lunes, 6 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 28)

Cualquier día (es ya un egresado, hace mucho) el negro desciende la escalera de la biblioteca. Viene del Archivo (¡buhardillas!), de la sala de periódicos. Pasa por lo que fue la Sala de audiovisuales, cuarto piso, y se dice: "recuerdo que un profesor de los primeros semestres, acaso uno de Psicología o de Sociología, nos mostró una película: La guerra del fuego". 

Por estos días el negro lee el libro de Berger, Tras las huellas de Eva, y recuerda la película. ¿Cómo es que se llama el empleado a cargo de la Sala de audiovisuales? Los primeros hombres tenían figuras simiescas, se comunicaban con ruidos guturales, casi con rugidos, y con gestos. En la escena del bar en La guerra de las galaxias (este asunto me encanta), el androide camina como debieron hacerlo nuestros antepasados: los brazos envarados y el paso corto. Quizás fue el profesor de Español, o uno de Lingüística, el que puso la película, para estudiar la evolución del lenguaje, un Rogelio Franco, un Carlos García, un Leonardo Arango. Aunque estas dinámicas superaban la imaginación del último, quien no se separaba de la bolsa de tizas, del tablero y de la exposición magisterial. Tan diferente a su homónimo toscano, que varios siglos atrás, nos desafiaba con su versátil creatividad.  

El recuerdo de la película, por asociación, emplaza al negro en el aula de Audiovisuales. Por lo general, es allí donde los profesores presentan las películas. El encargado de este espacio es un hombre amanerado en su andar, en la voz, en los gestos. ¿Cuál es su nombre? Talla mediana, piel clara, figura trabajada por el deporte. A menudo lo veo en la cancha de tenis. Suele cargar un maletín con las raquetas, etcétera. Bastante sociable, se permite charlas con los usuarios, a quienes brinda un trato familiar y cortés. ¿Didier? ¿Fabián? ¿Norbey? ¿Wiston? ¿Henry? ¿Helbert? ¿Dayron? ¿Wilmar? ¿Arvey?  Creo que es Arvey.           

Era adamado en el lenguaje y chabacano en el lenguaje. En los cuadernos del negro no hay apuntes sobre él, a pesar de que era un empleado al que trataba con regularidad, por el préstamo de materiales audiovisuales. Alguna anotación debe tener el negro por ahí. No volví a verlo. Quizás lo despidieron. Salida de escena, a ejercer el rol de humano torpe en otros lugares. Porque no es de otro modo. El ser humano todavía está en pañales. Al presentarse ante los otros con su habitual prepotencia, le da lidia saludar, y mucho menos da las gracias cuando conviene. Hasta el más adelantado en la cortesía no se salva de esta deficiencia. Los antepasados tienen mejores maneras, hasta cuando abaten su maza sobre el cráneo del semejante y se culean a la hembra que les da chico inclinándose a beber en un remanso. Estas tretas de ellas están en los genes. Es igual que la muchacha que viene a la cafetería y pide un tinto y se sienta a leer un libro de Cortazar a unos metros del muchacho que escribe unas notas en su cuaderno. Ahí están el remanso, el agua y la acción de inclinarse a beber.  Lo demás es trabajo del macho. "Cortazar, ¿los cuentos, una novela? ¿Rayuela? Ah." 

Regulación presupuestal, la medida administrativa con que liquidan el servicio de audiovisuales, dejando desempleado a ¿Arvey? Trasladan el préstamo de películas al sótano de la biblioteca, al despacho de la directora, a quien le asignan esta función adicional. Con desmedro para los usuarios porque, contario al otro, esta es una mujercita displicente, a la que le da lidia saludar y que se muestra formal con quien quiere, con su pan se lo coma. El despiste es ese, dicen ahorrar con la eliminación de un rubro mientras inventan otro en que gastan a manos llenas. 

La guerra del fuego, de Jean Jacques Annaud, está clasificada dentro del género de la Psicología social. "Hace ochenta mil años...", así es como empieza, La guerre de feu. Caminan, los antepasados, como el androide antedicho. Viven en cavernas (oh, Platón), rugen más que hablan; el fuego, su conservación, es vital. Viven en horda, se pelean entre los diferentes grupos, unos más simiescos que otros. La lucha es constante ("lucha y piensa"). Contra el frío, contra el entorno amenazante, contra los pantanos, contra el bosque, contra las enfermedades, contra las hordas enemigas, contra los lobos. Bello ese pasaje de Saramago en El viaje del elefante, cuando la partida que traslada a Salomón (es el nombre del elefante, luego se llamará Solimán) de Portugal a Valladolid, donde se encuentra el regente austriaco, atraviesa en su ruta una región plagada de lobos. El merodeo de los lobos, esa parte es hermosa. 

Como un lobo se siente el negro a veces (también yo), como un ser solitario, que pocas veces se reúne con la manada, excepto, quizás, cuando va a cazar, que se empelicula con la luna, aúlla a las alturas y, certero, desgarra a su presa. 

La horda protagonista del filme tiene una piel menos burda y peluda que sus rivales. Es la horda que trae el testimonio, el símbolo, el fuego.  

       

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