No imagino que el negro pueda abandonarme, desertar de mis filas, cambiarse, por ejemplo, a la Nacional o al Politécnico. Él tampoco concibe un acto así, de alta traición. Ni siquiera para disfrutar de un intercambio, para tomar otro aire. Aquella vez que se fue a Bogotá un poco a la bartola, estuvo en la Nacional, visitando, conociendo. Allí estudió ese otro negro, Gaitán. En los días en que Kafka pelaba el guineo, Gaitán adelanta sus estudios de Derecho y Neruda prepara Residencia en la tierra. Gaitán también estudia en mi homóloga, Sapienza, en Roma, Italia. Esta hermana italiana es bastante añeja, setecientos veintidós años. Fue fundada en 1303 por orden de Bonifacio VIII. Y yo me siento vieja con mis doscientos veintidós. Somos provectas, al estilo de la bíblica personalia, cual Matusalén, que vivió 969 años, Lamec, que vivió setecientos setenta y siete; a la edad de quinientos años, Noé engendró a Sem, Cam y Jafet. Moisés tuvo una extensión más humana, la peló a los ciento veinte años. Gente longeva, ¿pero elástica? Esto no lo tengo que decir yo, sería demasiada jactancia, que opine el vulgo.
En la Nacional, en aquel viaje relámpago a Bogotá (estuvo unas dieciocho horas), mi negro se sorprende de que el auditorio de mi homóloga capitalina lleve el nombre de un poeta paisa, León de Greiff, el de la boina, las antiparras, la pipa y el aguardiente; mientras que mi auditorio rinde homenaje a un bogotano, al cura que tomó el fusil, Camilo Torres. Ironías históricas.
Llega a la terminal a las seis de la mañana, va derecho a los baños públicos, donde orina y se lava la cara. En la cafetería se hace servir un café y tiene ocasión de admirar, en la empleada, (cuando le pregunta: "¿algo más?") el típico registro bogotano, rápido y cortante. Ya en el centro, averigua cómo se llega a la Nacional. El día es claro y apacible. La ciudad aparece ante sus ojos con un matiz de irrealidad y desmesura. Qué apabullante. No en vano es la primera vez que viene. Se embarca en una buseta, llega al campus y, urgido por las tripas, se mete a un baño. Como este negro se mantiene en las nubes, no se percata de que entra al baño de nosotras. Unas muchachas llegan y, al descubrirlo, lanzan gritos de perplejidad y susto, huyendo en medio de un cacaraqueo exagerado. Él lamenta su torpeza, pero ¿qué hacer? Pérfido, cachazudo, evacúa el vientre. Entonces sí sale, aliviado, y también temiendo que las chicas alerten a sus compañeros y vengan a pedirle cuentas. Una golpiza, no, no quiere eso. No quiere vivir un Bogotazo con decenas de años de distancia. Qué de linchamientos y destrozos hubo ese día por el asesinato del negro. Recuperado el juicio, se traslada al baño de los hombres y se ducha. Como no tiene toalla, se está desnudo un rato, esperando que el agua escurra, un secado atmosférico. Cosa ardua, en un clima tan frío. Al fin se pone la ropa, que siente pringosa, trasudada, áspera. Mejor dicho, sucia, desaseada. Luego se desplaza hasta el museo, donde el sol bendice los muros. Qué rico. Se sienta y lee María un rato. Permanece otros instantes por allí, buscando migajas de sol en los paseos. Ve las instalaciones deterioradas por el tiempo y las jornadas de agitación. Es malo comparar, eso dicen, pero al ver la estampa deslucida de la Nacional, el negro recuerda mi campus pintoresco, y siente nostalgia. Sin embargo, experimenta esa sensación de promisoria fuerza que brota de la juventud bogotana discurriendo por los tránsitos. Como un cálido rayo de sol siente allí, vivos, metamorfoseados en lozanía de muchachos, a Gaitán y a Camilo Torres. Se aparta a un teatro al aire libre y afiligrana unos versos: "Bogotá entre tumbo y tumbo..."
Al abandonar la universidad, se cuela en un negocio del frente y desayuna, frugal. No tiene humor para dárselas de turista, pero sí quiere conocer la plaza Bolívar, escenario de tantos hechos históricos. Gaitán es abogado, defiende las causas de los pobres. El negro se promete ahondar más en la vida de este otro pardo, adalid del pueblo. Cuánto jugo le sacaría a su estada en mi homóloga de Roma, en Sapienza. Cómo aquilataría su mente en la ciudad Eterna, la ciudad del Derecho por excelencia, donde Julio César cae a manos de Marco Junio Bruto. Teme los idus de marzo, negro. Ah, qué cosas, las vidas, los hechos que forjan una leyenda, las inconsistencias y fábulas que se levantan en torno a un personaje. Un busto de Gaitán señorea una placita de Venecia, modesto pueblo antioqueño. Un conciso curriculum vitae está impreso en la placa, 1903-1948, etcétera. Pagado de su prurito de estudioso, y a falta de un libro con la biografía, el negro consulta Google, quiere averiguar más datos de Gaitán. Lo primero que encuentra: 1898-1948. ¿Quién cometió el yerro? ¿Los ediles que irguieron el busto o Google? Para salir de dudas, el negro compulsa un diccionario autorizado. Google es el del horrendo dislate. El honor de los ediles queda a salvo. Lo bello es que son esos mismos ediles los que proponen embellecer el pueblito con unos murales donde se enaltecen los hombres y sus actos en beneficio de la estirpe. En una pared frente al coliseo, un inmenso dibujo a color muestra a león de Greiff con su boina, sus gafas y su pluma; en el texto acompañante se lee: "Esta rosa fue testigo de ese, que si amor no fue, ninguno otro amor sería."
Lo verriondo es que el negro ya pensaba cuestionar a los ediles. Pero ahora cuestiona, no sin razón, a Google. Ojo con Google. No os fieis de Google. Menos de la Inteligencia Artificial. No puede haber un yerro tan craso en la fecha de nacimiento de un personaje como Gaitán. Un hombre que camina por los mismos lugares donde transitó el Calvo adúltero, pero también Mussolini. Y cuántos otros. Rafael, Miguel Ángel, etcétera. Este negro con su cuaderno y su poema a Bogotá, además de María en su mochila, será buen embajador mío en la capital. No digo nada de su presentación personal, pues está algo deslucido el muchacho, como los muros de la Nacional. Sí, ha vivido días difíciles este negro. No quiero parar, pero cuando, forzosamente paro, la vida de mi negro sufre tal desbarajuste que temo por su cordura.
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