lunes, 9 de agosto de 2021

Natalia Pikouch (Cap.5.)

*Bello, lugar de coincidencia. Llegamos a vivir allí en febrero de 1984, un domingo en la noche. Veníamos trasteados de Santamaría (Itaguí). Al día siguiente, mi primer día de colegio en La Salle (entraba a décimo), donde, años después, sería profesor y le enseñaría a tu hijo Kolia, que cursaba séptimo y al que no le gustaba dibujar. Bello, El Trapiche, allí vivías. Mi vivienda estaba más acá, en Las Cabañas, en una loma cercana a París (curioso que un sector tan deprimido en lo social se ufane con el nombre de la Ciudad Luz). Bello, cuántas caminadas por esas calles, vagancias solitarias, como si Dios me hubiese marcado con el signo de Caín. Desde chico he caminado, muchas veces solo, buscando no sé qué. En esa época en que recién llegábamos a Bello, tu ya estabas instalada allí, en tu apartamento contra la montaña, contra el verde que tanto amabas, porque, de algún modo, te recordaba las llanuras de Ucrania. Tal vez algún día de esos en los que cursaba décimo, nos cruzamos en las calles de Bello, o te vi pasar como una brisa estival, como una luz, ignorando que luego nos encontraríamos en la u.

Después de que salí del colegio, solía vagar por las calles de Bello. Al ingresar a la u, me torné más cusumbosolo. Por esas calles me cruzaba con Iván Arizmendy, condiscípulo de español y literatura, otro que amaba la escritura, el callejeo y la bohemia y que murió por esos días. ¿Lo recuerdas? Era un muchachote alegre y triste, reía a carcajadas y otras veces estaba pensativo, y se lanzaba  a las calles (por un tiempo lo vi en compañía de una muchacha, su novia) a buscar el aura de la felicidad, que suele negársenos. Quizás un día viste asimismo a Iván, a quien brindo homenaje en esta página.

Sí, solía caminar esas calles de Bello. Recuerdo que cruzaba  el parque (otras ocasiones, sencillamente, lo eludía, lo bordeaba, saliendo por detrás de la choza de Marco Fidel Suárez, o por el otro lado) y llegaba hasta el Trapiche, donde me devolvía. Extraño, llegaba hasta allí y me devolvía, como si llegando hasta allí cumpliese con un peregrinaje del corazón, romero de la nostalgia. Pero en alguna oportunidad llegué hasta el Trapiche y no me devolví. Contorneé  el vallado de los apartamentos y seguí por esa calle, que no recuerdo bien hasta dónde se extendía. Con los años y la ausencia toda esa geografía del sector donde vivías, se ha ido borrando de mi mente. Todo acaba por desdibujarse. Por esas calles se movería más tarde mi hermano Cature, cuando andaba enredado con las bandas. Eran las calles de Lisandro, el vigilante de nuestra unidad en Las cabañas, y de tantos compañeros de La Salle, Luz Dary, por ejemplo. Era una gracia del destino que vivieras en Bello, porque Estévez vivía en Buenos Aires o Manrique, y era más difícil toparlo. Vivías en Bello, en esos bloques de vivienda social, de los primeros construidos en la ciudad, algunos afirman que con capital mafioso. Guzmán es de los que asevera esto. Guzmán habita en esa zona, en esas calles donde late tu recuerdo. Hace unas semanas murió su madre. Blandón me informó por el wasap. Le escribí las condolencias por el mismo medio. “Gracias, mi hermano”, respondió Guzmán.

Como Arizmendy y yo mismo, Guzmán está unido a Bello: lugar de residencia, de estudio, de bohemia. Para Arizmendy y para mí, Bello fue un escenario de juventud. Para Guzmán, ídem, amén de los años maduros y de casi viejo. Sigue viviendo por el Trapiche. Arizmendy y yo fuimos amigos muy poco tiempo, su muerte no permitió más. Ignoré todo de la vida familiar de Arizmendy, si vivía con sus padres, si tenía hermanos. En este sentido, con Guzmán tampoco he ido más allá. Sé de su madre, que ahora está en el Más Allá. Entiendo que no era muy armoniosa la relación de Guzmán con su madre. Guzmán era hijo único. Debió ser Luis quien me habló  (o Hernán, al hablarme del papá de Kolia) del trato entre Guzmán y su mamá. Esa vida turbulenta y caótica de Guzmán, sus crisis nerviosas, su adicción a las drogas, de algún modo tenían un referente en su mala relación con la madre. Guzmán fue incapaz de persistir en un compromiso de pareja (era un picaflor), aunque convivió con Edilma y tuvo una hija con esta. Vivía solo. Trabajaba de profesor en un colegio estatal. Seguía siendo muy amigo de María, amistad cimentada en los años de la u.

¡Bello! En este paisaje mi relación con Arizmendy fue más fuerte que con Guzmán. Con Arizmendy me cruzaba en las calles, en los vagabundeos. Conocí a su novia, la muchacha con la que lo vi caminando de la mano una tarde. Con Arizmendy todo fue más sosegado y cierto, más sincero. Arizmendy poseía un fondo más limpio y transparente. No sufría de desequilibrios emocionales, de intempestivos cambios de humor. Me reuní con Guzmán en Bello, cuando Blandón cumplió los cincuenta, en el agasajo que este ofreció. Entonces hablamos de todos los libros que Guzmán había regalado a Blandón, o vendido a precio de huevo. ¡Obras maestras de la literatura! Luis me ha contado que hubo un tiempo en que Hernán albergó a Guzmán en su casa, un tiempo en que la vida de Guzmán fue inestable y precaria.

A veces pienso la vida como una puerca, una puerca rebalsando lodo y gruñidos, pariendo puerquitos a diestra y siniestra. La vida. Una puerca. No recuerdo qué otra cosa me relató Luis sobre los libros que Guzmán vendía a Blandón a precio de huevo. Un colega de ajedrez me ha confiado una anécdota: cuando era muchacho aprovechaba las visitas de su prima para chuparle las tetas rosaditas y enormes y chuparle trompa, y no se la comió porque en ese entonces no pensaba en esas cosas. La vida y los sueños de glotonería. No hace mucho soñé que comía rollos con abundante crema de arequipe y chantilly. Sueños de actos irresponsables. Un profesor demasiado relajado, belicoso con los directivos. Ahora, desde mi rol de pensionado, sueño a menudo con escenas académicas, y ostento un gesto superior, de perdonavidas.

El sueño perdido, así se titula el cuento de Arizmendy que le publicaron en una hoja y distribuyeron entre la concurrencia en un espacio poético de la u, un viernes al mediodía. Tras cuántas cosas se le iría  el sueño al amigo Iván, una amada que ahora no quiere nada con él, una súplica por teléfono, años y años prendido en vano de un recuerdo hostil.  

Natalia: el paisaje de Bello, donde hoy me alumbra la claridad de tu rostro, sirvió de crisol a la historia de Iván, su Sueño perdido.                

 


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