Si una paloma es un pájaro o no, esto no queda claro. La mariamulata sí lo es, y ella misma me lo recuerda a diario desde la escultura de Grau próxima al bloque administrativo. La verdad es que una paloma no encaja en la definición pedestre que cualquiera se hace de un pájaro. Una paloma es otra cosa, como lo es una pintura de Van Gogh, un Café en noche estrellada. Me pregunto ahora si el Pájaro de Botero, la escultura del parque San Antonio, se adapta a la definición vulgar que cualquiera hace de un pájaro a secas. Hay cosas que no encajan. El que la mariamulata encaje no deja de ser sospechoso. Pero la que menos cuadra aquí es la paloma; extraño, siendo que tiene antecedentes bíblicos. O es tal vez por esto. Algo pasa con la paloma. Sí, hay una muchacha de Idiomas que se llama Paloma, el negro me hace caer en cuenta; una que suele reunirse en Troncos con el profesor William y su grupo de estudiosos de lingüística. Y está Paloma San Basilio, lógicamente.
Cada que quiere pelea con su hija Mariana, el negro no tiene más que hablar bien de las palomas. En seguida la muchacha riposta, furiosa, "son ratas del aire". Entonces yo estoy infestada de ratas, como la bodega de un barco o el acopio de la basura de la vecindad. No, mi pelea está en pie. Una paloma es una paloma, realidad sui generis. Y las albergo sin tontas prevenciones en mis plazas y en mis tejados. Y el negro se adhiere a mi pensar. Un simple pájaro pulido, ahusado, sin estigma, no es gran cosa. Lo que cuenta es el estigma, el señalamiento, el dolor. También yo sufro estigmas. A mis graduandos hay partes donde no se les mira bien. Sobre todo cuando van a esas homólogas elitizadas y engreídas. El estigma de la paloma es mi estigma. Por eso aplaudo a ese hombre al que el negro apoda El loco de la biblioteca, porque alimenta a las palomas. Trae un pan y lo hace migas y las palomas acuden en bandada. Con su saco con faldones y sus botines recios es el tipo más enigmático que pueda verse. Ordinariamente, anda de la biblioteca a los bloques Derecho y Comunicación. Debe ser un filósofo con el caletre descompuesto; siempre se lo ve solo y como en cumplimiento de algún trabajo rutinario. Jamás lo he visto con libros o maletín. Algunos lo apodan Maleticas. Sí, es bastante cargado de espaldas. A veces se detiene en la explanada sur de la biblioteca y empieza a balancear el cuerpo sobre las piernas, a mirar a un lado y otro, moviéndose luego, como si viniera a la cafetería; pero, de pronto, gira y se va por el lado de Química. Va dejándose caer la chaqueta por la espalda, como si fuera a quitársela, o como aliviándose del calor.
Tipos excéntricos no faltan aquí. El negro postula varios, a la anciana que estudia Idiomas, por ejemplo. Ochenta años. Un misterio. El negro suele verla en Hello Kitty o en Troncos. De anciana tiene todo, rostro, pasos, fisonomía. Un día el negro la descubre en la cafetería y se acerca con la intención de escuchar qué habla. Pero ella no modula, solo compra un pastel. Así que el negro se conforma con verla comer. Arrugada, desdentada, despacio, lame las migas del pastel. ¿Cómo será su lengua? Este negro piensa las cosas más absurdas. Para qué quiere saber cómo es la lengua de esta vieja. Se pregunta dónde vive, con quién. Ochenta años y estudiando Idiomas, u ochenta idiomas y estudiando años en mi cátedra, je. ¿Qué es una cátedra? Un mueble, un asiento. Por extensión también significa lección. ¿Y ex cátedra? Vaya.
Otra postulación a excéntrico: John Wilson, el estudiante de bibliotecología, que redacta un tratado masturbatorio, en el que explica la circuncisión manual. Volarse el prepucio a punta de pajazos concienzudos, diarios. Vaya salvajismo. Aprovecho para redundar en un asunto de marras, que puede generar preguntas. Así suceda en la incoherencia de los sueños, la monja con prepucio es una imagen que amerita explicación. A ver cómo se defiende el negro. Bien, el negro recurre al baúl de los personajes burdos, a Alirio, su amigo ventero del parque Bolívar. Cada que ve a un travesti, Alirio, dice: "una mujer con antena". ¿Quién quita, pues, que bajo el hábito de una monja haya una antena? Imagina un baile de disfraces de locas. No falta la que se disfraza de monja. La imagen es esta: la monja llega al orinal con el propósito de ver el rostro de su verdugo, saca la antena y echa atrás el prepucio, en el gesto habitual del varón que despierta a ese muchacho dormilón, más arrugado que la anciana de ochenta años.
El negro no se exime de excentricidad. Solo que sus excentricidades las oficia en secreto. No es un condenado exhibicionista. Es sobre todo en su pensamiento donde suele descentrarse. Pero esto, hasta cierto punto, es audacia. Su postulado es que un escritor necesita audacia. Luis es bueno, pero le falta atreverse. Se queda toda la vida leyendo a otros (está bien, Proust es un maestro, nadie lo niega) y nunca escribe la novela para la que está llamado. Cuartas es audaz, al menos es consecuente, escribe hasta morir. Luis tiene miedo a su enorme capacidad, mantiene embridado a ese brioso caballo. Quién lo diría, hasta Mario Escobar, al que Luis le opone tantas reservas, tiene audacia. Cuando escribe de viajes en el tiempo (el fantasma de la india que invita al colono a cruzar la barrera de la realidad, a sumergirse en el sueño) y de transmigración, se sale de lo trillado. El solo hecho de intentar una novela ya es arrojo.
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