miércoles, 15 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 53)

El negro echa cabeza a una anotación del curso de Fonética: "Saussure elimina lo fónico del habla". ¿Cómo puede eliminar lo fónico del habla? Sin duda se trata de una anotación suelta y desmañada, de su parte. Es precisamente esto de lo que discurre Saussure con respecto a la doble articulación del lenguaje, cuando define el signo lingüístico como la unión de un significante y un significado, tomando al primero, al significante, como imagen acústica.

El negro se promete una conversación sobre el caso con el profesor, para salir de dudas. Se cruza en la cafetería con Liz, una condiscípula, y aborda el asunto. Entre las mesas y los circunstantes, cada uno volcado en sus cosas, cada uno un mundo aparte, el negro confía la inquietud a su amiga. Revisan las anotaciones. Dentro del plano de la expresión, el significante pertenece al componente formal: aquí debe estar el meollo. Saussure no considera el componente sustancial, los sonidos reales, solo la imagen acústica, en última instancia, los fonemas. Su estudio es netamente fonológico.

El signo lingüístico es pura forma. En el plano del contenido, también es el componente formal, el concepto, el que cuenta. Liz opina que tal vez la eliminación de lo fónico del habla, se refiere a que existen, además del sonido, otras maneras de lenguaje, los gestos. Por ejemplo, el lenguaje de los sordomudos. El negro disiente. Cuando Saussure teoriza sobre el habla, menciona esa parte del lenguaje con que nos expresamos a diario, la comunidad apta para emplear los signos sonoros. Las variables que se apartan de este ideal deben hacer parte de una ciencia más amplia, la semiología. Liz contemporiza. Le gusta entrar en esta suerte de esgrima dialéctica. Su rostro denota contento. Ni se entera de que apura el café en tres sorbos. El negro también se acoge al concepto de la arbitrariedad del significante para entender por qué Saussure prescinde de lo fónico (sonidos reales, sustancia) en el habla. El significante es arbitrario. El rostro de Liz chispea de puro gozo intelectual: "supongo que los continuadores de Saussure llevarán estos asuntos más allá". Y el negro: "sí, Trubetzkoy y Jakobson replantean su teoría".

Qué momento. La vida bulle en la cafetería. Estudiantes aquí y allá, en las mesas del andén, solitarios, en grupos, en dupla, como Liz y el negro. El mundo es una manifestación del lenguaje o el lenguaje es una manifestación del mundo, se pregunta el negro, perplejo ante la ebullición de lo que Dios llama Verbo, y que Saussure restringe a la operatividad de dos aspectos esenciales, el significante y el significado. Antes de irse (es maestra, coge trabajo al mediodía) Liz lee al negro un capítulo del libro que escribe, una especie de novela autobiográfica, donde relata su historia erótica. Liz denomina depredadores a todos los hombres que, de manera velada o abierta, abusan de las mujeres. En un pasaje los llama "satanes". El negro escucha, entretenido. Pero, a raíz de la discusión que acaban de tener, se pregunta si el acto de escuchar es objetivo. (Recuerda a Jauss y su estética de la percepción). En la recepción del sonido intervienen varios factores, sobre todo las cualidades subjetivas (intensidad, tono, timbre); en consecuencia, el acto de escuchar no es objetivo. Sin embargo, existe el sonido físico, concreto. 

Antes de que Liz se marche, el negro le endilga una reflexión sobre la escritura y la ética: "cuando escribo, tomo conciencia del lenguaje, conciencia de mí mismo, porque soy lenguaje. Escribo y dejo atrás los miedos y los prejuicios. Entiendo que acaso todo prejuicio proviene del miedo, y todo miedo, de la ignorancia. Tomo la ética, mi comportamiento en sociedad, como una derivación del lenguaje. Por el lenguaje ajusto mis actos a la eufonía. Mis actos de habla son una expresión del equilibrio de mi espíritu. Es evidente. Escribo y manifiesto una potencia. Escribir es una toma de conciencia. Al escribir ejerzo mi yo más auténtico, mi voluntad más enérgica. Escribir es autodeterminación, libertad".

Cuando Liz se marcha, el negro queda pensativo. Pocas veces se permite una charla tan amena, menos sobre un asunto distinto a la literatura. Vengo con Liz (uy, es alta esta amiga) hasta la salida de Barranquilla y me devuelvo a estar otro rato con el negro. Debo repartirme entre toda la población universitaria, entre todas estas vidas. Soy una madre que abraza. El negro continúa doblado sobre sus apuntes de Fonética y yo discurro en otro día de la vida, entre la esperanza y el pesimismo, los contrarios de Heráclito, las oposiciones acústicas de Jakobson y Halle: estridente-mate, denso-difuso. La voz de Liz tiende a la estridencia; su personalidad, a lo denso. ¿Y el negro? Su voz es mate, su personalidad, difusa.      

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