viernes, 10 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 40)

Asistir al surgimiento, al desarrollo, a la plenitud, a la agonía y la muerte de tantas vidas; sentirme una estrella blanca, luego una estrella azul y, después, una estrella amarilla, una estrella roja; venir de una supergigante a una enana, incluidas las etapas intermedias. La vida del Universo, la vida de la estrella, la vida de un individuo. Tratas con individuos, siempre con individuos, sea una estrella, sea un hombre, sea un perro: individuos. El cometa Halley tanto como el asesinato de Trotski, Venus tanto como el hundimiento del Titanic: individuos. No es otro trato el que me doy a mí misma: un organismo, en términos biológicos. Ese muchacho de Ingeniería que asiste al taller de Mario Escobar, desaparece luego de una marcha, a los días vuelve con señales de tortura, hecho un zombi. Trata los hechos como individuos, como organismos. Y, aunque a veces lo parezca, nunca con la gelidez de una ecuación matemática o una variable científica. Fernando Barrientos, por ejemplo, un individuo que estudia Economía; el tití gris, el nogal de Mónica (en Troncos, al pie de la bocatoma, camino al bloque 11), la antena parabólica, el códice maya, y la frase que el negro escribe en derechura, persiguiendo un sentido a través de tantas cosas, de tantas vidas que, simplemente, nacen, crecen (¿se reproducen?) y mueren. Mandato, muere, Kafka. Por ser tan Kafka, por eso. En derechura o como un bustrofedón, sentir que el negro abre mis gavetas escondidas, que me imagina mariposa lo mismo que megalito. El proyecto de ingeniero (y escritor) se trueca en bagazo, en sueño trozado. Como de un paisaje de ilusión, la imagen de los alcaparros viene desde Puerto silencio, la novela de Soto Aparicio. ¿Y si el empleado de Audiovisuales no se llama Ervin, sino César o Roberto? El veneno que contiene la menor cosa de la realidad, y no se es un Mitrídates para neutralizarlo ni un chamán para salvar con un rezo. Preguntar por qué la vida cierra las puertas a Smith, el hermano del negro, trazando una fiera contramarcha a cualquier posibilidad. 

Si Smith no se matricula conmigo, son tantas vidas, sin embargo, las que veo pasar. Veo pasar a la muchacha que pinta y que desbarra de su destino de maestra; veo pasar a la maestra feliz con su oficio, una mujer que jamás cogerá un pincel; veo pasar al futuro docente invencible (casi al mismo nivel de invencibilidad de Elvia y Marina) en un colegio, que gasta la vida entera allí, sin darse la oportunidad de un respiro o un cambio de plantel, y que evita hacerlo, precisamente, por la convicción de que es insustituible, pobre tonto. Veo pasar a Hunahpú e Ixbalanqué en la figura de Terry, el estudiante cojo; en Luis  veo pasar a la pletórica y volcánica Urabá, lo mismo que un poema de Samuel Beckett, Puelae (muchacha); veo pasar a Alcántara y su libro Sombras (un libro también es un individuo, una estrella blanca o roja, depende de su temperatura); individuos; veo pasar a ese muchacho de Marinilla, ensimismado y noble, Gildardo, tímido con sus escritos, delicado con las mujeres, que escribió un bello cuento, Una sombra en la penumbra; veo pasar a Alma preguntando por el profesor de Morfosintaxis, el que se la come; veo pasar a Beatriz, la de Bello (porque hay otra de Itagüí) la amiga de Méndez, que le dedica un homenaje póstumo en el museo, en la dinámica semanal del Espacio poético, distribuyendo su cuento El sueño perdido en hojas de mimeógrafo; veo a Rafael Alberti poetizando un instante en las vidas de Beatriz y del negro (un viernes en que se encuentran en un pasillo) a través de Las canciones y baladas del Paraná; veo pasar a Méndez, aunque tal vez sea solo su fantasma; veo pasar a Osorio con su cámara de fotógrafo de eventos, rumbo a Villa Hermosa, donde entregará un trabajo; veo pasar a esa muchacha que nunca leerá Ulises pero que la pasa rebien con su sobrino de once años; veo pasar a Roberto, miembro del comité de redacción de la Luciérnaga, muchacho de manso aspecto en el que acaso, quien sabe, dormita la furia de un Lutero y sus tesis demoledoras; veo pasar a ese que se obstina en no devolver al negro el libro Visiones terrenales, de Hernán Botero; veo pasar a Tita, que aún no sabe que al encontrarse con el negro, unos momentos más tarde, exclamará: "¡abrázame!"; veo pasar a Aída dudando si viajar o no a Arboletes, teme el viaje en bus, la accidentada carretera; veo a Óscar Castro pensando el título para un cuento que escribe (y a Mario Escobar que le sugiere: "haz un listado de por lo menos veinte títulos, luego, escoge"); veo a Consuelo Posada regresando a Barranquilla, su tierra, una vez se pensiona; veo a Sonia Gómez en la biblioteca, abasteciéndose de dos novelas de Almudena Grandes, lecturas para otro mes de maestra en retiro; veo a Hernán Botero en plena clase, el cigarrillo sin encender (también la cerilla) en la mano, hilando su disertación sobre la lírica griega antigua; veo a Elkin Restrepo gozando de su canonjía en la Editorial, luego de pensionarse como profesor de Humanidades; veo a Óscar López, viejo, calvo, retirado, archivando al fin su invencible maletín de profesor empresario; veo a Queipo trotando por la circunvalar; veo a Vilma viajando a Corea a trabajar como profesora de español; veo a Adriana llorando en las escalas de Troncos; veo a Nazaret fumando un cigarro en la cafetería de Derecho; veo a Olga buscando a Nazaret en Economía; veo a Maryori en una foto del día de grados, con Claudia, Francisco, Olga Regina y la otra Claudia; veo a Laura diagramando el machote de La luciérnaga; veo a Carlos Martín clavando en el muro del 9 el buzón de sugerencias del mismo periódico; veo a Fredy de profesor en Rionegro; veo a Leonardo Arango enfermo, y a Julio César supliendo su ausencia en la cátedra de Morfosintaxis; Veo a Jáuregui duplicado en los espejos del segundo piso de Versalles; veo a Natalia Pikouch (mi hermosa ucraniana) en un sueño, entre los pasajeros de una buseta donde los profesores de Artes se disponen a salir de paseo; la buseta está parqueada entre el Camilo y la fuente, en el sitio donde comúnmente se desparrama el gentío en los grados. Individuos, vidas; me veo a mí misma en mi plaza Barrientos, viendo pasar tanto espejismo.               

  

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario