Una conferencia sobre el Big Bang el martes a las 6,30 de la tarde en el auditorio de La Piloto: me gustaría acompañar al negro. El otro hermano del negro (no Smith, no Cature, Sony, eso es) ama, como yo, mirar el cielo, descubrir objetos estelares. Ese auditorio de La Piloto, donde, otra tarde, el negro asiste a una charla de Dora Tamayo sobre El Quijote. La catedrática se enreda toda, acaso no está segura, le asusta la concurrencia. Seminario de Poesía Española, es el curso que Dora orienta, donde el negro retoma su pasión por Quevedo, que le atrapa en el bachillerato. Quevedo, Boscán, Garcilaso, todos esos astros. Una nota escrita en grafito en el margen de la agenda recuerda al negro la cita: martes a las 6,30. Dialogar con estas notas al margen, se dice, y, pasando las hojas, comienza un rastreo.
Ann Drunyan, esposa de Carl Sagan. El año de los muertos un asteroide es bautizado con su nombre: el asteroide Drunyan. El profesor de francés de La Salle no olvida ese año, muerde las palabras al recordarlo. Estudiantes llevan armas al colegio, piden al profesor que se las guarde. Amenazan docentes para que les suban la nota. Ponen por el suelo la imagen del plantel. San Juan Bautista de La Salle debe retorcerse en la tumba. El profesor de francés vive unos años en Francia, visita otros países de Europa, trabaja, mejora el idioma. Una amiguita francesa le envía la revista Selecciones. Un día Marcos lo encuentra en la cafetería y pide a su profesor que lea algún aparte de la publicación y así disfrutar de su entonación gala. Este lee la sección de chistes. Con respecto al año de los muertos y a los estudiantes pertenecientes a bandas, el profesor opina que la mala semilla hay que quemarla. Una mañana, al llegar a la sala de profesores, exclama: "estoy impresionado, el chofer de la buseta donde venía mató a una ancianita. ¡Choferes! Pura basura. Deberían quemarlos con carro y todo. Tuve ganas de insultarlo, pero no vale la pena, ¿cierto? Son basura". Al salir de La Salle y terminar la universidad, el profesor se vincula con el gobierno, adscrito a un plantel de un barrio popular. A menudo su rostro parecido a Sadam Husein se ve gritando consignas en las manifestaciones. Una vez hasta lo entrevistan en una emisión televisiva regional. El profesor de francés, como millares de personas parecidas a él, se resigna a pasar el resto de la vida en la modesta oscuridad de la docencia. Mientras, el Voyager se adentra en el Universo, y si nada lo detiene, viajará por siempre. "Debe ser que se abastece de manera automática", piensa el negro. Ann Drunyan escoge la música y las imágenes del disco que el Voyager lleva como testimonio.
Atea, porque la ciencia lo es, Ann, con respecto a la muerte de su esposo, afirma: "no se refugió en ilusiones". Sabe que nunca más volverán a verse ni a reunirse. Para ellos el reino del cielo es otra cosa, como lo es para mis estudiantes de astronomía. Hay gente que imagina a Dios como un señor blanco y con barba.
Es otra chapa que me endilgan, que soy un almácigo de incrédulos. Sin embargo, ¿no es Teología el primer programa que ofrezco? Son otros tiempos. El monje ya no me arropa con su hábito, ni yo le rasco las pulgas. Acojo cuanto llega: soy plural.
"Cometa", ese libro escrito a cuatro manos por Ann Drunyan y Carl Sagan. Con el negro, veo casi todos los capítulos de la serie Cosmos.
Clara, la hermana de Santiago Restrepo, tiene un novio, un petimetre al que apoda Figurín, cuyo nombre de pila es Andrés Pérez. Más allá de la trama, que a veces languidece, el negro se contenta con las referencias artísticas y literarias que la lectura aporta: Marta Lucía Villafañe, Gloria Inés Castro, La tía Julia y el escribidor, Tres tristes tigres.
Mónica vuelve y juega: es la novia de Santiago. Pero Soledad, la auxiliar de odontología, alista el abordaje. Mónica por aquí y por allá, en la ficción y en la realidad. Cuando hable con ella le diré del Botón azul, el cuento de Natalia Pikouch. Aunque no veo que la literatura rusa sea el fuerte de Mónica. Ella prefiere a Felisberto Hernández, a Adolfo Bioy Casares, a Samanta Schweblin. No creo que lea a Gogol. Argentinos, escritores rioplatenses.
Para mi gusto (una es ególatra) y para el del negro, las escenas mejores de la novela Golpes de ala, son las que abordan la vida universitaria: las clases, el parcial, los libros, el cine. El cuadro en la cafetería, con Alberto, ahí me veo pintada. Dos estudiantes echados en una manga, tomando gaseosa, comiendo papitas, hablando de mujeres.
En cuanto al cine (la pasión de Tita, Aída y Judith), Alberto invita a Santiago y este deniega. Debe ir al centro a poner un telegrama a la abuela. Antes de salir de la universidad entra al baño a orinar. Está pilas a no enganchar el cuerito del prepucio con la cremallera, algo muy doloroso, que todos los hombres experimentan alguna vez.
Con que lea a Vargas Llosa y a Cabrera Infante ya Santiago es absuelto en el tribunal del negro. Es una familia sin papá, donde la mamá lo es todo para Santiago y Clara. Se llevan bien, viven en armonía (Figurín amenaza ser la manzana de la discordia), se quieren. La mamá tiene una miscelánea (Miscelánea París) en un garaje al frente de su vivienda. Es una señora que toma tinto y fuma parejo con Santiago. Una madre que consiente a los hijos.
Ah, y la cereza del pastel, la joya de la corona: que este olvidado y sencillo libro traiga entre sus hojas cloróticas una referencia de Rimbaud, que lleva a Tita.
Entonces tenemos al negro leyendo Promontorio y Escenas. No tarda en hacerse con una versión digital de Una temporada en el infierno y también le mete el diente. (Rimbaud, eres negro).
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