viernes, 31 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 71)

El amor de Mario Escobar por los árboles es cierto: su voluntad póstuma es que viertan sus cenizas al pie de un guayacán amarillo. En uno de sus cuentos, donde el personaje, próximo a la muerte, pide que le pongan la Quinta Sinfonía, creo recordar un lirismo por los árboles. Su experiencia botánica no debe de ser escasa: vive en Urabá, en el monte; por otra parte, tiene una finquita en Guarne o Rionegro. Los guayacanes amarillos que adornan las fachadas de las casonas del barrio Prado Centro, veo a Mario pasar en la buseta de Circular y rendirles homenaje. Hay una época en que el negro, que recorre a menudo este sector, se embelesa con los guayacanes. También en los días en que el taller de escritores funciona en La Piloto, el negro siente emoción al pasar junto a un guayacán rosado que se alza al costado occidental del puente de Colombia, cerca a la autopista. Estas reflexiones acuden a raíz del laurel de la fachada del bloque 16, próximo a la escalinata de mi plazoleta central. Los guayacanes amarillos en el esplendor de la floración semejan soles. El negro siente inquietud de saber en qué lugar, al pie de qué guayacán, reposan las cenizas de su maestro. No se anima a entrar en averiguaciones. La verdad, no tiene una relación cercana con la familia del escritor. Todo lo que diga al respecto no pasa de ser especulación. Acaso las cenizas reposan en la finca de Rionegro, donde, seguramente, hay guayacanes. Si el maestro ama de tal modo estos árboles, lo razonable es que siembre alguno en su predio rural. 

Un guayacán es una escultura viva, un símbolo de la donosura. ¿Hay alguno en el campus? Debo pedirle al negro que me informe al respecto. Me habla de las ceibas, de los nogales, de los almendros, de los mangos, pero nunca de los guayacanes. ¿Hay alguno en el campus? Hay un profesor de artes, un veterano de mil batallas, que llama Jardín de Artes al Aeropuerto. En puridad de verdades, es el nombre apropiado. Eso de Aeropuerto suena a jíbaro, a vuelos, a escapes con carburante de yerba, en definitiva, a porro. Pero el profesor le llama Jardín de Artes. Es que es una zona arborizada, bastante chula. Allí está la escultura del Chelista, sigue diciendo el profesor, que protagoniza un vídeoclip como cicerone de arte, mostrando distintas obras escultóricas que adornan mi predio. Una de estas es Cristo Prometeo cayendo, de Rodrigo Arenas Betancur, sita en la plazoleta del bloque administrativo; la otra es el Geófago, de Gabriel Botero, ubicada al costado del Teatro Teresita Gómez. Y el Chelista, en el Jardín de Artes.

Una tarde, en sus días de egresado, el negro se aventura por el Jardín de Artes en búsqueda del Chelista. Pregunta a una muchacha que atiende un negocito de artesanías y ella lo orienta. Se percata de que el sitio donde la muchacha tiene su tendido de monicongos, es exactamente el mismo en que, años atrás, en sus tiempos de pregrado, asiste a una quema de fin de semestre, trabajos sin doliente dados al fuego por los profesores necesitados de airear las aulas. La joven se le antoja un Ave Fénix renacida de las cenizas. Le da las gracias, muy cortés, y sigue su camino en pesquisa del Chelista. Lo encuentra, sobre un suelo de gravilla, la base de cemento, el vaciado en concreto creado por Leonel Estrada en 1959, emplazado en 2014. Un ángel músico, como el de Fra Angelico, en el Jardín de Artes, un espacio aireado y boscoso que el profesor ha tenido el buen sentido de llamar como es debido. El ángel que toca el violín, el tambor o la pandereta, aquí toca el chelo. ¡Lo encuentra! Estas aventuras estéticas a las que el negro se entrega: me gusta seguirlo en sus locuras. Y bien, da con el Chelista y, a la vez, con el tiempo recobrado, Proust con su panecillo, el negro con su ángel músico.

Viene como en un sustrato onírico, como en sueños, en calina, con Miguel que asiste al Club de Lectura Amalgama: "hasta que lo acompañaron las fuerzas estuvo asistiendo", dice el locutor de la nota del vídeo. Miguel debe morir de cáncer. Era una figura común en los distintos eventos culturales de la universidad, sigue diciendo el relator. "Así que no leía solo el Q' Hubo. Me retracto", piensa el negro. Cuántas manifestaciones de condolencia por la muerte de Miguel, provenientes de distintas facultades y estamentos de la u, incluso del Club de Lectura Amalgama. Qué personaje, Miguel. El negro piensa en Mario Escobar y en Natalia Pikouch y se pregunta si su deceso originó tal oleada de reconocimiento. No cree. Son novedades discretas. Es que Miguel acompaña el acontecer universitario por cincuenta años, medio siglo. Su oficio plebeyo y su carácter sencillo le ganan el aprecio de muchos. Es un comunicador, un periodista infuso. Mario Escobar, en cambio, es engreído, y Natalia Pikouch, al fin y al cabo, es extranjera. Pero Miguel. 

De hecho, sueña: está en el sótano de la biblioteca. La puerta del despacho de la directora permanece cerrada, al parecer no hay nadie. Sin embargo, toca. "Siga" o "¿quién?" dice una voz de mujer desde adentro. O sea que la directora sí está. Empuja la puerta y entra. Fuera, en la oficina de préstamo de portátiles, hay fila. Pregunta a la directora: "¿leyó mi correo?" No está al tanto del asunto. "No suelo dar mi correo, ¿cómo lo consiguió?" "Mi hija trabaja en la Facultad de Medicina, la conoce a usted, allá le compartieron el correo". 

La directora se levanta del escritorio, conversa alocadamente, se tacha de vieja y le envidia la edad: "¿qué edad tienes? ¿No te gusta hablar de esto? A ver, ¿cuántos años tiene tu padre? ¿Noventa? Entonces debes tener cincuenta y tantos. Aun así eres más joven que yo".

Entonces se patentiza la finísima red de arrugas de su rostro, la vejez, que no es decrépita, achacosa, sino hermosa; el cuerpo esbelto, los modos desenvueltos, la voz agradable. Solo el rostro tiene esa afiligranada nata de arruguillas. Es una mujer parlanchina, alegre, bien dispuesta, la faceta amable de la directora, que a veces muestra un ángulo agrio, displicente, engreído. 

Le repite la consulta sobre el empleado de Audiovisuales, si recuerda el nombre: "Jorge Otálora", cree escuchar de labios de ella; aunque también puede ser "Álvaro", o "John". Le precisa que se trata del que trabaja en el cuarto piso y ella coge el teléfono y marca. "¿Es que aún trabaja aquí? ¿Todavía prestan materiales en el cuarto piso? Tengo entendido que esa dependencia desapareció hace rato, que la unieron con esta del sótano". Ella no presta atención, sigue en su intento de comunicarse con el cuarto piso. 

La estampa del empleado aflora de súbito en su mente, diáfana, perfectamente caracterizada, como una silueta en negro. Aun con la seguridad con que la directora le comunica el nombre ("Jorge Otálora") no queda satisfecho.

Se mueve por sectores de la u de sueños anteriores, el bloque 4, el administrativo, el coliseo, el Camilo, entre un gentío que hierve por todas partes, incluso pasa por Troncos.

Sale de la universidad en compañía de Luis. Van por las cercanías de la Facultad de Medicina (La calle del bazuco), entran a una tienda. Hay allí un hombre en silla de ruedas. Conocen al hombre. Dice que está corto de dinero y el hombre le auxilia, primero con unas monedas, luego con un billete de diez mil doblado en dos, gastado, flácido. "Para el metro", le dice. Luego torna a darle más monedas. "Ya está bien, con esto me alcanza". El hombre luce inquieto por una vuelta que debe hacer en Davivienda. Unos parroquianos les informan que hay una sucursal a una cuadra. Él y Luis se aprestan a empujar la silla, a acompañar al sujeto, cuando este se levanta y, caminando sin problema, se adelanta. Lo llaman al orden, vea que no está del todo bien, cuidado con los mareos. El escenario es el de un sueño anterior, un deyavú: Juan del Corral, las funerarias, parte baja de Prado Centro. El letrero rojo de Davivienda se insinúa en una fachada y el hombre aligera el paso, corre, se escapa y se pierde entre el tráfico. Él y Luis lo siguen sin esperanza. Tiene, el hombre, algo de Miguel el gacetillero, algo de Juan David, el condiscípulo de la Defensa Civil, algo de Sepúlveda, un condiscípulo de los Salvatorianos. La calle se abre como una promesa de libertad, como una fogosidad recobrada. Los semáforos están en rojo. La ciudad exhibe su rostro de odalisca.   

  

                             


jueves, 30 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 70)

Comienza un archivo especial titulado "Cielo", donde reúne artículos tales como el origen de los brazos espirales de las galaxias (sobre el que hay, por lo menos, siete teorías), el canibalismo de las nebulosas, la teoría del Big Bang, el pararrayos, etcétera. Ante un anuncio en Facebook del pregrado de Astronomía, acompañado de una foto del grupo de astrónomos en la escalinata delante del bloque 16, añade un comentario: "Felicitaciones, astros". Tras el último avance de lectura del libro de Agenkian, elabora un pequeño catálogo semántico, en el que incluye los términos "campo magnético", "rayos cósmicos", "espiras", "núcleo", "explosión", "supernova". 

No está cierto de reparar en el detalle, pero sabe que el grupo de astrónomos, además del fondo del bloque administrativo, disfruta del cobijo del añoso laurel. Es que allí hay un laurel, un árbol centenario que, sin descanso, continúa vertiendo su cosecha periódica de hojas y frutillas. Muchas veces, en ese rincón de mi plazoleta central, al abrigo del laurel, se levantan las tarimas de las orquestas. Hoy, la banda sinfónica ameniza el homenaje al periodista de la tiza, Miguel Valencia, en el marco de la inauguración del mural del andén de la estación  del metro. La figura de Miguel está pintada en ambos lados del poste. Allí cerca está el vallado, donde aún permanecen sus pizarras informativas, tarea que alguien debe continuar, porque no puede morir con Miguel un proyecto tan hermoso. 

"Astros", Miguel es uno de estos cuerpos señeros que brillan con luz propia en el firmamento de la universidad. Un tipo que se imbrica en mi historia tanto como Fernando Barrientos, Hugo Guarín, José Miguel Corpas, etcétera. A propósito, hago la cuñita al libro Espíritus libres, donde reúno las biografías de decenas de egresados. El negro es otro que recomienda la publicación, que él mismo consulta en la biblioteca. La IA de Google define el aparte de esta forma: Espíritus libres, egresados Universidad de Antioquia, es una colección de microhistorias y perfiles de egresados de la Universidad de Antioquia que se destacan por no seguir rutas convencionales. Un referente anexo versa sobre La república de los espíritus libres, libro de Peter Neumann, que narra la historia de un grupo de jóvenes escritores y pensadores en Jena, Alemania, a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, que intentaron repensar el mundo tras la Revolución Francesa.           

Espíritus libres, Cuartas, el escritor y poeta, también hace parte de esta pléyade. Elkin Restrepo, Rito Llerena Villalobos, Rubén Darío Lotero, otro ramillete. Rubén Darío Lotero tiene un poema sobre la terraza de su casa, la cual, gracias a una mejora, a la construcción de una habitación, servirá de biblioteca. Rubén Darío se sueña ese espacio que dará albergue a sus libros y a sus fantasías de versificador. Por lo menos este hombre honra de tal manera ese sitio donde el espíritu se siente a sus anchas. Porque hay otros que, aún jactándose de escritores y poetas, no consideran relevante que su vivienda tenga una estancia destinada a los libros. Sea una repisa, un armario, un mueble especial (trabajo de artesano de la madera) el lugarcito de los libros es imprescindible. Allí estará Residencia en la tierra, de Neruda, con su aliento marítimo, las aguas  en concierto con el viento, la lluvia, la arena, el tiempo. Neruda con su amada costa chilena, con sus barcos, sus islas, sus caracolas. Neruda con su poesía, que es un alumbramiento, una incandescencia del lenguaje. Neruda, tocado por el numen del verbo, por el llamado del universo. 

También el negro tiene su costa amada en el litoral Caribe, en Urabá. Allí está, en la agreste playa de San Juan, frente al mar. El mar que es un cosmos invertido, que oculta sus galaxias en forma de cardúmenes de peces y plantas marinas. Allí, en el atardecer, el vuelo ritual de los alcatraces perfila el horizonte. Allí, en el pecio del reflujo, vienen a morir las algas y las medusas. Un cascarón de estrella de mar cuelga en el cuarto. Un día regala a Tita el exoesqueleto de un caballito de mar. 

