Cuando una muela hay que sacarla, hay que sacarla, pero el doctor Ruíz hace cuanto puede por salvar la pieza. El hecho es que cada que el negro eche una ojeada al revés del carné y vea el número de su historia odontológica, no sienta rencor por mis odontólogos, sino que, por el contrario, venga a abrazarlo una oleada de gratitud. Son tales los tiempos que corren que no es probable que el esqueleto fosilizado del negro sea utilizado por los paleoantropólogos como clave para desentrañar le evolución de la especie. Si así fuera, hay que abonarle que se esfuerza por conservar la mayoría de sus dientes, que solo en la encía superior, en la parte trasera, falta una que otra muela, lo que no afecta demasiado la estética. Hay una que otra corona por ahí, pero esto no añade ni quita.
Si hubiese que prestar atención a los sueños, el negro no tendría un solo diente. Como con ese personaje de Mario Escobar en la novela Toda esa gente, (antecesor de Alaín) el desastre es total. Más de una ocasión el negro queda con las encías pelonas. El horror le hace despertar y comprueba, aliviado, que es un sueño, que allí están, intactos, sus dientes. El personaje de Mario (¿Cuatro perros, La ñata?) no puede contar la misma historia. Pierde los suyos al probar una mata del monte. La Ñata, abuela de Cuatro perros, es yerbatera, sana con plantas. No recuerdo bien el episodio. Entiendo que La Ñata sale al descampado y, entre la vegetación, busca las especies útiles a sus curaciones, algunas de las cuales debe degustar.
Es un terror arraigado en lo más profundo de la conciencia humana: la pérdida de los dientes. De sobra se sabe que no tiene que ver exclusivamente con la estética. De algún modo hay que triturar los alimentos.
Sea como sea, aquí está el negro, en la salita de espera del servicio odontológico. Abajo, en el primer piso, el ruido de las pelotas de pimpón. Espera que lo llamen. La ansiedad le afloja las tripas. La cita es con el doctor Ruíz, quien habla de exodoncia. Que la dentadura quede diezmada preocupa al negro, una muela ausente chilla. Ojalá que el doctor Ruíz le anuncie que no hay necesidad de extraer la pieza. Momento extraordinario. Es como aguardar el llamado de lo fatal, esa salita de espera. No puede echarse atrás, bajarse del sillón al menor descuido del dentista y salir corriendo. Ya lo hace una vez, pero entonces es un muchacho. Hoy es todo un universitario.
La próxima cita, el doctor Ruiz trabaja en el conducto. Pone en ese médico toda su confianza. Una vez concluida la operación, el dentista le da la espalda, va al lavamanos y tal vez ya ignora al paciente. En cambio al negro lo colma un sentimiento de gratitud mientras baja del sillón, agarra sus libros y su bolso y sale del gabinete. Expresa una despedida efusiva a ese hombrón canoso y un poco distraído que hurga en su boca con esa frescura. ¿Se percata el doctor de lo contento que está el paciente? Baja la escalera tarareando una canción. No quiere perder esa pieza de la que el odontólogo le hace un diagnóstico adverso. Hoy le da motivos de esperanza. Se llama Guillermo Ruíz. Él le llama don Guillermo, con humildad.
La auxiliar es una muchacha negra. ¿Simpática? Digamos que sí. También tiene unas caderas y unas piernas apetecibles. No es que sea morbosa, pero ¿se deja seducir del doctor Ruíz o de algún otro de estos médicos tan campechanos? Se dice el negro: lo cierto es que esta mujer se ve sabrosa bajo la bata blanca. Es joven, ¿será ardiente? Tal vez sea sugestión, pero me parece advertir en sus ojos signos de simpatía hacia mí. Hoy nada más me sorprende con un inusitado favor. Debo solicitar otra cita; el doctor Ruíz aún no acaba con el tratamiento. Su agenda está copada. Solo en quince días se reabre el calendario de citas, un infierno, filas interminables. La auxiliar me explica su plan: se queda con mi tarjeta y arregla el asunto sin que yo tenga que fastidiarme haciendo fila. ¿Qué sucede? ¿Cómo debo interpretar su gesto?
Recuerdo la novela Golpes de ala, de Luis Jaime Agudelo: el protagonista, un universitario, Santiago Restrepo, conquista a la auxiliar de la dentistería del barrio, una muchacha, también universitaria, llamada Soledad.
¿Quién no sabe lo que es un dolor de muela? "De pronto me la arreglan, o me la sacan, o me dicen qué tomo; si está abierta, alguna cosa me hacen", piensa Santiago camino a la dentistería.
La imagen de la carátula del libro, un grabado de Gloria Inés Castro Agudelo, muestra un desnudo femenino sin cabeza con una mochila roja de rayas negras que pende del hombro. La mochila, signo del universitario, de las ilusiones y el desparpajo de la juventud. La mujer, de opulentos pechos con pezones del mismo rojo de la mochila, da la idea de abandonar una habitación. La universitaria que, más allá de los sermones y los tapujos, asume la responsabilidad de su sexualidad. De este particular hablan algo Mónica y el negro un día. En cuanto a mí, en este sentido, tengo fama de estimular la liberación femenina. Las mamás preocupadas de la honra de sus hijas no tienen buen concepto de la universidad. "Se vuelven muy libres", dicen. En sus labios esta expresión adopta una connotación sexual.
No hay comentarios:
Publicar un comentario