domingo, 1 de agosto de 2021

Mi maestro XLI

*La mayoría de las personas que leen el nombre en el sufragio a la entrada de la universidad ignora quién es el difunto. Son escasos los individuos para los que el apelativo impreso en el papel representa una entidad reconocible o un recuerdo. Son colegas o ex alumnos del que años atrás fue profesor y que ahora reclama el honor del descanso y la condición del olvido. Año tras año, nuevas camadas de estudiantes ingresan al alma mater, mientras otros, cumplido su periplo académico, se van. Y en este trasegar incesante, que semeja agua de aluvión, se deposita el material de lo vivido y se establecen las generaciones. Estévez era un hombre viejo, próximo a los ochenta. La noticia de su muerte conmueve a un estrecho círculo de familiares y allegados. Veinte años atrás, su figura descollaba en los ámbitos donde hoy es sombra sin reino, memoria desvaída. Un profesor, eso era Estévez. Entre las miradas despiadadas o benignas que un observador cualquiera pueda tener sobre los docentes de aquella época, también es válida la del que los considera con sorna, como una fauna rara y disparatada, envenenada de Comenio y Pestalozzi, Freud y Jung, Dewey y Skinner, Marx y Trotsky, Dostoievski y Kafka. El frangollo era interesante. Había los patéticos, los soñadores, los agrios, los exaltados, los revolucionarios; también los cerebros planos, estructuralistas, academicistas a ultranza, formalistas que se las daban de innovadores. Seres grises, la mayoría risibles.           

El sufragio a la entrada de la u es un útil más en la escena dulceamarga de otro día de clases, de esa insobornable mecánica del pensum y de los cursos que es preciso sortear. Juvenil o añosa, la figura que atraviesa el control de los vigilantes en la portería, accede a un tiempo lozano o correoso, de acuerdo con la edad. Si sobrepasa los cuarenta y tantos años, entre una sensación general  indigerible, acaso recuerde al profesor Estévez sentado en Kokorico, escribiendo en su agenda y comiendo rosquillas con naranjada, mientras llega la hora del Taller de Escritores. Si está más o menos  por los veinte, encontrará el fresco aire de lo común y corriente; se sentirá a sus anchas entre los ventorrillos que infestan los corredores, los libreros, las chazas donde expenden cigarrillos y mecato, los vendedores de minutos y películas pirateadas. Irá a gusto en ese mundo del rebusque, reflejo de una situación apremiante, que no deja opciones. Estará “parchado”, que es el término de esta generación para significar que se está bien. A su vez, usando otra expresión para definir su postura, Estévez también se sentirá bien escribiendo un apunte en su agenda, saboreando las rosquillas y la naranjada mientras su cabeza cana contrasta con la bullente juventud de Kokorico.

A un hombre no puede exigírsele más que sea un hombre, que sus actos concuerden con su pensamiento. Y esto fue lo que Estévez hizo toda la vida. No se traicionó. De cualquier modo, no escapa a la polimorfa caracterización consignada dos párrafos atrás. No era ni patético ni exaltado. Agrio en la apariencia, soñador en el fondo. Una carcajada sonora resuena en el tablado. Es la risotada final con que la vida demuestra que no hay que fiarse a las penas, que hasta la tragedia debe provocarnos un sacudimiento de hilaridad. Que el hombre no es más que un niño, y todos sus trabajos, juguetes con los que se entretiene. Que todo es trivial y fortuito. Que la calavera es ñata y es la protagonista festiva de todo desenlace.

Como veinte años atrás, hoy una muchacha o un muchacho cualquiera atraviesa la portería y, lleno de expectativas, se suma al trajín de la u. Va pensando un montón de cosas. Pero sus preocupaciones inmediatas tendrán que ver con el parcial que debe presentar o con una amistad con la que se reunirá para almorzar. Le interesa muy poco lo que ocurrió dos décadas atrás.

 (Bagual, esa jaquita te la montas. Mira, te hace ojitos. Una mirada dominadora, con un dejo despreciativo, y cae. Robusta, de buena alzada, la jaquita. ¡Esas ancas! Se ensanchan tus ollares en la imaginación del goce. Espacio abierto, lejos de testigos, y te la montas. Jaquita casquivana, de bella crin y andar cadencioso. Que te la suelten, que te la dejen en el llano, para que corra y tú salgas tras ella, y la alcances y le cierres el paso, y la montas. ¿De dónde salió la jaquita? ¿Recién llegada al potrero? Eh, Bagual, ahí la tienes. Le echaste el ojo. No se te escapa. Rijoso, solo esperas estar a solas con ella. Qué ancas. Y esos belfos. Como agua saliendo a borbollones de un hidrante, así el chorro de semen que le empujarás. Le harás ver estrellas. Con una sola mirada la atrapaste. Es cuestión de espera, viejo astuto. Bella guarnición trae la jaca. Vistosos correajes y fina gualdrapa. Que le quiten todo ese ropaje, puro estorbo. Desnuda y briosa es como la quieres, Bagual. Sí, ¿para qué todos esos adornos? Que le zafen todos esos arreos y te la suelten en descampado. Te la montas. Porque esa es la sabiduría de Bagual, dominar y montar jaquitas. Toda jaquita que llega al potrero está comprometida: por ley, pertenece a Bagual. Por algo eres jefe de la manada. ¡Y cuántas jacas has montado! La fuerza y el dominio de Bagual no tienen rival. Músculos, potencia, belleza. La jaquita está nerviosa. Se siente caer, se deleita por anticipado. Ay, Bagual, que sea pronto. ¿Tengo que aguardar mucho? No, jaquita, espera. Guardemos las apariencias otro tanto. Exuda almizcle la jaquita, sus glándulas disparan el seductor olor. Bagual está atrapado. La jaca acaba por conseguir su cometido. Bagual interrumpe sus ocupaciones y va a la lid. La jaquita marcha adelante. Bagual la sigue, ardido. Así, Bagual monta a su jaquita. Y la jaquita canta victoria, porque es ella quien se ha salido con la suya. Es ducha en seducir baguales). 

 


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