Ahora que lo pienso, lo que me falta es un acuario. El negro me ayuda consultando en Google y encuentra que dos universidades del mundo, una en México, otra en España, tienen acuario. Mi homóloga la Autónoma de Chapingo posee un Acuario Invernadero de Especies tropicales, donde se realiza investigación, educación ambiental y se protege el ajolote. Mi homóloga de Murcia ha logrado reproducir en su acuario cuatro mil caballitos de mar. Los alcances del caballito de mar: su cola cuadrada ha inspirado estudios en cibernética para mejorar la eficacia en el diseño de los brazos robóticos empleados en cirugía.

Pero qué será de mí con un acuario, si ya con el museo el negro me monta sindicato. Es, el museo, un lugar donde jamás se siente a gusto. Le ocurre igual en las galerías de arte y en los lanzamientos de libros. Claro que si pueblo mi acuario con una buena colonia de caballitos de mar de seguro que el negro no sale de allí. Tampoco se siente a gusto en la oficina de los profesores, siempre que puede rehúye las asesorías, se las arregla sin ellas. Alguna vez siente la inquietud por visitar el despacho de Elkin Restrepo, hablar de libros, pedirle un programa de lecturas. Al fin lo hace pero Elkin se niega a compartirle un listado de sus libros favoritos. "Cada uno llega a sus libros", alega. 

Entonces no vuelve a asomarse por allí, con todo y que en su despacho Elkin tiene un afiche de Rimbaud con una talega a la espalda.              

miércoles, 29 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 69)

Me duele una muela, debo de ser todavía muchacha, devoradora de dulces y descuidada con la dentadura. Esa parte de la dentistería en Golpes de ala es entretenida, bien documentada. Es allí donde Santiago y Soledad se enamoran. A Santiago se le ocurre que Marina, la odontóloga, la patrona de Soledad, es lesbiana, por el cabello cortico y el aspecto de machorra. Me duele una muela. También esto ocurre a menudo al negro que, aunque el papá les provee en el mercado un tubo de dentífrico tamaño familiar, no es juicioso con el aseo. La injerencia de la vecina chismosa en la escena de la dentistería aporta al gracejo de la situación. Santiago es tan maniático del cigarrillo que allí mismo, en el consultorio, luego de que le sacan la muela, enciende uno. Es una novela que apesta a tabaco (como las de Hemingway apestan a whisky), como el interior de las tabernas en la época en que aún no hay pedagogía y control sobre el asunto. Así, en este tiempo, el profesor Hernán Botero, y otros muchos, no tienen reparo en fumar en clase, mientras disertan. Lo que veo es que al negro le parecen cursis las escenas románticas, el noviazgo de Clara y Figurín, el desbarajuste doméstico que provoca el anuncio de la visita del novio. Santiago se burla de los preparativos, pero acaba por colaborar para que todo salga bien. Es lo bonito de esta novela, la armonía familiar, cómo los miembros cierran filas en torno a cualquier problema. 

Me duele una muela, debo de ser todavía muchacha, aunque las chicas, no sé, somos más cuidadosas con los dientes que los chicos. Los chicos solo piensan en patear un balón y en hablar de mujeres, en meterlo y que se lo metan, como dice Luis del espécimen humano. Verdad, qué metedera. El instinto irracional. La libido. El negro sí que rabia con las muelas. De niño abusa bastante de los dulces, lo cual le pasa factura más adelante. Como aquel martes del regreso a clases luego de un largo periodo de vacaciones. De este receso estudiantil sale con la mejilla izquierda hinchada, con dolor de muela, y unas ansias terribles de retomar la academia. Con todo, ese martes no viene a estudiar, le incomoda la hinchazón de la cara. Esa incomodidad es más fuerte que cualquier otra cosa, incluso que las ganas de regresar a clases. Uno no puede prever las cosas. Si pudiese preverlas. 

Un dolor de muela, una pierna rota, un repentino decaimiento y todo cambia, los planes se trastornan. Por ejemplo, al negro le hubiese gustado estar el susodicho martes, como de costumbre, en el aula 217(la sesión con Marina Quintero), en su habitual asiento, en medio de tantos muchachos y muchachas; ver otra vez sus caras tras veinte días de ausencias recíprocas. Las cosas que gana o pierde un rostro en tal lapso. No son los mismos, sufren cambios. De nada le vale el optimismo, esperar que el mal recule y así poder estar allí. El tormento dura ya cuatro días. ¿No son suficientes cuatro días para que el dolor remita? Y eso que echa mano de remedios, toma pastas, se pone paños. Eso sí, evita ir a la dentistería. Alguna caries, una infección en el conducto. Nunca una muela le ha tundido tanto. Después de todo, lo mejor es ir al dentista. Que la endodoncia diga la última palabra. Aunque fastidia tanto que en ocasiones piensa en la extracción. 

A Santiago se le cae una calza y se le parte la muela, quedando solo la mitad. Sin dudarlo, Marina opta por sacarla. Suertudo el tipo, ir al dentista y salir con novia, con una amiguita para pasar ratos deliciosos. Otros deben pensar que una novia es complicarse la vida. Tras las dulzuras de Eros, el castigo de la realidad: el hermano de Soledad es celoso, envía a unos gorilas a que le propinen una golpiza. 

El negro relee la novela de Luis Jaime, con lentitud, un día uno, otro día otro capítulo. Es que hay unos monstruos que reclaman devoción: Neruda (Residencia en la tierra) y Saramago (El año de la muerte de Ricardo Reis). Acaba de nutrirse de un coloso (Faulkner) y ahora sigue con otros dos (Saramago, Neruda). Una relectura, esto es lo que el negro hace conmigo en los últimos tiempos, releerme. Sus visitas de egresado tienen por objeto esa necesaria segunda lectura que todo libro amerita. Porque para el negro no soy otra cosa que un libro, una novela. Un vistazo con tres decenas de años de posterioridad le coloca ante una universidad transformada, no tanto en lo físico, como en los paradigmas. Qué vuelco, Dios mío. Frente a mis prácticas de hoy el negro se siente un ser antediluviano. Sin embargo, lo acojo. Es mi vástago. Es como esa hebra cana y rala que surge entre una pilosidad exuberante y oscura: y así lo acojo. Es mi vástago, esa sección de erosión y ceniza ante la que no puedo asustarme. Es él, el negro, quien me registra hasta los tuétanos.

Así, lo veo otra vez, de nuevo, como siempre, sentado en una mesa de la biblioteca, leyendo los poemas de Neruda. "Entierro en el este", qué bello. Alude al tiempo en que el poeta es diplomático en la India, cómo da cuenta, con sus versos titánicos, de un sepelio y la posterior cremación. Al río (turbio río) van a dar los cuerpos quemados, la ceniza. "Poderosos viajeros", así es como nombra a los despojos que ahora inician otra peregrinación. Y el negro recuerda a Mishima, El templo del alba, y le parece que el nivel de profundidad en el tratamiento del asunto es superior en el escritor japonés. Honda, el héroe del Mar de la fertilidad, viaja a la India a estudiar las raíces del budismo. "Entierro en el este", y el negro recuerda la tragedia de Villatina, cómo casi toda la familia de Tálaga murió sepultada por el alud de tierra. Quién sabe qué religión sustenta Tálaga, acaso crea en la metempsicosis. "Entierro en el este", y el negro recuerda el sepelio en Manrique de un amigo de infancia, baleado en la madrugada, luego de salir de una discoteca. Pasa cuatro días en una clínica, en cuidados intensivos, y muere a la postre. Le sepultan en Jardines Montesacro. Unos días después, un domingo, el negro visita la tumba. Precisamente en la fecha de la tragedia de Villatina.                      

martes, 28 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 68)

Una conferencia sobre el Big Bang el martes a las 6,30 de la tarde en el auditorio de La Piloto: me gustaría acompañar al negro.  El otro hermano del negro (no Smith, no Cature, Sony, eso es) ama, como yo, mirar el cielo, descubrir objetos estelares. Ese auditorio de La Piloto, donde, otra tarde, el negro asiste a una charla de Dora Tamayo sobre El Quijote. La catedrática se enreda toda, acaso no está segura, le asusta la concurrencia. Seminario de Poesía Española, es el curso que Dora orienta, donde el negro retoma su pasión por Quevedo, que le atrapa en el bachillerato. Quevedo, Boscán, Garcilaso, todos esos astros. Una nota escrita en grafito en el margen de la agenda recuerda al negro la cita: martes a las 6,30. Dialogar con estas notas al margen, se dice, y, pasando las hojas, comienza un rastreo. 

Ann Drunyan, esposa de Carl Sagan. El año de los muertos un asteroide es bautizado con su nombre: el asteroide Drunyan. El profesor de francés de La Salle no olvida ese año, muerde las palabras al recordarlo. Estudiantes llevan armas al colegio, piden al profesor que se las guarde. Amenazan docentes para que les suban la nota. Ponen por el suelo la imagen del plantel. San Juan Bautista de La Salle debe retorcerse en la tumba. El profesor de francés vive unos años en Francia, visita otros países de Europa, trabaja, mejora el idioma. Una amiguita francesa le envía la revista Selecciones. Un día Marcos lo encuentra en la cafetería y pide a su profesor que lea algún aparte de la publicación y así disfrutar de su entonación gala. Este lee la sección de chistes. Con respecto al año de los muertos y a los estudiantes pertenecientes a bandas, el profesor opina que la mala semilla hay que quemarla. Una mañana, al llegar a la sala de profesores, exclama: "estoy impresionado, el chofer de la buseta donde venía mató a una ancianita. ¡Choferes! Pura basura. Deberían quemarlos con carro y todo. Tuve ganas de insultarlo, pero no vale la pena, ¿cierto? Son basura". Al salir de La Salle y terminar la universidad, el profesor se vincula con el gobierno, adscrito a un plantel de un barrio popular. A menudo su rostro parecido a Sadam Husein se ve gritando consignas en las manifestaciones. Una vez hasta lo entrevistan en una emisión televisiva regional. El profesor de francés, como millares de personas parecidas a él, se resigna a pasar el resto de la vida en la modesta oscuridad de la docencia. Mientras, el Voyager se adentra en el Universo, y si nada lo detiene, viajará por siempre. "Debe ser que se abastece de manera automática", piensa el negro. Ann Drunyan escoge la música y las imágenes del disco que el Voyager lleva como testimonio.  

Atea, porque la ciencia lo es, Ann, con respecto a la muerte de su esposo, afirma: "no se refugió en ilusiones". Sabe que nunca más volverán a verse ni a reunirse. Para ellos el reino del cielo es otra cosa, como lo es para mis estudiantes de astronomía. Hay gente que imagina a Dios como un señor blanco y con barba. 

Es otra chapa que me endilgan, que soy un almácigo de incrédulos. Sin embargo, ¿no es Teología el primer programa que ofrezco? Son otros tiempos. El monje ya no me arropa con su hábito, ni yo le rasco las pulgas. Acojo cuanto llega: soy plural.

"Cometa", ese libro escrito a cuatro manos por Ann Drunyan y Carl Sagan. Con el negro, veo casi todos los capítulos de la serie Cosmos. 

Clara, la hermana de Santiago Restrepo, tiene un novio, un petimetre al que apoda Figurín, cuyo nombre de pila es Andrés Pérez. Más allá de la trama, que a veces languidece, el negro se contenta con las referencias artísticas y literarias que la lectura aporta: Marta Lucía Villafañe, Gloria Inés Castro, La tía Julia y el escribidor, Tres tristes tigres. 

Mónica vuelve y juega: es la novia de Santiago. Pero Soledad, la auxiliar de odontología, alista el abordaje. Mónica por aquí y por allá, en la ficción y en la realidad. Cuando hable con ella le diré del Botón azul, el cuento de Natalia Pikouch. Aunque no veo que la literatura rusa sea el fuerte de Mónica. Ella prefiere a Felisberto Hernández, a Adolfo Bioy Casares, a Samanta Schweblin. No creo que lea a Gogol. Argentinos, escritores rioplatenses. 

Para mi gusto (una es ególatra) y para el del negro, las escenas mejores de la novela Golpes de ala, son las que abordan la vida universitaria: las clases, el parcial, los libros, el cine. El cuadro en la cafetería, con Alberto, ahí me veo pintada. Dos estudiantes echados en una manga, tomando gaseosa, comiendo papitas, hablando de mujeres.

