sábado, 18 de octubre de 2025

monólogo de la u (novela, cap. 58)

Mariamulata, María de Milton Nascimento. Monologar, hablar, entre el frangollo, decir:  

"Me llamo Mónica". 

"Y yo, Marcos". 

"Mucho gusto, ¿quieres probar mi café? ¿No? ¿Ya tomaste?" 

"Sí". 

Esta es una de las posibles ocasiones en que Mónica y el negro se conocen. La del curso de Fonética y la del pasillo de vicedecanatura (en el tiempo de ajustes de matrícula) quieren prevalecer. Pero a mí me encanta esta en que el negro, metido de lleno en su carácter, deniega la oferta de Mónica.

Vuelvo y digo, ¿quién es esta Mónica entre tantas posibles Mónicas? Así como Mónica es una estudiante de Idiomas, también puede ser esa señora que viene al gimnasio de vez en cuando, que saluda a este y aquel y que, al quedarse pensativa, tiene cara de chiflada. Tantas Mónicas. 

Mónica es casi "muñeca", es casi "comunica", es casi "Ulrica".

Mariamulata es ese pájaro (una mariamulata es un pájaro, ¿y una paloma qué es?) que el negro ve aquel amanecer de Arboletes, cuando se va a la playa con su cuaderno a escribir con el resuello del mar en la cara. Mariamulata también es la escultura de Grau en la explanada junto al 16. El negro me cuenta que en el atrio de la iglesia de La pintada (bañada por el Cauca) hay una réplica de la escultura de Grau: Mariamulata.

María es Lucía en Nueva York viendo el concierto de Milton Nascimento en el Madison Square Garden: El jardín de la cuadra de Madison. James Madison. Cuarto presidente de los Estados Unidos (1809-1817). Una cuadra completa para el viejo James. La cuadra, ese libro de Gilmer Mesa tan bien vendido. Lucía estudia Idiomas. "Mucho cuidado con quién te juntas" dice Aída un día al negro al verlo venir por el museo con Lucía. Gilmer Mesa con su cuadra (como el viejo Madison). ¿Ya es presidente de Colombia? ¿Qué número? El primero es Bolívar. 

¿Por qué esa antipatía de Aída con Lucía? Lucía vive cuatro años en Estados Unidos. Es vegetariana. Ama a Queen y, por supuesto, a Milton Nascimento. "La peor crueldad del género humano", dice con respecto a la dieta carnívora. Es cierto, piensa el negro, sin que por esto se afilie al vegetarianismo. Se siente muy mal cuando los furgones que transportan alimentos se detienen frente a las carnicerías, y los operarios de ensangrentados uniformes cargan en hombros cuartos enteros de cerdos sacrificados. Sí, es la peor crueldad. También cuando en la calle (precedidos por la delatora vaharada que obliga a respigar a todo el mundo) ve pasar los camiones de las granjas porcícolas con sus rosada y múltiple carga de lechones. La peor crueldad. Y cuando, al almorzar, engulle jugosas tajadas de carne. La peor crueldad. En estas ocasiones, piensa en Pitágoras y en Bernard Shaw y, por supuesto, en Lucía. ¿Cuando será, al fin, consecuente? Un día decide ser vegetariano. Claudica antes de un mes. 

El negro encaja en la frase byroniana: "mi corazón se posa en la primera percha que encuentra". Lucía le gusta. Esa tarde en que pasean por los alrededores del museo (¿buscando a Lucy?) cambian teléfono. "Doy culo, Patricia, llámame", "la universidad tiene Sida", ¿qué tiene que ver Lucía con todo esto? ¿Es Lucía quien escribe esas pintadas en el baño? Lógico, no va a estampar su nombre real. Patricia es el nombre de combate.

Esa antipatía de Aída por Lucía, como si la conociera de sobra, como si le supiera las andadas. Dos periodos para el viejo Madison, ¿cuántos para Gilmer? Garfield, el reventado a tiros por Guiteau, no completa ni uno. Bolívar escapa de milagro, salta por el ventanal, se esconde bajo un puente, huye por el Magdalena.

Con Lucía no llega a nada, cuando más una llamada (Luis diría "una mamada, un guaguis", es lo que le encanta). Le presta a Lucía el libro de los cuentos de García Márquez y casi no se lo devuelve. (Tita y Una temporada en el infierno. ¿Es esto un pleito? ¿Un embozado pleito contra Tita a través de doscientas páginas? Pilas, negro. También a ti hay quien te traiga al banquillo.) Amarrarla con un libro, muy kafkiano. De nada te vale el libro, negro. Tu número enmohece en la libreta de teléfonos de Lucía. Esa vez en que ella sale del Camilo tras ver un vídeo de Queen y se encuentran en Troncos. La tratas con malignidad, sin necesidad. 

"Cuando te conocí me deslumbraste, pero luego el deslumbramiento pasó". 

"La primera impresión es la que vale", responde ella, traviesa, con ese desvalimiento en el rostro, como si estuviera enferma, con un mal que la roe. 

Con esta réplica vuelve a ganarse su corazón. Sí, la primera impresión es la que vale.           

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