada. No creo que Mario Escobar lo haga, ni Maecha, ni Cuartas; Luis, sí, y el negro, con absoluta seguridad.                   

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