En cuanto al cine (la pasión de Tita, Aída y Judith), Alberto invita a Santiago y este deniega. Debe ir al centro a poner un telegrama a la abuela. Antes de salir de la universidad entra al baño a orinar. Está pilas a no enganchar el cuerito del prepucio con la cremallera, algo muy doloroso, que todos los hombres experimentan alguna vez. 

Con que lea a Vargas Llosa y a Cabrera Infante ya Santiago es absuelto en el tribunal del negro. Es una familia sin papá, donde la mamá lo es todo para Santiago y Clara. Se llevan bien, viven en armonía (Figurín amenaza ser la manzana de la discordia), se quieren. La mamá tiene una miscelánea (Miscelánea París) en un garaje al frente de su vivienda. Es una señora que toma tinto y fuma parejo con Santiago. Una madre que consiente a los hijos. 

Ah, y la cereza del pastel, la joya de la corona: que este olvidado y sencillo libro traiga entre sus hojas cloróticas una referencia de Rimbaud, que lleva a Tita. 

Entonces tenemos al negro leyendo Promontorio y Escenas. No tarda en hacerse con una versión digital de Una temporada en el infierno y también le mete el diente. (Rimbaud, eres negro). 



lunes, 27 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 67)

Hoy ofrezco hasta Astronomía, a una población de un manojo de decenas de miles de matriculados. Lo que piensa el negro, le presto atención, al menos lo considero: que en memoria y gratitud históricas, los estudiantes del Fray Rafael de la Serna, cuando menos un alto porcentaje, deben tener asegurado el cupo de ingreso en mis aulas. No eximirlos del examen, pero sí darles algunas facilidades. Si somos instituciones hermanas, ¿cómo no tener en cuenta los nexos ancestrales? 

El negro sale con unos asuntos. De verdad que me pone en aprietos. Esos muchachos frailunos, graduados en el Fray Rafael: mi amor los circuye al verlos en mis cátedras. Ese alto que va allá es Gustavo Rivillas, gran basquetbolista y excelente persona. Hace buena amistad con el negro cuando este es su profesor de español. Vida colegial: ah, cómo pasa tan rápido ese tiempo maravilloso en que una era una alocada e irresponsable criatura. Sí, también soy colegiala. Así es como llego a universitaria, siendo colegiala. Universidad de Antioquia, colegio. 

Vida colegial, radiosa primavera. Ese otro que viene allí es Carlos Trejos. Igual que Rivillas pasa el examen sin sacar a relucir sus nobles parentescos, bravos muchachos. Así es que se hace. De vez en cuando el negro se topa con Trejos. Estos encuentros no pueden ser más gratos. La mayoría ocurren en las tumultuosas aceras del centro. El muchacho trabaja con el papá en una litografía. Cómo no reconocerlo, con la encía y los dientes prominentes. Buen recuerdo tiene el negro de este chico durante el tiempo en que fue su alumno. El papá es el dueño de la litografía, bella empresa. Es uno de los oficios por los que el negro cambiaría el suyo, el de la tiza, que en ocasiones se le antoja tan pesado. A veces el negro concede razón a las torvas sentencias de Maecha: los profesores tienen la tiza marcada en la frente. 

Desde aquel tiempo Trejos trabaja como ayudante del papá en la litografía: mensajero. Qué empleo tan hermoso. Un chico mensajero. Le saluda con alegría, le transmite su regocijo. Una tarde se cruzan por las inmediaciones de la Autónoma: "Profe". Trae un paquete en las manos, seguramente tarjetas de presentación o volantes. Viste una camiseta lila. Conversan unos instantes. El negro le pregunta por José Reynel, su hermano, dos años mayor, otro frailuno. "Está bien". 

La humana marea discurre, sorda, entre ellos, detenidos, gesticulantes.

Trejos estudia Derecho; Rivillas, Ingeniería. Escapan de las manos del padre Andagoya, que insiste (es su deber) con eso de las vocaciones, aumentar el batallón de Cristo, los baluartes de Francisco. Algunos chicos se van de monjes. Con todo, debe ser bonito, estudiar Teología, consagrarse a lo divino. También debe ser apasionante estudiar Filosofía, encarretarse con los presocráticos, como ese muchacho Marulanda. A veces veo a Trejos en la cafetería de Derecho, toma gaseosa, conversa con algún condiscípulo. También veo a Marulanda, en sus lides de representante estudiantil. 

Ah, cómo añoro esa vida del colegio, la desenvoltura del descanso, el parloteo juvenil a la sombra de un árbol, en las escalas frente a la cancha donde juegan voleibol. Ese muchacho Marulanda viene del Marco Fidel Suárez, y viene también de aquel árbol, de aquellas escalas, de aquella cancha donde juegan voleibol. Viene de la vida anchurosa de la juventud. En las escalas, bajo el árbol, uno rasguea la guitarra, otros cantan. En el otro extremo del patio, unos chicos hacen gimnasia bajo la férula del profesor. El coordinador académico sale de su oficina envuelto en una vaharada de humo de cigarrillo, tosiendo atropellado, rápidos pasos. Un muchacho larguirucho, acaso el más alto del colegio (¿Rivillas?) se asoma a la sala de profesores, echa un vistazo y se retira decepcionado. Un teléfono repica dos veces en un despacho, contra el tecleteo de una máquina de escribir. La luz matinal dora los patios, ilumina las estancias; las mujeres del aseo van y vienen, atareadas, uniformadas.

También visita la biblioteca de la Autónoma. Esa tarde en que se parcha un rato en la facultad de Sociología, al fin se va a Girardota y dicta la clase. Al regreso al centro, en el bus, le ocurre algo maravilloso: la muchacha del lado recuesta la cabeza contra su hombro. Vuelve el rostro, estupefacto. La chica no está dormida, ni siquiera tiene aire soñoliento. Por el contrario, sus ojos, que miran el paisaje de fuera, permanecen francos, despabilada su expresión. Queda perplejo, sin atinar qué hacer. Hay un atasco en la autopista. El bus avanza lento, torpe. No conoce a la joven. Al subir busca un asiento donde no impacte el sol del ocaso, y elige el puesto contiguo a la muchacha. Ella ocupa el lado de la ventanilla. Es grácil, trigueña, de unos diecisiete años. Sus manos son largas y finas. El negro piensa en El Greco, en la esbeltez de sus figuras. Pasa más tiempo del suficiente para que ambos reconozcan la inconsciencia del acto. Sin embargo, la cándida cabeza de la joven permanece apoyada en su hombro. 

Entonces recuerda a Sofía, la amiga del colega de inglés de La Salle. Sofía atraviesa la suave penumbra del andén externo de la biblioteca, entre las mesas de estudio. El negro permanece dentro, en la sala del primer piso, y la mira a través de la pared de cristal. Las miradas se cruzan. La mujer gira el rostro bruscamente, reflejando fastidio. "La cogí en un mal momento", piensa el negro, viendo cómo se aleja. Sofía usa gafas. Tiene un rostro agradable. Cabello corto. Su estructura física es proporcionada, ni gruesa ni delgada. El negro la ve con frecuencia en mis ámbitos. Meses atrás esta mujer es amiga sentimental del colega de inglés. Ella trabaja con una editorial y va por los colegios promocionando libros de texto. Tiene su affaire. Ahora andan de cobijas partidas. Ella sabe que el negro es amigo del profesor de inglés. El negro reflexiona en Eros, cómo este dúctil dios pervierte el entramado de las relaciones interpersonales. ¿Qué culpa tiene de ser amigo del colega de inglés? ¿Qué culpa tiene de que la haya dejado? Lo que la mirada de Sofía refleja es un inconcebible fastidio. 

"¿Me estará provocando?", piensa, regocijado con el contacto de la cabeza de la jovencita en su hombro.    

 

             

Monólogo de la u (novela, cap. 66)

He aquí, pues, al monje, Fray Rafael. Es quien dirige el cotarro cuando comienzo funciones en 1803. Otras fuentes aseguran que es mi primer alumno. Entonces me emplazo en el costado norte del Parque Berrío y me llamo Real Colegio de Franciscanos. He aquí, pues, al monje. Se supone que anda por ahí, pero al fin aparece. Ese mismo 1803 se inicia la construcción del Paraninfo (mi  Aula Máxima), en la plazuela de San Ignacio, donde se yergue la estatua de Francisco de Paula Santander, El hombre de las Leyes.

Es el general Francisco de Paula Santander, en 1822, quien decide que me llame Colegio de Antioquia. En 1901 tomo definitivamente mi nombre: Universidad de Antioquia.

Parece que no hay rastro del monje, pero anda por ahí: el negro lo descubre y lo desenmascara. “Ah, viejo Rafa”. En las primeras de cambio ofrezco los programas de Gramática y Teología, más tarde abro la escuela de Artes y Oficios y la Facultad de Minas.

¿O será Fray Junípero? El negro recuerda el comic en la prensa. Cuántos comics, El Fantasma, Mandrake, Fray Junípero. Los lee todos, de cabo a rabo. Son los tiempos del colegio. Todavía no se cruza con el monje y su hábito. Que una universidad como yo tenga estos orígenes frailunos, je. Pero algunos de estos monjes son unas eminencias, mentes esclarecidas.

Suficiente tiempo para conocer al monje: el negro labora como docente en el colegio Fray Rafael de la Serna, al lado de la Regional del Trabajo, el Sena, la Minorista. Visita con frecuencia mi homóloga la Autónoma. Está interesado en pertenecer al grupo folclórico de esta institución. Una tarde estudia un rato en la facultad de Sociología de la Autónoma, antes de dirigirse a Girardota a dictar una clase. Fray Rafael, el grueso hábito que cubre hasta el cuello, el cordón con los nudos de los votos. Fray Junípero evangeliza en México y California (esa bella novelita de Steinbeck, Tortilla Flatt). Suficiente tiempo para conocer al monje, para saber que tiene vagina, o crica, como dice Luis.

El general Santander es otro monje vestido de leguleyo, por algo se llama Francisco. La espada siempre está acompañada del evangelio. Carlos V acaba en el monasterio de Yuste, el hijo de Juana la Loca y Felipe el Hermoso. El Papa Francisco canoniza a fray Junípero. Qué ironías de la vida, el negro siendo tan rebelde y hace casi todo su periplo académico con curas. En el periodo laboral los encuentra de nuevo. Junípero, vaya nombre. Español, fina en Estados Unidos. Contemporáneo de George Washington, primer presidente de esas comarcas. El viejo George Washington, otro monje (Rimbaud, eres negro). Toda esa gente usa hábito, lo que ocurre es que lo llevan de repuesto, para las horas terribles. Lo usan según la ocasión. Fray Rafael de la Serna, es él. Pero no veo una estatua suya en mis predios. Un medallón al menos. Una placa. Debo estar cegatona, eso es. Esos monjes parecen unas damas adustas. Natural pensar que tienen vagina. ¿También de repuesto? ¿Que el negro es un poco franciscano? Por eso de trabajar con estos monjes y por el cacareado sentido de pertenencia. No, el negro no digiere esas monsergas. De niño quiere ser monaguillo, pero no para tanto. Un profesor laico, es lo que es. También yo me tomo por laica. El colegio Fray Rafael y mi homóloga la San Buenaventura, el mismo caldo. Ahí está el negro. Mira la edificación consagrada a la pedagogía desde el orden confesional y el pensamiento dogmático. Pedagogía cristiana. El padre Andagoya, el monje que dicta religión. Lleva décadas en el colegio. Pronto me desprendo del nexo con la sotana. ¿Y el negro? ¿Debe trabajar en el asunto? Se muestra amable con el padre Andagoya. No se resiste a acompañar a los grupos a la santa eucaristía. El padre Andagoya se irrita fácil. Mejor no provocarlo.      

domingo, 26 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap.65)

El año de los muertos vuelve, de año en año reanuda la soga, los nudos, la horca. Es el tiempo en que el negro conoce a Natalia Pikouch, todavía no conoce a Tita. Es el tiempo en que asiste al taller de escritores, cuando, tal vez, conoce además a Luis Jaime Agudelo, alumno de Mejía Vallejo, que dirige otro taller de escritores en La Piloto. Por esta época (el año de los muertos) es cuando la novela Golpes de Ala llega a sus manos. La novela es editada por La Piloto, en la Colección Trabajo de taller. Mil ejemplares, hay para regalar, de sobra. Claro que Luis Jaime vende algunos, embolsilla unos dineros. En esta misma colección se edita Era tarde en San Bernardo, el libro de Cuartas. Gran fuerza en este escritor Cuartas. Luis Jaime no se queda a la zaga. El negro recuerda cómo se hace con el libro, por unas cortesías que alguien distribuye, quizás el propio autor. Conserva el volumen, nunca se deshace de él. Quizás porque las palabras de Mario resuenan en su interior ("todavía no se escribe una novela de la u"), y Golpes de ala es, en cierto modo, esa obra que Mario reclama, la novela de la u. Por lo pronto, Santiago es un universitario, estudia en la Nacional de Bogotá.

