Hoy ofrezco hasta Astronomía, a una población de un manojo de decenas de miles de matriculados. Lo que piensa el negro, le presto atención, al menos lo considero: que en memoria y gratitud históricas, los estudiantes del Fray Rafael de la Serna, cuando menos un alto porcentaje, deben tener asegurado el cupo de ingreso en mis aulas. No eximirlos del examen, pero sí darles algunas facilidades. Si somos instituciones hermanas, ¿cómo no tener en cuenta los nexos ancestrales?
El negro sale con unos asuntos. De verdad que me pone en aprietos. Esos muchachos frailunos, graduados en el Fray Rafael: mi amor los circuye al verlos en mis cátedras. Ese alto que va allá es Gustavo Rivillas, gran basquetbolista y excelente persona. Hace buena amistad con el negro cuando este es su profesor de español. Vida colegial: ah, cómo pasa tan rápido ese tiempo maravilloso en que una era una alocada e irresponsable criatura. Sí, también soy colegiala. Así es como llego a universitaria, siendo colegiala. Universidad de Antioquia, colegio.
Vida colegial, radiosa primavera. Ese otro que viene allí es Carlos Trejos. Igual que Rivillas pasa el examen sin sacar a relucir sus nobles parentescos, bravos muchachos. Así es que se hace. De vez en cuando el negro se topa con Trejos. Estos encuentros no pueden ser más gratos. La mayoría ocurren en las tumultuosas aceras del centro. El muchacho trabaja con el papá en una litografía. Cómo no reconocerlo, con la encía y los dientes prominentes. Buen recuerdo tiene el negro de este chico durante el tiempo en que fue su alumno. El papá es el dueño de la litografía, bella empresa. Es uno de los oficios por los que el negro cambiaría el suyo, el de la tiza, que en ocasiones se le antoja tan pesado. A veces el negro concede razón a las torvas sentencias de Maecha: los profesores tienen la tiza marcada en la frente.
Desde aquel tiempo Trejos trabaja como ayudante del papá en la litografía: mensajero. Qué empleo tan hermoso. Un chico mensajero. Le saluda con alegría, le transmite su regocijo. Una tarde se cruzan por las inmediaciones de la Autónoma: "Profe". Trae un paquete en las manos, seguramente tarjetas de presentación o volantes. Viste una camiseta lila. Conversan unos instantes. El negro le pregunta por José Reynel, su hermano, dos años mayor, otro frailuno. "Está bien".
La humana marea discurre, sorda, entre ellos, detenidos, gesticulantes.
Trejos estudia Derecho; Rivillas, Ingeniería. Escapan de las manos del padre Andagoya, que insiste (es su deber) con eso de las vocaciones, aumentar el batallón de Cristo, los baluartes de Francisco. Algunos chicos se van de monjes. Con todo, debe ser bonito, estudiar Teología, consagrarse a lo divino. También debe ser apasionante estudiar Filosofía, encarretarse con los presocráticos, como ese muchacho Marulanda. A veces veo a Trejos en la cafetería de Derecho, toma gaseosa, conversa con algún condiscípulo. También veo a Marulanda, en sus lides de representante estudiantil.
Ah, cómo añoro esa vida del colegio, la desenvoltura del descanso, el parloteo juvenil a la sombra de un árbol, en las escalas frente a la cancha donde juegan voleibol. Ese muchacho Marulanda viene del Marco Fidel Suárez, y viene también de aquel árbol, de aquellas escalas, de aquella cancha donde juegan voleibol. Viene de la vida anchurosa de la juventud. En las escalas, bajo el árbol, uno rasguea la guitarra, otros cantan. En el otro extremo del patio, unos chicos hacen gimnasia bajo la férula del profesor. El coordinador académico sale de su oficina envuelto en una vaharada de humo de cigarrillo, tosiendo atropellado, rápidos pasos. Un muchacho larguirucho, acaso el más alto del colegio (¿Rivillas?) se asoma a la sala de profesores, echa un vistazo y se retira decepcionado. Un teléfono repica dos veces en un despacho, contra el tecleteo de una máquina de escribir. La luz matinal dora los patios, ilumina las estancias; las mujeres del aseo van y vienen, atareadas, uniformadas.
También visita la biblioteca de la Autónoma. Esa tarde en que se parcha un rato en la facultad de Sociología, al fin se va a Girardota y dicta la clase. Al regreso al centro, en el bus, le ocurre algo maravilloso: la muchacha del lado recuesta la cabeza contra su hombro. Vuelve el rostro, estupefacto. La chica no está dormida, ni siquiera tiene aire soñoliento. Por el contrario, sus ojos, que miran el paisaje de fuera, permanecen francos, despabilada su expresión. Queda perplejo, sin atinar qué hacer. Hay un atasco en la autopista. El bus avanza lento, torpe. No conoce a la joven. Al subir busca un asiento donde no impacte el sol del ocaso, y elige el puesto contiguo a la muchacha. Ella ocupa el lado de la ventanilla. Es grácil, trigueña, de unos diecisiete años. Sus manos son largas y finas. El negro piensa en El Greco, en la esbeltez de sus figuras. Pasa más tiempo del suficiente para que ambos reconozcan la inconsciencia del acto. Sin embargo, la cándida cabeza de la joven permanece apoyada en su hombro.
Entonces recuerda a Sofía, la amiga del colega de inglés de La Salle. Sofía atraviesa la suave penumbra del andén externo de la biblioteca, entre las mesas de estudio. El negro permanece dentro, en la sala del primer piso, y la mira a través de la pared de cristal. Las miradas se cruzan. La mujer gira el rostro bruscamente, reflejando fastidio. "La cogí en un mal momento", piensa el negro, viendo cómo se aleja. Sofía usa gafas. Tiene un rostro agradable. Cabello corto. Su estructura física es proporcionada, ni gruesa ni delgada. El negro la ve con frecuencia en mis ámbitos. Meses atrás esta mujer es amiga sentimental del colega de inglés. Ella trabaja con una editorial y va por los colegios promocionando libros de texto. Tiene su affaire. Ahora andan de cobijas partidas. Ella sabe que el negro es amigo del profesor de inglés. El negro reflexiona en Eros, cómo este dúctil dios pervierte el entramado de las relaciones interpersonales. ¿Qué culpa tiene de ser amigo del colega de inglés? ¿Qué culpa tiene de que la haya dejado? Lo que la mirada de Sofía refleja es un inconcebible fastidio.
"¿Me estará provocando?", piensa, regocijado con el contacto de la cabeza de la jovencita en su hombro.
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