Rastros de Mónica desperdigados por todas partes, su biografía, la mía, la del negro y tantos otros. Mi biografía, mi memoria, atesoro, atesoro. Es el profesor Elkin Restrepo con quien el negro habla un día de la sublimidad de un rostro. No es el mismo de un día a otro, de un periodo de vacaciones o un paro a otro. Capto esas variaciones, por pequeñas o insignificantes que sean, se jacta Elkin Restrepo. Cuántas de estas modificaciones, sutiles o abruptas, capta el negro en el rostro de Mónica, durante todos los años de coincidencia en mi seno. Un rostro conserva la luz de la niñez a través de los años y los avatares, es la joyita que el negro le suelta a Elkin. "Póngame a bailar este trompito en la uña". El rostro de Mónica que el negro ve por primera vez en el pasillo de vicedecanatura, durante los ajustes de matrícula. En ese rostro irradian todos los rostros, todas las épocas de Mónica: nonato, bebé, niña, doncella, mujer. Un rostro arrebatadoramente hermoso, con el hechizo de la estación lozana. Mónica. ¿Cuántas veces escribe este nombre en su cuaderno? ¿Cuántas veces lo pronuncia en la mente? Pasa el tiempo y busca el rostro de Mónica en la memoria, en los cuadernos, en los sueños. "Ni rastro de ella", se dice al revisar un prontuario. Mónica hace la maestría en el extranjero. Recobra su amistad, su alma de chiquilla, en el umbral de la senilidad. Mejor tarde que nunca, se dice el negro en el balcón del atardecer de la vida. Prescinde de muchos rostros, otros se alejan motu proprio, pero el de Mónica persiste. Ahora inicia el rastreo en otro cuaderno y yo lo sigo. Por lo general, ágil, coloca el título de "la u" en los apuntes de Mónica. O sea que esto me compete. Soy yo quien habla en los anecdotarios del negro. Soy ese constructo hecho de tensión y reposo, como la música; ese bastidor en que se conjugan la trama y la urdimbre. Palabra tras palabra siento que el negro devela mi identidad, así como en la partitura cada signo encarna materia sonora o encarna silencio. Paradigma, Mónica se entrelaza al misterio. Con toda su sabiduría de los rostros, Elkin no ve en la cara buida de Óscar, el sabelotodo, el golpe aleve. Es al regreso de vacaciones, se inicia otro semestre, Elkin dicta un Seminario de literatura universal. La primera sesión presenta el programa, detalla la bibliografía. Todo en orden. De pronto, Óscar lo interpela. "¿Otra vez lo mismo, Elkin? ¿La lectura como placer, el sospechoso paternalismo? No, leamos a la luz de un problema, como aconsejan Nietzsche y Zuleta". Es un niño quien interpela a Elkin, no un león. Óscar se ha vuelto un niño, aunque aparenta ser un felino. Aunque queda patinando un rato, Elkin acepta considerar la sugerencia del estudiante, sobre todo porque otros condiscípulos se suman a la protesta. El negro mantiene su reserva. Óscar cancela el curso. Elkin vuelve por sus andadas y la vida sigue. Elkin siente alivio al notar la ausencia de Óscar. Esas piedras en el zapato son molestas, de verdad. Mejor que estén lejos. En un año o dos Óscar es catedrático y repite los mismos pasos de Elkin. Apenas para reír. De veras que me fastidian estos ácaros, creen tener la sartén por el mango. Cuando en la mayoría de los casos son incapaces de estructurar un programa. Me dejan muy mal plantada estos profesorcillos.
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