Conserva la novela, pero no le mete el diente sino tiempo después, cuando ya conoce a Tita. Acaso tuviera que leerla antes, pero el designio es quien dispone. "Todavía no se escribe una novela de la ", repite Mario en su cátedra. ¿Por qué no la aborda él mismo? Tiene materia de sobra, es profesor, cada semana recorre mis pasillos y mis aulas. Su abordaje tiene que ser, naturalmente, desde el enfoque de un catedrático, un sexagenario con ojo y modos de águila, amante de los riscos. Materia, de sobra, en sus agendas. Siempre se lo ve escribiendo en la cafetería. En sus prontuarios debe haber apuntes sobre mí, sketches de personajes, descripciones de mis tránsitos, reflexiones. ¿Hay, asimismo, algún apunte del negro, ese estudiante celoso de su aislamiento? 

Todavía falta un millón de novelas por escribir, la del fruto de la ceiba que al caer propina un capirotazo al negro, que viene distraído por mi plaza Barrientos; la del niño que somos todos; la de Tita entre Rimbaud y Verlaine, en ese retrato de Toulouse Lautrec. 

¿Por qué Tita no está el año de los muertos, tampoco Aída? Tita ya ha cursado una carrera, Educación Primaria; Aída, igual, Sociología en la UPB. Llegan a la vida del negro luego de trajinar la academia, en tanto este apenas me recorre por primera vez.  Mónica tampoco está en el año de los muertos, ese que rememora la placa en la columna de la biblioteca, junto al estanque de la fuente. Es este el verdadero año de los muertos. El nudo ciego prosigue de año en año, pero es allí, en el tiempo al que la placa (por cierto ya borrosa) alude, cuando la barbarie se encarniza. Recrudece. Mónica no está aún este año, pero aparece como protagonista del cuento de Natalia Pikouch, El botón azul. Vaya con la ucraniana. Con este escrito se alza con el primer puesto del Concurso Nacional de Cuento Infantil Rafael Pombo. Una extranjera deja en ascuas a los nacionales. Los barre. Mónica, una niña que, el día en que se mudan de casa, tras el sofá, encuentra un botón azul. El botón tiene poderes. ¿Quiénes están ya ese año? Diana, la que estudia Teatro; Marta, la condiscípula de Español; Olga Regina, que conserva unos poemas del negro; Natalia Pikouch, que ya muere un poco ese año, así su muerte efectiva, legal, sea veinte años más tarde. ¿Por qué muere un poco? Acaso porque el negro es despectivo; porque en una ocasión quiere atraparlo con su sonrisa de bruja blanca y no lo consigue, al menos del modo que ella quiere. Esto tiende un muro de incomunicación, de cosas no dichas, de sobrentendidos. Su amistad ya no es igual. Luis Fernando Vélez está asimismo este año, definitivo.

Es el año en que Luis Jaime publica su novela y, naturalmente, le embarga el alborozo y reparte ejemplares a diestra y siniestra, entre parientes, amigos, conocidos, centros de estudio, bibliotecas. Una novela, producto de cuántos desvelos, de cuánto cacumen, no puede brindar sino alborozo. Pero de ahí a repartirla así, regalada. No creo que Mario Escobar lo haga, ni Maecha, ni Cuartas; Luis, sí, y el negro, con absoluta seguridad.                   

sábado, 25 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 64)

Porque en Golpes de ala encuentra una papeleta con un dato sobre Rimbaud ("El niño endemoniado de las letras"), vuelve a Tita. ¿Desde cuándo alberga el libro de Luis Jaime Agudelo esta papeleta que alude a un artículo sobre Rimbaud en El mundo semanal de abril 9 de 1988? Un rectángulo de papel, proveniente de un impreso desechado, reutilizado, de esos recortes provistos en la sección del catálogo de las bibliotecas, para que el usuario anote la signatura del material consultado. Permanece allí, entre las páginas de la novela de Luis Jaime, abocando a qué figuras (Rimbaud, El negro Gaitán) y a qué sucesos (la partida a Abisinia, el Bogotazo). 

Vuelve asimismo el año de los muertos, la imagen de la violencia y el estropicio a volandas en ese 9 de abril, que todos sabemos a qué alude, qué paradigmático referente convoca. Curiosamente, el 9 de abril es una localidad argentina, ubicada en el partido Esteban Echeverría, en la provincia de Buenos Aires. Pero no es argentino el sentir, aunque un solemne ramillete de homólogas argentinas (la de Córdoba, la de Buenos Aires, la de Palermo, la de Quilmes, la del Rio de la Plata, la de San Martín, etcétera) protesten.  

El grabado de Gloria Inés Castro en la tapa, carboncillo de una chica desnuda (sin cabeza, como la Gorda de Botero, que en realidad se llama Desnudo femenino) que abandona un cuarto esbozado con tres elementos, el listón de una puerta o de una cortina, una lámpara, un tapete; el pomo del listón y el foco de la lámpara son del mismo rojo de la mochila y los pezones de la mujer; el brazo derecho (el izquierdo, es velado por el listón) aparece extendido en toda su longitud, la mano contra la mochila como si protegiera los libros o lo que quiera que cargue allí. Recia desnudez con un modelado escultórico, el brazo omitido semejando la amputación de los monumentos griegos, la sombra del pubis reclamando el interés en esa composición llena de indomable fuerza. La opulencia del pecho, la esbeltez de las piernas, el suave pronunciamiento de la cadera; la mochila roja y negra, que es la misma feminidad en su esencia indescifrable.      

Busca en la red más obras de Gloria Inés Castro, encuentra una, Clonación, expuesta en la IV Bienal de Gráfica Artística, año 2000. En el mismo archivo hay un grabado de Marta Lucía Villafañe (Franja sin gloria), la autora de la escultura de la entrada oriental del museo, Candelaria viendo el atardecer de Ambalema. Que todo esto lleve a Tita no es raro. De entrada lleva a una pintura de Toulouse Lautrec, un retrato de Rimbaud y Verlaine, donde el primero es un mozalbete de expresión delicada, y el segundo, un hombre maduro, de barba. Por asociación lleva a Tita, que se parece a Rimbaud, en el respingo de la nariz y en la carnosidad del rostro. ¿Cuándo descubre el parecido? El día en que sube a la sala de periódicos (Patrimonio) a consultar el Mundo semanal, 9 de abril de 1988, Rimbaud, el niño endemoniado de las letras. ¿Qué es lo que descubre? Que la nariz de Tita es la de Rimbaud en la ilustración de Rogelio Quintana. Da cuenta del artículo de Carlos Tirado, el cual viene acompañado por dos textos del Rimbaud: Promontorio y Escenas.   

Nariz respingona, la de Rimbaud y la de Tita. Hasta en el rostro redondo y carnoso, de boca fina, se parecen. No, aquí cesa el alegato sobre Una temporada en el infierno. Ese libro pertenece a Tita por doble partida. Por un lado, como privilegio de su amistad con el negro, de otra parte, como hermana gemela de Rimbaud. Deja el libro a Tita, no menciones el asunto. Es cierto que nunca lo has mencionado, pero ahora con mayor razón. Así como Luis Jaime regala Golpes de ala sin miramiento, deja que Tita se quede Una temporada en el infierno. 

Santiago Restrepo y Tita también tienen rasgos en común, son fumadores. Muchos universitarios fuman. Ese lunes en que se levanta a otro día de clase, Santiago enciende un cigarrillo y experimenta lo que él llama el ajuste necesario frente al día. Quien fuma sabe cómo y con qué gesto desprenderse de la ceniza, y sabe también cómo y con qué gesto tirar la colilla. Santiago tira la colilla en la taza, cuando entra a ducharse. La mamá lo sorprende y lo regaña. El cigarro ayuda a Santiago con la resaca, la noche anterior llega tarde. El regaño de la mamá tampoco se hace esperar en este sentido. Cuando se cepilla los dientes (va a salir para la u), le sorprenden las bascas y vomita. Para el fumador un cigarrillo es una medicina. Tita hace un arte del acto de fumar. En clase se aparta a la ventana, trepa al alféizar y fuma a su gusto. Esta imagen de Tita fumando supera por kilómetros la de Santiago ejecutando la misma acción. No es lo mismo ver alzarse las azules volutas de humo con el pensamiento discurriendo sobre Rafael de Valentín, que sintiendo el cuerpo estragado por el trasnocho y el licor. 

Claro que este Santiago Restrepo vive con comodidad: baño con agua caliente, biblioteca, y la mamá le compra un suplemento alimenticio para que se robustezca, pues lo ve muy flaco. Antes de marcharse a la academia, Santiago echa en su mochila (donde ya descansa la Constitución) un libro de un poeta que estudia farmacia, amén de dos cuadernos. Tita es consumidora de literatura selecta: Rimbaud, Margarite Yourcenar.

Rimbaud escribe de los quince a los veinte años. Adicionalmente, desde África (Abisinia) escribe unas cartas a su madre, de la que se infiere su periplo por el continente negro. Rimbaud, eres negro.

Al final de Absalón, Absalón, Shreve, el canadiense, reflexiona sobre la tragedia de Thomas Sutpen, cómo todo se origina en el odio al mestizaje, de ahí que no quiera reconocer a su hijo haitiano, Charles Bon. Es también el motivo de la infelicidad de Charles Bon, que es rechazado tercamente por su padre. Shreve se pregunta si al final los negros ganaron o perdieron con la Guerra Civil. Su razonamiento final es optimista, al menos para el mestizaje. Estados Unidos y el mundo, con el correr del tiempo, se irán blanqueando; es decir, irán aceptando la realidad del sustrato oscuro, y serán mecidos por las auras de las praderas de África.

Ese grabado de Gloria Inés Castro, Clonación, donde cuatro figuras de aire un tanto bufonesco posan para la cámara. Están en una acera, recostados contra  un ventanal, en grupo, tres hombres de pie, una mujer sentada en el piso. Esa otra obra de Marta Lucía Villafañe, Franja sin gloria. 

Consulta juicioso toda la tarde en la sala de periódicos. Al final, en el espíritu de su otra pasión, la música, traslada a su cuaderno un fragmento de un artículo de Rafael Puyana:

“El clavicémbalo es un instrumento de cuerda punteada y pianoforte que fue inventado en 1700 por Bartolomeo Cristofoldi, un constructor italiano. Su voz es cantarina y metálica y tiene cierto parecido con el piano de cola. Tiene dos y hasta tres teclados, y su sonido se produce no con percusión como en el piano, sino con un punteo de las cuerdas. Era el adorno de las cortes en los siglos XVI y XVII, favorito de soberanos, príncipes y la realeza en general, que se reunía a escuchar a sus músicos predilectos en medio de sus bellos palacios y castillos”.              

Halla en la novela de Luis Jaime una imagen que lo lleva a una aventura musical. La madre y la hermana de Santiago "se van abrazadas, arrastrando los pies y moviendo acompasadamente las cabezas, como si ejecutaran un paso lento de una melodía renacentista". Consulta sobre las melodías renacentistas y se entrega a la audición de este género. Vihuela, laúd, guitarra, qué música, cómo descansa y transporta. 

Franja sin gloria, este título bien puede compendiar el año de los muertos.

viernes, 24 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 63)

Cuando una muela hay que sacarla, hay que sacarla, pero el doctor Ruíz hace cuanto puede por salvar la pieza. El hecho es que cada que el negro eche una ojeada al revés del carné y vea el número de su historia odontológica, no sienta rencor por mis odontólogos, sino que, por el contrario, venga a abrazarlo una oleada de gratitud. Son tales los tiempos que corren que no es probable que el esqueleto fosilizado del negro sea utilizado por los paleoantropólogos como clave para desentrañar le evolución de la especie. Si así fuera, hay que abonarle que se esfuerza por conservar la mayoría de sus dientes, que solo en la encía superior, en la parte trasera, falta una que otra muela, lo que no afecta demasiado la estética. Hay una que otra corona por ahí, pero esto no añade ni quita.

