Tita se aleja, casi se pierde, es verdad. Sin retorno. No volverá a ser lo mismo, aquella maravillosa estación de euforia intelectual, de pasión por los libros y el estudio. Ahora se aleja, se desvanece, se pierde, y él no puede alcanzarla con el deseo hecho papel, línea escrita, novela de trescientas hojas como paloma mensajera en el viento. Tita está más allá de todo esto, y cuando vuelva será otra. Que la ama, es verdad, la ama. Con Aída comparte casi a diario, incluso bailan (cosa que jamás hace con Tita) una noche en una taberna cerca a la Placita de Flores, pero no siente que la ama. Aída es esa amiga con la que estudia a Eisenstein, con la que anhela cantar, etcétera. Pero solo el nombre de Tita lo llena todo, todo lo estremece.
Una noche luego de que hablan por teléfono, después de acordar una cita para el otro día, siente que el nombre de Tita es como un oleaje sonoro que rompe en las riberas de su mente. Ignora si es su voz quien lo modula o es una voz hecha de todos los destellos de la eternidad. Si muriera en ese instante, Tita preñaría su muerte de palabras sin sonido, de mundos sin historia. Los grillos ya no son esos insectos absortos y de frágiles huesecillos, ahora son tejedores, hilan el nombre de Tita.
Propone para el encuentro las escalas eléctricas de Junín. Tita no ve problema. Ahí espera a otra mujer, cierta vez, sin que cumpla. Se cansa de esperar, no llega, esa otra. Las mujeres no siempre llegan a las citas. Asimismo esa a la que aguarda en las Empresas Públicas, ¿llega? El silencio es diciente. Otro sitio que suele escoger para las citas es la escultura de La gorda. Pero con Tita es en Junín.
Sueña el día entero con la imagen de Tita, como si depositara en ella toda su avidez de amor. ¡Si la viera! Con esta ansiedad pasa las horas. Sus ojos buscan entre las decenas de rostros pero siempre los castiga la desilusión. La anhela con todas las fuerzas y todos los desgarrados alaridos de su pecho. Oh, ven, ven. Siente el tormento de pensar que no la verá más. No se siente capaz de soportar tal suplicio. La añora por las calles del barrio, donde el desasosiego lo lleva a vagar. En el cielo las nubes dibujan la figura maravillosa del Amor. Se promete venir todos los días, aprovechar cualquier ocasión de verla en mi plaza Barrientos, en la cafetería, en Artes. Llega hasta el parque de Bello, se sienta en un banco. Su actitud es negligente, agobiada y, aun así, expectante. Cree verla surgir de los mismos poros del aire. Una viejita le pide limosna y él mete la mano en el bolsillo, le da todas sus monedas. La viejecilla le dispensa una familiaridad untuosa y conmovedora. A su lado unos hombres se burlan de los alumbrados del parque, los candelabros con que sustituyen las farolas de siempre. No penetran el encanto de la novedad, el espíritu de las fiestas, la ceremonia insólita de los dos que, montados en altos zancos, encienden los candeleros con largas varas en cuyo extremo arde la llama. Son un hombre y una mujer simbólicamente vestidos a la usanza de los ordenanzas medievales: capa, calzas, camisa engolada. Hacen del encendido de las lámparas, situadas en la cima de los postes que encuadran el espacio, todo un ritual. El negro sí capta el profundo sentido de la escena. En su corazón también se agita la fogosa llama.
Tita no llega. Explica: "tuve que llevar a la niña a clase de inglés, su papá nos acompañó, aunque no convivimos somos excelentes amigos".
De esto hace tiempo ya, ese semestre glorioso pasa, y Tita se evapora. Ese semestre es del todo memorable. Es cuando conoce a Tita y Aída, en el curso de Literatura europea. La mamá de Tita vive en Laureles. Tita la visita todos los sábados. Tita tiene una moto y luego la vende. Compra los libros exigidos en los cursos, sabiendo que puede prestarlos en la biblioteca. Le gustan las buenas ediciones. No regatea el precio. Tiene una bicicleta recién desempolvada del sótano, una paletera. Pasea en ella todas las tardes, lleva a su hija atrás.
El ahogo de Tita se diluye en la amistad. Una amistad deliciosa. Aún sueña con ella. Una noche se le aparece en una mansión señorial, ancha y alta construcción con enormes ventanas y motivos heráldicos. Tita y Aída se asoman a los ventanales. Tita trae un vestido de exploradora del desierto, color aceituna; Aída luce un traje despampanante, de actriz cotizada, con boa y todo. El negro yace tendido en la explanada del frente, desnudo, en una postura tan relajada como la de los condenados al suplicio del desmembramiento. Mira a Aída, que le hace guiños para que observe a Tita. Tita y Aída ocupan ventanas distintas. El negro mira a Tita. Tita le enseña una artesanía menuda y frágil, y dice: "es para ti". El negro ignora si Tita le lleva la cerámica o se la arroja. Lo cierto es que la recibe, la aprecia y le agradece. El sueño se intrinca. Tita lo besa bajo la complaciente mirada de Aída. En este sueño Aída y Tita parecen hermanas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario