*Bello, lugar de coincidencia. Llegamos a
vivir allí en febrero de 1984, un domingo en la noche. Veníamos trasteados de
Santamaría (Itaguí). Al día siguiente, mi primer día de colegio en La Salle
(entraba a décimo), donde, años después, sería profesor y le enseñaría a tu
hijo Kolia, que cursaba séptimo y al que no le gustaba dibujar. Bello, El
Trapiche, allí vivías. Mi vivienda estaba más acá, en Las Cabañas, en una loma
cercana a París (curioso que un sector tan deprimido en lo social se ufane con
el nombre de la Ciudad Luz). Bello, cuántas caminadas por esas calles,
vagancias solitarias, como si Dios me hubiese marcado con el signo de Caín.
Desde chico he caminado, muchas veces solo, buscando no sé qué. En esa época en
que recién llegábamos a Bello, tu ya estabas instalada allí, en tu apartamento
contra la montaña, contra el verde que tanto amabas, porque, de algún modo, te
recordaba las llanuras de Ucrania. Tal vez algún día de esos en los que cursaba
décimo, nos cruzamos en las calles de Bello, o te vi pasar como una brisa
estival, como una luz, ignorando que luego nos encontraríamos en la u.
Después de que salí del colegio, solía
vagar por las calles de Bello. Al ingresar a la u, me torné más cusumbosolo.
Por esas calles me cruzaba con Iván Arizmendy, condiscípulo de español y
literatura, otro que amaba la escritura, el callejeo y la bohemia y que murió
por esos días. ¿Lo recuerdas? Era un muchachote alegre y triste, reía a
carcajadas y otras veces estaba pensativo, y se lanzaba a las calles
(por un tiempo lo vi en compañía de una muchacha, su novia) a buscar el aura de
la felicidad, que suele negársenos. Quizás un día viste asimismo a Iván, a
quien brindo homenaje en esta página.
Sí, solía caminar esas calles de Bello.
Recuerdo que cruzaba el parque (otras ocasiones, sencillamente, lo
eludía, lo bordeaba, saliendo por detrás de la choza de Marco Fidel Suárez, o
por el otro lado) y llegaba hasta el Trapiche, donde me devolvía. Extraño,
llegaba hasta allí y me devolvía, como si llegando hasta allí cumpliese con un
peregrinaje del corazón, romero de la nostalgia. Pero en alguna oportunidad
llegué hasta el Trapiche y no me devolví. Contorneé el vallado de
los apartamentos y seguí por esa calle, que no recuerdo bien hasta dónde se
extendía. Con los años y la ausencia toda esa geografía del sector donde
vivías, se ha ido borrando de mi mente. Todo acaba por desdibujarse. Por esas
calles se movería más tarde mi hermano Cature, cuando andaba enredado con las
bandas. Eran las calles de Lisandro, el vigilante de nuestra unidad en Las
cabañas, y de tantos compañeros de La Salle, Luz Dary, por ejemplo. Era una
gracia del destino que vivieras en Bello, porque Estévez vivía en Buenos Aires
o Manrique, y era más difícil toparlo. Vivías en Bello, en esos bloques de
vivienda social, de los primeros construidos en la ciudad, algunos afirman que
con capital mafioso. Guzmán es de los que asevera esto. Guzmán habita en esa
zona, en esas calles donde late tu recuerdo. Hace unas semanas murió su madre.
Blandón me informó por el wasap. Le escribí las condolencias por el mismo
medio. “Gracias, mi hermano”, respondió Guzmán.
Como Arizmendy y yo mismo, Guzmán está
unido a Bello: lugar de residencia, de estudio, de bohemia. Para Arizmendy y
para mí, Bello fue un escenario de juventud. Para Guzmán, ídem, amén de los
años maduros y de casi viejo. Sigue viviendo por el Trapiche. Arizmendy y yo
fuimos amigos muy poco tiempo, su muerte no permitió más. Ignoré todo de la
vida familiar de Arizmendy, si vivía con sus padres, si tenía hermanos. En este
sentido, con Guzmán tampoco he ido más allá. Sé de su madre, que ahora está en
el Más Allá. Entiendo que no era muy armoniosa la relación de Guzmán con su
madre. Guzmán era hijo único. Debió ser Luis quien me habló (o
Hernán, al hablarme del papá de Kolia) del trato entre Guzmán y su mamá. Esa
vida turbulenta y caótica de Guzmán, sus crisis nerviosas, su adicción a las
drogas, de algún modo tenían un referente en su mala relación con la madre.
Guzmán fue incapaz de persistir en un compromiso de pareja (era un picaflor),
aunque convivió con Edilma y tuvo una hija con esta. Vivía solo. Trabajaba de
profesor en un colegio estatal. Seguía siendo muy amigo de María, amistad
cimentada en los años de la u.
¡Bello! En este paisaje mi relación con
Arizmendy fue más fuerte que con Guzmán. Con Arizmendy me cruzaba en las
calles, en los vagabundeos. Conocí a su novia, la muchacha con la que lo vi
caminando de la mano una tarde. Con Arizmendy todo fue más sosegado y cierto,
más sincero. Arizmendy poseía un fondo más limpio y transparente. No sufría de
desequilibrios emocionales, de intempestivos cambios de humor. Me reuní con
Guzmán en Bello, cuando Blandón cumplió los cincuenta, en el agasajo que este
ofreció. Entonces hablamos de todos los libros que Guzmán había regalado a
Blandón, o vendido a precio de huevo. ¡Obras maestras de la literatura! Luis me
ha contado que hubo un tiempo en que Hernán albergó a Guzmán en su casa, un
tiempo en que la vida de Guzmán fue inestable y precaria.
A veces pienso la vida como una puerca,
una puerca rebalsando lodo y gruñidos, pariendo puerquitos a diestra y
siniestra. La vida. Una puerca. No recuerdo qué otra cosa me relató Luis sobre
los libros que Guzmán vendía a Blandón a precio de huevo. Un colega de ajedrez
me ha confiado una anécdota: cuando era muchacho aprovechaba las visitas de su
prima para chuparle las tetas rosaditas y enormes y chuparle trompa, y no se la
comió porque en ese entonces no pensaba en esas cosas. La vida y los sueños de
glotonería. No hace mucho soñé que comía rollos con abundante crema de arequipe
y chantilly. Sueños de actos irresponsables. Un profesor demasiado relajado,
belicoso con los directivos. Ahora, desde mi rol de pensionado, sueño a menudo
con escenas académicas, y ostento un gesto superior, de perdonavidas.
El sueño perdido, así se titula el cuento
de Arizmendy que le publicaron en una hoja y distribuyeron entre la
concurrencia en un espacio poético de la u, un viernes al mediodía. Tras
cuántas cosas se le iría el sueño al amigo Iván, una amada que ahora
no quiere nada con él, una súplica por teléfono, años y años prendido en vano
de un recuerdo hostil.
Natalia: el paisaje de Bello, donde hoy me
alumbra la claridad de tu rostro, sirvió de crisol a la historia de Iván, su
Sueño perdido.
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