Si hubiese que prestar atención a los sueños, el negro no tendría un solo diente. Como con ese personaje de Mario Escobar en la novela Toda esa gente, (antecesor de Alaín) el desastre es total. Más de una ocasión el negro queda con las encías pelonas. El horror le hace despertar  y comprueba, aliviado, que es un sueño, que allí están, intactos, sus dientes. El personaje de Mario (¿Cuatro perros, La ñata?) no puede contar la misma historia. Pierde los suyos al probar una mata del monte. La Ñata, abuela de Cuatro perros, es yerbatera, sana con plantas. No recuerdo bien el episodio. Entiendo que La Ñata sale al descampado y, entre la vegetación, busca las especies útiles a sus curaciones, algunas de las cuales debe degustar.      

Es un terror arraigado en lo más profundo de la conciencia humana: la pérdida de los dientes. De sobra se sabe que no tiene que ver exclusivamente con la estética. De algún modo hay que triturar los alimentos. 

Sea como sea, aquí está el negro, en la salita de espera del servicio odontológico. Abajo, en el primer piso, el ruido de las pelotas de pimpón. Espera que lo llamen. La ansiedad le afloja las tripas. La cita es con el doctor Ruíz, quien habla de exodoncia. Que la dentadura quede diezmada preocupa al negro, una muela ausente chilla. Ojalá que el doctor Ruíz le anuncie que no hay necesidad de extraer la pieza. Momento extraordinario. Es como aguardar el llamado de lo fatal, esa salita de espera. No puede echarse atrás, bajarse del sillón al menor descuido del dentista y salir corriendo. Ya lo hace una vez, pero entonces es un muchacho. Hoy es todo un universitario. 

La próxima cita, el doctor Ruiz trabaja en el conducto. Pone en ese médico toda su confianza. Una vez concluida la operación, el dentista le da la espalda, va al lavamanos y tal vez ya ignora al paciente. En cambio al negro lo colma un sentimiento de gratitud mientras baja del sillón, agarra sus libros y su bolso y sale del gabinete. Expresa una despedida efusiva a ese hombrón canoso y un poco distraído que hurga en su boca con esa frescura. ¿Se percata el doctor de lo contento que está el paciente? Baja la escalera tarareando una canción. No quiere perder esa pieza de la que el odontólogo le hace un diagnóstico adverso. Hoy le da motivos de esperanza. Se llama Guillermo Ruíz. Él le llama don Guillermo, con humildad. 

La auxiliar es una muchacha negra. ¿Simpática? Digamos que sí. También tiene unas caderas y unas piernas apetecibles. No es que sea morbosa, pero ¿se deja seducir del doctor Ruíz o de algún otro de estos médicos tan campechanos? Se dice el negro: lo cierto es que esta mujer se ve sabrosa bajo la bata blanca. Es joven, ¿será ardiente? Tal vez sea sugestión, pero me parece advertir en sus ojos signos de simpatía hacia mí. Hoy nada más me sorprende con un inusitado favor. Debo solicitar otra cita; el doctor Ruíz aún no acaba con el tratamiento. Su agenda está copada. Solo en quince días se reabre el calendario de citas, un infierno, filas interminables. La auxiliar me explica su plan: se queda con mi tarjeta y arregla el asunto sin que yo tenga que fastidiarme haciendo fila. ¿Qué sucede? ¿Cómo debo interpretar su gesto?

Recuerdo la novela Golpes de ala, de Luis Jaime Agudelo: el protagonista, un universitario, Santiago Restrepo, conquista a la auxiliar de la dentistería del barrio, una muchacha, también universitaria, llamada Soledad. 

¿Quién no sabe lo que es un dolor de muela? "De pronto me la arreglan, o me la sacan, o me dicen qué tomo; si está abierta, alguna cosa me hacen", piensa Santiago camino a la dentistería. 

La imagen de la carátula del libro, un grabado de Gloria Inés Castro Agudelo, muestra  un desnudo femenino sin cabeza con una mochila roja de rayas negras que pende del hombro. La mochila, signo del universitario, de las ilusiones y el desparpajo de la juventud. La mujer, de opulentos pechos con pezones del mismo rojo de la mochila, da la idea de abandonar una habitación. La universitaria que, más allá de los sermones y los tapujos, asume la responsabilidad de su sexualidad. De este particular hablan algo Mónica y el negro un día. En cuanto a mí, en este sentido, tengo fama de estimular la liberación femenina. Las mamás preocupadas de la honra de sus hijas no tienen buen concepto de la universidad. "Se vuelven muy libres", dicen. En sus labios esta expresión adopta una connotación sexual.           

jueves, 23 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 62)

Mi homóloga de Harvard aloja entre sus estudiantes a Quentin Compson y a su amigo Shreve, el canadiense. Los dos muchachos desovillan la historia de Thomas Sutpen en su cuarto de la universidad, una fría noche de Nueva Inglaterra. Un ser humano, su sentido en este mundo, es como un espejismo en el desierto. Espejismo, sí, que nos envuelve en su esplendor.

En esta homóloga mía, Harvard, estudia Quentin, que en El sonido y la furia se suicida. Faulkner le encarga el papel de esclarecer la belleza y la miseria de Thomas Sutpen. Y Quentin se aplica a ello. Dos universitarios, dos muchachos (uno del Sur, otro de Alberta) se desvelan, pese al hielo de la noche, develando los secretos de la familia Sutpen.

Una carta del padre de Quentin (que permanece a medio abrir sobre el manual de estudio de Quentin) los atrapa en el vórtice de la tragedia de esta familia. Son dos chicos de diecinueve años. Shreve siente que ese Sur del que viene su amigo es una tierra asombrosa, una comarca de delirio. Sin embargo, el Sur (los rebeldes) pierde la guerra, donde el abuelo de Quentin combate como oficial, perdiendo un brazo. 

Dos muchachos, dos universitarios, al exhorto de Faulkner, en el vertiginoso tiempo de la ficción, revelan la desolada crueldad de aquel hombre llamado Thomas Sutpen, figura fulgurante y sombría como un espejismo bíblico. 

El muchacho que es el negro, con un consecutivo que lo identifica ante mí, lucha (y vive) por demostrar que no es solo un consecutivo. Está aquí, ante el espejismo de un título, y sabe que lo real, lo que cuenta, es la vida. Y a esta se entrega. 

Por algún ignoto azar, su vida se resuelve en escritura, y comienza a llenar cuadernos, y luego cuartillas en su Royal 330. Oye hablar de Harvard, sabe que es una universidad prestigiosa, que allí van los delfines de los países tercermundistas, las fichas de recambio del  poder. Pero no le importa Harvard, esta engreída homóloga yanqui. No le importa. Le importa sacar a la luz esa vida de la que (como otra Alma Mater) se nutre en la infancia, ese paisaje que acaba por ser una promesa escondida tras penurias. De esa vida que se nutre de la infancia da cuenta cuando, a su vez, es otro Quentin, otro Shreve desvelado en la noche, al filo de la madrugada, descubriendo el significado de la desesperación en una novela. 

Al ingresar por la portería de Barranquilla enseña el carné a los vigilantes: allí está su foto y el número del consecutivo, amén del de su historia odontológica. Es natural que la pérdida de los dientes sea un tema recurrente en sus sueños; según los paleoantropólogos son los dientes los restos fósiles humanos más resistentes, por encima de los huesos. El esmalte se conserva por mucho tiempo. En los dientes de nuestros ancestros, los científicos hallan las claves de la dieta, la migración, el clima y la evolución. 

El amarillento papelito en el respaldo del carné, pegado con una cinta igual de curtida, muestra el número de la historia odontológica de este negro de rostro melancólico, que al momento del poncherazo cierra los ojos, tanto que le advierte la fotógrafa que no los cierre. 

En este número puedo rastrear, sino el escrupuloso cuidado del negro con sus dientes, al menos su ocasional reclamo de asistencia ante mis odontólogos. Al menos ya no se las ve con teguas que, ante el mínimo dolor, sacan muelas a troche y moche. No, ya estos mis dentistas hablan de endodoncia y ortodoncia.

En su archivo de anécdotas extractadas de los cuadernos, el negro conserva un aparte bajo el rótulo de "Odontólogos". En uno de estos apuntes lo veo llegar al bloque 22 al mediodía, dirigirse al consultorio, esperar en la antesala. Mientras la auxiliar lo atiende, el negro piensa en los incisivos de Lucy.

El carné estudiantil, ese pequeño documento plastificado, de puntas gastadas y abarquilladas, de manera expedita, establece una identidad cotidiana entre el negro y esta vieja dama. Simplemente, un muchacho. Un Quentin, un Shreve, un Charles Bon, un Henry Sutpen, un Philip Carey, un Edmundo Halley (este último estudió en mis homólogas The Queen's College y St Paul's Junior), un Isaac Newton, un Ludwig Wittgenstein. 

Tiene qué hacer, estudiar una lección. Pero antes va a la cafetería por un tinto, algún pan. Luego busca una mesa de estudio, un cubículo, y se absorbe. Otros muchachos hacen lo mismo. No dejan escapar la oportunidad ganada en rebatiña. No son delfines, fichas de recambio en el poder. La relación incestuosa de Quentin con su hermana, lo lleva al suicidio. La relación adúltera del padre del negro con Ana, lleva a este al ostracismo en su propia familia. Es el distinto. 

Verdad, se pregunta, ¿de dónde esta pasión por convertir la experiencia en escritura? ¿Cuál es el espejismo que persigo, esa concha nacarada que me guía con su destello? Kafka ve el cometa en 1910, yo en 1986. El cometa me propulsa a las aulas universitarias. En ese espejismo que cruza el cielo (la cola de millones de kilómetros), engarzo mi anhelo de redención. Una chispa desprendida del Halley, Mario Escobar, que en su programa de lecturas pondera a Faulkner, Absalón, Absalón.     

                    

miércoles, 22 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 61)

¿Qué se hace la máquina de escribir? ¿Quién la encuentra? ¿Trabaja en ella? ¿Es decir, le da utilidad? Si la encuentra un bibliotecario, un estudiante, un tinterillo, un escritor: bien empleada. No así si la encuentra un chatarrero, la desguaza y la vende por kilos. Digamos que algunas de las piezas van a parar a Maravilla, la obra de arte de Gallo: un rompecabezas de ruedas dentadas, antenas, alambres, imanes que Gallo, El genio de la chatarra, exhibe en mi acera, junto al tendido de Miguel, el gacetillero. "Al que sea capaz de armarla, de la doy". Nadie hace siquiera el intento. Entonces Gallo, pidiendo una moneda o un cigarrillo como paga anticipada, comienza a armarla. 

Miguel, en puridad de verdades, nunca pasa por mis aulas, quiero decir, en carácter de estudiante inscrito. Pero nadie más universitario que Miguel, Luis tiene razón. Miguel se lucra cuanto puede de mi actividad cultural: conciertos, exposiciones, grupos de lectura. Siempre que puede deja sentir su voz sosegada en la expresión  de sus ideas. También se lucra en lo gastronómico: almuerza en la cafetería de Deportes. Conocimientos generales posee por montón, por su oficio se entera de las noticias del día; selecciona las que considera más importantes para alimentar las pizarras del vallado. Así que debe hablar con buen criterio. 

Al lado de Maravilla, Gallo muestra un desleído recorte de prensa donde lo entrevistan, un reportaje al Genio de la chatarra. Miguel sí que sabe de prensa y de noticias, desde hace décadas es mi informador sin credencial, mi periodista informal. Mi valla externa es el sitio donde sujeta sus cartulinas y pizarrones. Allí, con su tiza, publica el dato del concurso de cuento en que el negro goleó. Es un certamen nacional, el negro es famoso por cinco segundos. Ada, la hermana mayor, lo llama: "hermanito, escuché la noticia en la radio, te felicito, estoy orgullosa de ti". Llorando, empieza a hablar de la Royal, cómo ella puede atestiguar cuánto aporrea su hermano esa bendita máquina de escribir, cómo la lleva al técnico cada vez que se descompone, y cómo sufre cuando se demoran en el taller; también puede atestiguar cómo mantiene un paño para limpiarla y cómo compra el repuesto de la cinta y lo repone cuando es necesario.

El negro no atina a darle la Royal a Maecha, que harto la necesita. Cuando le atacan esos impromptus minimalistas no hay nada qué hacer. Es demasiado impulsivo. Luego se arrepiente, pero es tarde. Maecha recibiría la Royal de buen grado, tal como recoge de la acera la colección de longplays  de la Sonora matancera que el papá del negro, en un rapto vesánico, arroja a la basura. Maecha, que es melómano, sin pensarlo se hace con la discografía completa de la de Matanzas.

Un bibliotecario juicioso le da buen uso a la Royal. Comienza por conseguirle un estuche y la instala en su escritorio, en posición privilegiada. Con la Royal mecanografía los stickers de la clasificación de los libros, Sistema Dewey y esas cosas.

Un escritor, digamos Maecha, también le da buen oficio a la Royal del negro. ¡Con el primor que el negro la cuida! ¡Si la tira entera! Gozoso, Maecha escribe sus relatos en la Royal. Atrás quedan los días en que escribe en una máquina destartalada (una Remington Standard) que encuentra en la chatarrería de sus primos, en Cundinamarca con la Oriental y la Paz. Maecha se gana unos pesos haciendo de vigilante de la chatarrería en las noches: café va, café viene, sus dedos manduqueando el teclado y El hijo de los dioses naciendo con la olla del centro como entorno espacial y el corazón de Maecha como circunscripción espiritual. 

Si es un tinterillo quien se hace con la Royal, cuántas actas y declaraciones  y oficios. Calibío, tantos años honrada con la labiosidad jactanciosa del papá del negro, asiduo a la heladería La montaña (oh, Moisés), ahora es doblemente honrada por el festivo canturreo de la Royal. 

Si es un tinterillo industrioso no se ve afectado por los nuevos tiempos y las nuevas tecnologías. Para los oficios que requieren el signo arroba (del que carecen las máquinas viejas), encarga la tecla a un técnico de armas tomar, un baqueano, quien acondiciona la tecla de arroba y listo: "dígame su correo electrónico, ya está, sigamos". Así de fácil. 

Todos contentos: el bibliotecario, el escritor, el tinterillo; también el negro, que hace de la felicidad ajena la suya propia. Así, el viaje de la Royal se parece, guardadas las proporciones, al Viaje del elefante de Saramago. Si el cornaca Suhbro recorre de Portugal a Austria, pasando por España e Italia, la Royal del negro trasvasa del apartamento a Calibío, a una chatarrería, etcétera.

Pero no es allí donde termina el real recorrido de la máquina de escribir del negro. El negro, a ciencia cierta, continúa escribiendo en ella, nunca deja de hacerlo. Así como un tiempo verbal detiene la acción en un presente infinito ("el negro escribe"), así el negro prosigue escribiendo en su Royal por los siglos de los siglos. Si escribe una vez, escribe infinitas veces.

Y hablando de esto, el negro se dice que nunca escribe un cuento a sus adorables amigas Aída y Tita. Quizás alguna vez se lo encarecen y él se hace el despistado. 

Hoy, tras tanta agua que corre bajo el puente, sin que ni Aída ni Tita se lo encarezcan, escribe sobre ellas. De Aída escoge la anécdota de la tarde en que lo lleva a su casa, presentándole a su madre (Amanda Sonia) y a su mascota Pastora, una lora mimada.

De Tita escoge el reencuentro en Troncos, luego de tantos días sin verse. El desánimo que agobia al negro se trueca en alegría. Comparten de las dos a las cuatro, yendo de Troncos a Artes, de Artes al 12, del 12 a la cafetería de Economía, donde Tita bebe una píldora contra la cefalalgia. Se despiden a la entrada de los baños del 9, donde ella, que trae el cepillo en la mano, asea sus dientes. El negro, a su vez, entra al baño y orina.

Camina hasta Policlínica y entra a una cafetería, compra un pan y lo guarda en la mochila. Mientras está allí, bebiendo una gaseosa, recuerda el encuentro con Álvaro, un vecino de Bello, en mi plaza Barrientos, momentos antes de verse con Tita. Hablan de Cature, otro hermano del negro. "En el día no hace nada y en la noche descansa", se burla Álvaro, cosa que al negro no le hace ninguna gracia. Olvida el incidente. Se antoja de un rollo y lo compra y lo engulle con el resto de la bebida. Paga con el flamante billete que Tita, momentos atrás, le presta.

Cruza Barranquilla y se embarca en el bus de Circular.        

lunes, 20 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 60)

El cometa Halley, mayo 18 de 1910, Kafka escribe en su diario: "noche del cometa". En 1986, febrero 19,  hay otro día del cometa Halley. El negro recién sale del colegio, de su moldeamiento lasallista, que él se resiste a que sea moldeamiento del todo. Pelea con los curas. Se dice que si en mis predios hay una monja, también debe haber un monje, y se empeña en buscarlo. Si la monja tiene antena, el monje tiene chucha, como dicen en la costa: vagina.

Ese breve apunte de Kafka en el diario. El cometa no le suscita mayor curiosidad. El resto del apunte: "he estado con Blei, su mujer y su niño; a ratos, saliendo de mi interior, he oído algo así como el gemido de un gatito, incidentalmente, pero con indudable insistencia". Y el negro a punto de cumplir veintiún años, estudiando para mi examen, enfocado en la lengua materna, en ese módulo de Rito Llerena, lo mismo que en talleres de pre-Icfes, etcétera. Por esos días ve en la tele el estallido del Challenger. En marzo presenta el examen y pasa. En julio comienza a estudiar. Es cuando lo conozco, cuando nos conocemos de verdad. Luego viene el Mundial de México, donde Argentina se alza campeón. 

El Halley, es el fin del mundo. Entre el 18 y el 19 de mayo de 1910 nuestro planeta cruza la cola del cometa, y el mundo contiene el aliento. Se teme al cianógeno, uno de los gases que componen los cometas. La bóveda celeste exhibe la cola de millones de kilómetros. Sondas espaciales (Vega, Giotto) salen a estudiar el Halley. 

Y Kafka solo hace esa anotación: "noche del planeta". 

El cometa 26P/Grigg-Skellerup, 1992. La sonda Giotto sale a su encuentro, llega a una distancia de 200 kilómetros, pero no puede tomar fotos, pues algunos de sus instrumentos se dañan al paso del Halley años atrás. El próximo acercamiento de este cometa al Sol, en diciembre de 2023, no es tan acercamiento como todos deseamos: pasa muy lejos. 

El negro toma apuntes en su cuaderno: entre las anotaciones de sueños y visitas a mis predios, aparece, pues, una anécdota sobre este cometa, el 26P/Grigg-Skellerup. Una simple anotación en la margen superior de la agenda. 1992, está a punto de recibir el título, está harto de mí, con ganas de terminar y salir al ruedo, a la liza con la tiza. y demás recursos didácticos: rotafolio, VHS, objetos oscuros, películas, fotografías, pizarrón, etcétera. Le incordian los viejos rostros de la carrera, en ocasiones hasta Aída y Tita.  

Uno de sus apuntes sobre mi entorno, reza: "Nora, la profesora de natación, estudia Química. Varias veces me cruzo con ella en el campus y cambiamos un saludo. Blanca, joven, gruesa, anchas espaldas, amable. Nora, un nombre de mi gusto". En seguida, en la margen superior de la hoja, corrige: "Dora". Un punto encerrado en un pequeño círculo al lado de la palabra a corregir y repetido en el margen superior, conecta los referentes: "Nora", "Dora". ¿Líos con mujeres? De una "N" a una "D", qué de historias puede haber, algún romance, una ruptura. El paso de un cometa que promete asombro y que, a la postre, no lo es tanto. La vida que se reacomoda, que hila aquí y desteje allá, como una plácida Penélope. Los lapsus que pueden causarnos un apuro cuando menos lo esperamos, una "N" por una "D". "¿Quién es Nora?" Bueno, entonces el negro tiene que hilar, hilar fino, porque de lo contrario el asunto se complica. "Nora es esa muchacha de la universidad que trabaja de profesora en una escuelita, que hasta debe cantarles a esos pobres niños". La parte interesada no queda muy satisfecha, pero el negro capea el temporal. Por supuesto, son Noras distintas. 

Edmundo Halley, astrónomo y matemático inglés, cataloga las estrellas del hemisferio austral. Desde el hemisferio boreal no pueden verse sino ciertas estrellas. Hay que darse un paseíto por la región austral si quieren avistarse otros conglomerados. Edmundo viaja a la isla Santa Elena a estudiar el cielo. Es amigo de Newton. Llega a la dignidad de astrónomo de la corte. Dirige el observatorio de Greenwich hasta su muerte en 1742. Halley hace el cálculo de la órbita del primer cometa reconocido, que lleva su nombre: 1P/Halley (donde "P" quiere decir periódico). Vaya, vaya, murmura el negro, diciéndose que el cometa influye, de algún modo, en su ingreso a la educación superior. Vaya, vaya, y luego el encuentro con esos cometas llamados Natalia Pikouch, Hernán Botero, Tita, Luis. La Tierra cruza la cola del Halley cuando Kafka realiza aquella breve anotación en su diario; igualmente, 76 años después, cuando el negro estudia para presentar el examen que lo aterriza en mis landas. 

     

       


domingo, 19 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 59)

No seas tonto, negro. Esos números con que te salgo al paso en la fachada de los bloques (la pancarta metálica, verde sobre blanco) no son una invitación a que juegues lotería. Recuerda que la superstición es arreada de aquí nada más asoma los orejas. Sí, eso es lo que pregono. Aunque, déjame pensarlo. Sí, por algún resquicio se cuela la duda. Esos números enormes (verde sobre blanco) son acaso una ruta que te señalo para que emprendas tus búsquedas. Claro, juegas el chance, inviertes buen dinero, y el chasco es el premio. Tras mirar el resultado, haces picadillo la papeleta. Traes los fragmentos en la mano hasta la cafetería, donde te desembarazas de ellos. 

Apuesta a la literatura, no a la lotería. ¿Ambas son azar? Bueno, es cuanto puedo decirte. No prestes atención a mis espejismos, son como los abalorios con que el conquistador engaña a los indígenas. Sí, parecen una revelación, te deslumbran, como Lucía y su budismo (lee la historia de Buda en inglés). La nitidez de los números en la pancarta (verde sobre blanco). ¿No reparas en que es un día soleado? Hasta el objeto más apagado refleja luz. Tal nitidez, tal concreción, parecen un llamado de la fortuna. Tonterías. 

Tampoco es que sean solo números. Acaso son una ruta: entras por Barranquilla e ingresas al túnel del bloque 1; prosigues por el 7, desembocas al 8, miras a la derecha y ves el 5.

En el baño del 1 siempre hay esas pintadas rebeldes aquí y allá; por los rincones hasta donde llegan con los grafitis, los artífices parecen artistas del trapecio, al estilo kafkiano o del hombre de goma.  ¿Cómo trepan hasta allí? De este baño ves salir a los capuchos a las pedrizas. Es el más cercano al jaleo. El del 9 también les sirve. El piso queda sembrado de piedras. Una vaga prehistoria se enseñorea del ambiente, una niebla de eones. Un baño es peligroso, en lo ideológico, también en los olores, vaya; esas tosecitas de los tipos sentados tras la puerta ante el ingreso de cualquiera, delatan nuestra triste (y también nuestra madura) condición. Esas tosecitas marcan territorio. "Ocupado", es lo que quieren decir. Sobra decirlo, elocuencia del olor. 

En el 7 aprietas esa vez a aquella muchacha, esa locuela. Sientes en tu cuerpo los turgentes senos y la huérfana arepita. No entiendes qué hace el profesor de Morfosintaxis en el 7, en Ciencias Exactas y Naturales, pero hasta acá vienen en su busca. Quién sabe cuáles sean las vueltas de un profesor en un día. Bloom se queda corto. Cuánta sensualidad alborotada, dispersa, sin sentido. Y la sensualidad reprimida, clave de tanta sublimación, de tanto arte. Bloom escudriña el revés de la escultura de la diosa a ver si tiene ano. Te sientes un tonto acompañando a la chica al 7, pero al menos consigues un contacto, olerla, como una bestia; apretarla, como aprieta el zoquete de madera una puerta.

El 8, lo piensas a menudo, es mi mecanismo circular, mi reloj, mi engranaje, el corazón de la galaxia. El péndulo. Así como nacen nuevas estrellas, otras colapsan. Cómo es que la sala de Audiovisuales, localizada por años en el cuarto piso, viene a dar al sótano. Toda esa memoria audiovisual a las catacumbas. Recuerda esa novela de Saramago, La caverna. ¿Qué existe antes en el emplazamiento en que hoy me levanto? Saramago emplaza la caverna platónica en el subsuelo de un supermercado. El negro mira La guerra del fuego en el sótano, cuando, durante el pregrado, ve el mismo filme en el cuarto piso. En la época de estudiante apenas se percata de que hay un sótano. En estos días el acceso estaba clausurado, aquello era una cueva de murciélagos. El tiempo es circular, una serpiente que se muerde la cola. Helver, el empleado del cuarto piso, acaba su tiempo laboral en el segundo, atendiendo la sección de Referencia. Solo unos meses, antes de pensionarse por límite de edad. Es en el segundo piso, precisamente, en la sección de Referencia, donde Mónica trabaja. Donde el negro, esa vez, descubre que su dedo sangra y mancha el libro que tiene ante sí.  

El 5, a la derecha, donde está el mural de Benkos Bioho. Cuántas clases ves en ese salón del primer piso, al fondo, junto al parqueadero. Aquí, en el 5, Piedad y Adriana exhiben su expendio de ropa. Un  almacencito ambulante. Mientras llega la otra clase, a la orden, bien pueda, antójese. Ropa, también cosméticos. Maquillaje, lo que más sale. Estucas la cara y enganchas al tipo. Buen sistema. Por este pasillo, echando hacia el parqueadero, recuerdas a una muchacha ciega. ¿Cuántas veces te cruzas con ella? Incontables, como las nebulosas que ni el Hubble logra avistar. ¿Un flirt con una ciega? Nunca. Con una embera sí, con una negra, con una coja, con una albina, con una señora de ochenta años, con una escoba, lo que se mueva, a todo le tiras. ¿Con una monja? Pero la monja tiene antena.    

La fachada oriental del 1 con pintadas de este profesor y aquel alumno muertos, alegato del ciudadano, del estamento académico, contra las fuerzas oscuras. Rostros y nombres de muertos gritan desde los muros. El aerosol y la pintura conjugados con la impotencia y el alarido. El color reptando por los paramentos de los bloques, dibujando una selva de gemidos, una intrincada galería de dolor. Un profesor, una líder comunitaria, un estudiante, entretejidos en la resistente malla del día a día, de la evidencia, del recuerdo, del no olvido.

Los nogales, dos, en el jardín del 7, por la veredita que comunica ("comunica" es casi "Mónica") con mi plaza Barrientos. Los nogales de tronco enhiesto, de ramaje alto y ralo, que el negro no tiene dificultad en identificar, mientras piensa en Mónica y el otro nogal, el de Troncos, con su bocatoma y su vereda hacia el 11, en ese jardín en que también hay almendros. Cuando uno reconoce un nogal entre un conjunto de árboles es que nos hemos dado a la tarea de entender lo que es un nogal, lo que es un árbol. No desde un enfoque científico, desde el prurito taxonómico, sino, más bien, desde el sentimiento.

En el exterior del 8, próximo a la explanada frente a Troncos, en las mesas de estudio, es donde el negro se sienta a consignar este apunte: "Estuve en la fotocopiadora Utopía, desde allí vi el 'No vote, luche' en la fachada del 10, lo mismo que el grupo de dracenas del jardín".  

"No vote, luche" en el 10 y Benkos Bioho en el 5, preguntarse hasta dónde lleva la rebeldía del negro, qué cariz toma conforme los años pasan y las realidades (desde las de su cuerpo hasta las de la coyuntura política) se transforman. Platón critica las revoluciones, en tanto Aristóteles las considera parte de las fuerzas que moldean los gobiernos. En este sentido, el negro es aristotélico. Platón reivindica el Statu Quo, la monarquía. Así hable de un rey-filósofo, reivindica la monarquía.                   


sábado, 18 de octubre de 2025

monólogo de la u (novela, cap. 58)

Mariamulata, María de Milton Nascimento. Monologar, hablar, entre el frangollo, decir:  

"Me llamo Mónica". 

"Y yo, Marcos". 

"Mucho gusto, ¿quieres probar mi café? ¿No? ¿Ya tomaste?" 

"Sí". 

Esta es una de las posibles ocasiones en que Mónica y el negro se conocen. La del curso de Fonética y la del pasillo de vicedecanatura (en el tiempo de ajustes de matrícula) quieren prevalecer. Pero a mí me encanta esta en que el negro, metido de lleno en su carácter, deniega la oferta de Mónica.

Vuelvo y digo, ¿quién es esta Mónica entre tantas posibles Mónicas? Así como Mónica es una estudiante de Idiomas, también puede ser esa señora que viene al gimnasio de vez en cuando, que saluda a este y aquel y que, al quedarse pensativa, tiene cara de chiflada. Tantas Mónicas. 

Mónica es casi "muñeca", es casi "comunica", es casi "Ulrica".

Mariamulata es ese pájaro (una mariamulata es un pájaro, ¿y una paloma qué es?) que el negro ve aquel amanecer de Arboletes, cuando se va a la playa con su cuaderno a escribir con el resuello del mar en la cara. Mariamulata también es la escultura de Grau en la explanada junto al 16. El negro me cuenta que en el atrio de la iglesia de La pintada (bañada por el Cauca) hay una réplica de la escultura de Grau: Mariamulata.

María es Lucía en Nueva York viendo el concierto de Milton Nascimento en el Madison Square Garden: El jardín de la cuadra de Madison. James Madison. Cuarto presidente de los Estados Unidos (1809-1817). Una cuadra completa para el viejo James. La cuadra, ese libro de Gilmer Mesa tan bien vendido. Lucía estudia Idiomas. "Mucho cuidado con quién te juntas" dice Aída un día al negro al verlo venir por el museo con Lucía. Gilmer Mesa con su cuadra (como el viejo Madison). ¿Ya es presidente de Colombia? ¿Qué número? El primero es Bolívar. 

¿Por qué esa antipatía de Aída con Lucía? Lucía vive cuatro años en Estados Unidos. Es vegetariana. Ama a Queen y, por supuesto, a Milton Nascimento. "La peor crueldad del género humano", dice con respecto a la dieta carnívora. Es cierto, piensa el negro, sin que por esto se afilie al vegetarianismo. Se siente muy mal cuando los furgones que transportan alimentos se detienen frente a las carnicerías, y los operarios de ensangrentados uniformes cargan en hombros cuartos enteros de cerdos sacrificados. Sí, es la peor crueldad. También cuando en la calle (precedidos por la delatora vaharada que obliga a respigar a todo el mundo) ve pasar los camiones de las granjas porcícolas con sus rosada y múltiple carga de lechones. La peor crueldad. Y cuando, al almorzar, engulle jugosas tajadas de carne. La peor crueldad. En estas ocasiones, piensa en Pitágoras y en Bernard Shaw y, por supuesto, en Lucía. ¿Cuando será, al fin, consecuente? Un día decide ser vegetariano. Claudica antes de un mes. 

El negro encaja en la frase byroniana: "mi corazón se posa en la primera percha que encuentra". Lucía le gusta. Esa tarde en que pasean por los alrededores del museo (¿buscando a Lucy?) cambian teléfono. "Doy culo, Patricia, llámame", "la universidad tiene Sida", ¿qué tiene que ver Lucía con todo esto? ¿Es Lucía quien escribe esas pintadas en el baño? Lógico, no va a estampar su nombre real. Patricia es el nombre de combate.

Esa antipatía de Aída por Lucía, como si la conociera de sobra, como si le supiera las andadas. Dos periodos para el viejo Madison, ¿cuántos para Gilmer? Garfield, el reventado a tiros por Guiteau, no completa ni uno. Bolívar escapa de milagro, salta por el ventanal, se esconde bajo un puente, huye por el Magdalena.

Con Lucía no llega a nada, cuando más una llamada (Luis diría "una mamada, un guaguis", es lo que le encanta). Le presta a Lucía el libro de los cuentos de García Márquez y casi no se lo devuelve. (Tita y Una temporada en el infierno. ¿Es esto un pleito? ¿Un embozado pleito contra Tita a través de doscientas páginas? Pilas, negro. También a ti hay quien te traiga al banquillo.) Amarrarla con un libro, muy kafkiano. De nada te vale el libro, negro. Tu número enmohece en la libreta de teléfonos de Lucía. Esa vez en que ella sale del Camilo tras ver un vídeo de Queen y se encuentran en Troncos. La tratas con malignidad, sin necesidad. 

"Cuando te conocí me deslumbraste, pero luego el deslumbramiento pasó". 

"La primera impresión es la que vale", responde ella, traviesa, con ese desvalimiento en el rostro, como si estuviera enferma, con un mal que la roe. 

Con esta réplica vuelve a ganarse su corazón. Sí, la primera impresión es la que vale.           

Monólogo de la u (novela, cap. 57)

Si no me canso ya del parloteo, pregunta el negro. ¿De cuántos capítulos es la hilada? Soy un telar, hilo de continuo. Así es que surge el tejido, hilando. 

La universidad galáctica, me habré ganado este mote cuando acabe este monólogo. Es verdad, sueño con la Vía Láctea y el Sol en su costado, como una espada flamígera. El ángel que guarda el Paraíso. ¿Cuál es el origen de la palabra "galaxia"? Una galaxia es una nebulosa estelar, un gran sistema. Del griego "leche". Hera derrama la leche al alimentar a su hijo Hércules. La Vía Láctea. Por extensión se denomina "galaxia" a toda nebulosa estelar: Andrómeda, La nube de Magallanes. Son incontables, algunas no descubiertas aún, a pesar del poderoso telescopio espacial Hubble, que orbita la Tierra y presta tan buenos servicios a los astrónomos. Algunas están bautizadas con nombres propios: El lebrel, La virgen, El triángulo, El cigarro, El sombrero. Otras se identifican con números, de acuerdo al New General Catalogue, de John Louis Emil Dreyer, 1888. Una clasificación de objetos de cielo profundo: NGC 6543, NGC 7662, NGC 6826, NGC7009. Pura fantasía. 

Me relamo. Sí, por eso es que me mantengo parchada por acá, cerca a la facultad de Ciencias Exactas y Naturales, velando el pregrado de Astronomía. También estoy a un paso del planetario. Salgo por oriente, atravieso la Avenida del Ferrocarril y listo. A mirar el cielo.        

¿Cuál es mi equipo galáctico, mi Real Madrid? El negro es futbolista y me ayuda con la formación. Un equipo mixto. En la portería, Miguel; defensas centrales, la ucraniana y Mario Escobar; laterales, Luis y Tita; centrocampistas, Aída, Hernán Botero y Terry; delanteros, Tálaga, Maecha y el negro. La suplencia es numerosa y tan excelente como la titular. Alcántara hace de oxigenador, esto es, de aguatero. Nos alzamos con la medalla dorada en todo torneo interuniversitario que se atraviesa. Mi equipo estelar es invencible. Comenzando con los poemas de Luis, siguiendo con los ensayos de la ucraniana, etcétera.

Sigo al negro en sus momentos de futbolista. En los semestres iniciales intenta formar parte de la selección universitaria. Un mediodía, luego de la clase de Literatura rusa, atiende a la convocatoria, la primera práctica. Se esfuerza en su performance, ansioso de que el manager se fije en él y lo tenga en cuenta. Sale rumbo a las duchas y a la clase siguiente, donde no da pie con bola, por el cansancio extremo. Es una decisión importante: opta por no volver a las prácticas. No puede estar con medias tintas. Se consagra de lleno al estudio. 

De tarde en tarde se da un paseo por las canchas y observa el entrenamiento del seleccionado, diciéndose que él muy bien puede estar en el equipo, pero decide entregar todas sus energías a la academia. El deporte para los ratos libres, sin apuros de tiempo ni exigencias de un manager. 

Se da una vuelta por la zona deportiva, y de vez en cuando pide juego y se suma a un partido de carácter informal. En una de estas ocasiones, una tarde, alterca con un contrario al que apodan Andino. Este se queja de que el negro cae muy brusco. "Eh, negro, ¿está boxeando, o qué?" Creo que esta anécdota la trato ya en algún lado. No importa. Bien, el asunto no pasa de ahí. Otro jugador exhorta al negro a que no preste atención al Andino, que juegue como sabe. En fin, trata al Andino de chillón. 

Otra tarde el negro estudia por Ingeniería. Luego, ansioso de estirar los músculos y echar fuera de sí el aburrimiento, presta un balón en Deportes y se va a la cancha a hacer chutes. Se acerca un primíparo, un muchacho llamado Felipe. Es de Pasto, está recién desempacado en Medellín, estudia Ingeniería. ¿Le da juego? Claro, hombre, ni más faltaba. Entre chute y chute, gozan de una charla amena. Felipe es un chico tímido. El negro le anima, le habla bellezas de mí (¿ya conoces la biblioteca, el museo?), le cuenta un poco de su vida. Es una tarde soleada. Solo ellos dos practican en el enorme y verde campo de fútbol. El negro piensa en Smith, su hermano. Aquí puedes estar, como Felipe, estudiando una ingeniería, echando los bofes con las matemáticas, oxigenando la vida con deporte. Aquí puedes estar, mirando nuevos horizontes a la existencia. ¿Quién dijo que no puedes?

Un poco enternecido, nostalgioso (oh, Wito) de sus tiempos de novato, el negro se despide de Felipe, devuelve el balón y se va al Gatopardo a escuchar salsa. El mulato aporrea la conga en la pintura de la pared. El rostro dicotiledóneo, como una semilla de poroto, expresa las distintas fases del espíritu, cuando está en reposo y cuando está bajo el efecto de la música telúrica. La salsa, esa onda expansiva, cuyas radiaciones deben llegar hasta Andrómeda, nuestra vecina más cercana.       

                

viernes, 17 de octubre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap.56)

Escenas diarias en mi mundo, el hurto de un libro, un libro con dedicatoria, un libro perdido, el préstamo de un libro, un libro no devuelto, la compra de un libro, un libro rayado, la edición de un libro, un libro en barbecho, la apuesta de un libro, un libro canjeado, el encuentro de un libro, un libro olvidado, la sentencia de un libro, un libro comentado, la gloria de un libro, un libro maldito, un libro suelto, un libro encuadernado, un libro archivado, un libro en conserva, un libro entre libros, un solitario libro. 

El Hamaquero entra a buen paso en este escenario libresco. Bastón en mano, desciende la escalera de la estación Parque Berrío. Suéter rojo, morral negro a la espalda, bluyín, zapatos de goma cafés. Más calva que hiladas de cabello cano. Andar lento (acaba de llover) debido a los charcos y el piso mojado. No resbale y caiga, como el tema de Fruko y sus Tesos. Se aleja entre el gentío, cruzando el parque: músicos, lustrabotas, vendedores de café. Cambia de mano el bastón. Cruza Palacé. 

Sea como sea, es un símbolo del libro, una figura reconocida en el cotarro del impreso, como lo es Miguel en la liza informativa. Tiene un puesto en el centro librero del pasaje La Bastilla. Hacia allí se dirige, sorteando las calles húmedas, el aire ensopado y lóbrego: los toldos, los árboles, la gente, el tráfico. Este hombre viejo, cojo, que se apoya en un bastón. Cojos, de refilón: Terry, Ignacio, el Hamaquero. Panzudos: Elkin Restrepo, el Hamaquero, Judith, la amiga de Tita. Es bueno volver sobre mí misma. Traer a primer plano los personajes de marras. Que el recuerdo se torne recuerdo del recuerdo. Negros: el negro, Miguel. 

Con su barba canosa y su vientre abultado, el Hamaquero camina rumbo a la bodega del libro, a un día más de trabajo entre sus colegas libreros, a ese paraje largo tiempo trajinado. Cuántos trajines. Hasta donde sé vive en Copacabana. José Manuel Arango, el poeta, también vive en Copacabana. El negro vive en Bello, esto es, a un paso de Copacabana. Sí, es cierto, me gusta pronunciar la palabra "Copacabana", por eso de que suena carioca. 

Trajina, pues, del cercano norte al centro, cada día. En caso de que aún viva en Copacabana, quién quita que se haya mudado. Puede que hoy viva en Bello, incluso más central, Belalcázar, Tricentenario, Sevilla. Frente a mis predios, del lado de Barranquilla, construyen edificios de apartamentos, cuántas torres: puede que el Hamaquero viva ahí. 

Se cruza con el negro en la escalinata del metro, uno desciende, el otro asciende. No se saludan. No son amigos, con todo y que coinciden en tantos lugares, en esta Medellín, por tantos años, entre libros hurtados, con dedicatoria, perdidos, prestados, devueltos, comprados, rayados, editados, en barbecho, apostados, canjeados, encontrados, olvidados, sentenciados, comentados, glorificados, malditos, sueltos, encuadernados, archivados, conservados, hermanados, solitarios.

Es una lamentable fatalidad, casi una vergüenza. Ruinas de hombres y todavía tantos recelos, vanidades, prevenciones. La vida se las arregla para mantenerlos alejados, así como se las compone para amistar a otros. Estos dos se han mirado por el rabillo del ojo hace años, como dos enemigos, como dos ladrones que se conocen bien y se evitan a muerte, definiendo al milímetro el territorio de sus maldades. 

Estúpido recelo, ciega desconfianza, burdo egoísmo. Un perfil labrado a base de hablillas, que genera mutua precaución, porque ni siquiera puede llamarse desconfianza. Alguna vez, en alguna feria, una palabra cruzada, una pregunta sobre un libro, una respuesta formularia, mercantilista, y en seguida la reserva a discreción, cerrando filas de nuevo. La simulación forma parte de esta conducta. Se finge no conocer al otro, no saber quién es, qué hace. Ni siquiera vale el certificado de identidad con que los ligo. ¡Son míos! Son udeáticos. Cómo pueden ser tan hijueputas. Extraños, cautelosos, siguen su marcha por esta Medellín extraña, cautelosa. 

El Hamaquero es una imagen del libro, de su utilidad, de su comercio, de su banalidad. "Librería el Hamaquero". Este hombre avejentado es una librería ambulante. El morral a la espalda revienta de libros. Desde el torniquete y luego al ascender la escalera rumbo a la plataforma, el negro retarda el paso para verlo avanzar penosamente entre el frangollo del Parque Berrío. El suéter rojo con capucha, abierto al frente, semeja una bandera libertaria. 

¿Es casado? ¿Tiene hijos? Luis no tiene buena opinión del Hamaquero. Lo considera uno de esos tipos que se labran una fama de doctos sin serlo realmente, porque deslumbran a dos o tres novatos que luego lo ensalzan. Y el tal, en adelante, vive de un honor infundado. Pese a vivir toda la vida entre libros, tampoco es que sean buenos lectores, más bien lo contrario. Hablan de dos o tres autores, pero sin demasiada profundidad, con frases hechas. Quizás son más una desgracia que una honra para el mundo que pretenden representar, el del libro. Son más mercachifles que otra cosa. Adocenados, rutinarios, no despiden una chispa de autenticidad ni aunque la roben de los otros. Les falta el garbo y la largueza de los espíritus nobles. Se trenzan en rebatiña por migajas. Aun así, son altaneros y exigen que su palabra sea acatada. Son como esos libros robustos y raídos, que la negligencia salva del tacho de la basura.    


    


         

Monólogo de la u (novela, cap. 55)

Carlos (el popular Caliche) obsequia un libro a Mónica. Hay que decir que son novios y que el disparate del amor nos vuelve detallistas, seres irreconocibles. Carlos, pues, obsequia un libro a Mónica. Por decir algo, el I Ching. Mejor uno de Cortazar, o de cualquier otro escritor del Río de la Plata. ¿Por qué no Martín Fierro? ¿Don Facundo? Uno de Silvina Ocampo. Cualquiera que sea el libro, Carlos le escribe una dedicatoria. Cuando Mónica se marcha a estudiar la maestría al exterior, el papá renta su habitación a un universitario. Allí hay libros de Mónica. Mónica los deja embalados en cajas, pero están ahí. Quiere encontrarlos en su puesto a su regreso. El estudiante comienza a vender los libros, y uno de estos, precisamente el obsequiado por Carlos (ahora ya no son novios, pero la amistad perdura) viene a dar a la librería del Hamaquero. Todavía el Hamaquero no tiene su puesto en el centro librero de La Bastilla, sino en Barranquilla, junto al Gatopardo. Carlos, que es inquieto con la literatura, más en el rol de lector que otra cosa, un día entra a curiosear en la librería del Hamaquero. Para no darle vueltas al asunto, se da de bruces con el libro. No puede creerlo. Es inadmisible. Para dar una lección a Mónica (por supuesto, Carlos ignora el tejido de la historia), compra el volumen nuevamente y espera a que Mónica retorne a la ciudad para obsequiarle el libro por segunda vez, con el respectivo reclamo. Esto es lo que sucede. 

Lo que ocasiona la indelicadeza de un inquilino. Mónica regresa del exterior y, además de hallar su biblioteca disminuida, enfrenta la reprensión de Caliche. No creo que el estudiante extienda por mucho tiempo su estada en casa de Mónica. Cuando esta regresa, ya no hay rastro del tipejo, como no sea un infame rastro. Individuos como estos no son de grata recordación. Todavía acepto que me bajen de mis libros, pero para leerlos, como hacen Tita, el negro, y muchos más. No para venderlos y pagar unas cervezas. Me bajan de mis libros, a pesar de todos los esfuerzos de la directora porque esto no ocurra. Hace bien su trabajo. Ella misma sabe que no es pera en dulce cuando afirma: "tengo una fama perversa". Pero hace bien su trabajo. El desagüe mejora con la detección electrónica. Sin embargo, la cifra anual de libros perdidos es considerable. Los usuarios son muy frescos. Sencillamente, no los devuelven. Los dejan perder, los embolatan. No valen las sanciones. Prefieren perder el servicio a responsabilizarse. La biblioteca es mi alma, mi corazón. Cuando me bajan de un libro (oye bien, negro) es como una puñalada en el centro. Una puñalada eleve. 

¿Ingratitud? No sé cómo llamarlo. No hay que apresurarse a llamarlo de algún modo. La cosa no es tan fácil. Cuando Tita me baja un libro no puedo tacharla de ingrata. Tita devora el libro, entra en un canje de pasión con la lectura. Por otra parte, cualquiera que me baja un libro, de algún modo, ejerce una voluntad; una voluntad en contravía con mi voluntad, pero voluntad al fin y al cabo. Así que tenemos un cruce de voluntades. Unos actos. ¿Censurables? Creo que sí. Ojo, no quiero ser categórica. Voy con tiento. Trato de entender las problemáticas. El negro me baja Una temporada en el infierno; luego Tita baja al negro Una temporada en el infierno. El meollo estriba, pues, en Una temporada en el infierno, no en Tita, ni en el negro, ni en mí. 

Ingrato es el que no vuelve, digo yo. Aquí estoy con los brazos abiertos, esperando. Con los libros de la biblioteca no hay problema, que me los bajen todos, si es el caso. Ingrato es el que no vuelve, el que olvida. Soy franciscana, eclesial, me gusta atesorar. Pero una universidad pública que atesora también es una contradicción. ¿Los libros son un patrimonio? El sueldo del rector también debería ser un patrimonio. Nada de eso. Nada es patrimonio y todo es patrimonio. El enredo estriba en los marbetes, en las clasificaciones. ¿La paloma es un pájaro? ¿Qué es un sótano? La biblioteca tiene sótano. Lo mismo el museo. Al sótano de la biblioteca viene a parar la dependencia de Audiovisuales, ya sin el viejo empleado aquel, Helver (el negro acaba por dar con el nombre, la directora le pasa el dato); en el sótano del museo aterriza la elefante asiática. Llega a la ciudad con un circo, luego pasa al zoológico, por último al sótano del museo, donde la reducen a huesos mondos. El elefante asiático es de menor tamaño que el africano. El bunker de la directora de la biblioteca está en el sótano. También tengo buhardillas, y estas me gustan más. Por la buhardilla de la biblioteca me asomo al tejado y veo la antena parabólica y pienso en Hubble y su telescopio. Una temporada en el infierno, acaso esto sea la vida en la Tierra. Pero yo miro a las estrellas. 

Desde las estrellas abro los brazos y ciño a todos, incluidos los ingratos. Ingrato es el que me baja un libro al no devolverlo, no el que me baja un libro para leerlo con pasión. El negro viene conmigo desde el sótano a la buhardilla, le gusta caminar mis parajes. En el sótano, presta una película, La guerra del fuego, y la directora (o su auxiliar) la proyectan en la pantalla de la pared. El negro mira (otra vez) la película de Annaud. Fuego. Todo esto arde un día, lo sabe Alejandría. Arde con Rimbaud y con el Hamaquero, que hoy por hoy tiene su venta en el centro librero de La Bastilla. Me gusta este nombre: La Bastilla. Veo a Delacroix y La libertad guiando al pueblo. El Hamaquero es al que quiero aludir, después de tanta palabrería, cuando ya no se usa. En un próximo capítulo. Vale.