domingo, 1 de agosto de 2021

Mi maestro XLII

*Kafka escribió La condena en una noche, de diez a seis de la mañana, de un tirón. Quedó con el cuerpo entumecido, pero exultante y pleno. Ocho horas ante la máquina de escribir. Quizás fuese solo el vehículo de una fuerza que necesitaba expresarse, de un torrente que era preciso que se desprendiese en la historia de George Bendeman. Estévez escribía a mano, mayoritariamente, y también a máquina. En sus últimos años se valía de un computador aparatoso, nada que ver con los sofisticados y ligeros equipos de hoy. La mujer le sostuvo la mano en su lecho de moribundo, en el hospital, cuando ya no reaccionaba a nada. Era quizás la mano con que escribía, con que abarrotó de escritos decenas de agendas, con que chuzografió en la máquina y el computador. La mano con que se deleitó en el placer de la escritura. Marcos llegó tarde a la visita, no pudo ver a su maestro, aquel día en que se dignó ir al hospital. Estévez estaría irreconocible, consumido. Su cédula decía que en un año a lo sumo cumpliría los ochenta. La verdad es que ya chocheaba y que la mandíbula se le desencajaba al hablar. Era fatal que la cámara no lo favoreciera en las entrevistas que dio en sus postrimerías, aunque intentaba mostrar dominio y seguridad: era un senil.

La mano de Kafka, la mano de Estévez, la mano de Marcos, y la mujer  sosteniendo la mano de ese hombre que escribía con esa mano que se deleitaba con las palabras que se formaban en su mente y se comunicaban a su mano y al papel. Esa imagen está ahí, aunque Marcos no recuerda quién se la transmitió. Seguro fue Blandón: “la mujer le sostuvo la mano todo el tiempo”. El círculo se cierra, y no es gratuito que sea Blandón quien le cuente esas cosas, quien le suministre el dato de que la mujer le sostuvo la mano hasta que murió, y quien, más tarde, le llamó a comunicarle la muerte del maestro. Blandón, ¿quién más? Ella le sostuvo la mano que acaso palpitaba en el arranque de escribir la última frase, la última historia, su historia. Pero tal vez no le fuera concedido escribir su propia historia, aunque lo intentara en todas sus novelas y relatos. Quizás todavía faltaba ese otro que revelara facetas desconocidas, retazos imprevistos de su vida. Ella le sostuvo la mano, para que descansara, para que no escribiera más, porque, sin duda, la mano seguiría escribiendo con Kafka, con Marcos. Hasta le reprendería cariñosamente: “deje esa bobada, no escriba más, descanse”.

Entumecido, pero exultante y pleno. Cuántas veces no quedaría así Estévez, fatigado, pero contento. Una historia nos lleva hasta el final, es peor que un vicio. Podemos deshacernos en el intento, mas no cejaremos. Y ahí está George Bendeman, ahí está Chirringo. Cuántas horas de la vida, sumada toda su existencia, pasó Estévez sentado, escribiendo, dando vida a sus recuerdos, fraguando historias. Incontables. Es preciso pagar el precio, se había dicho Marcos infinidad de veces. No podemos ser remolones. Ya vendrá el momento de soltar. Y allí estaba él, en cuidados intensivos, y ella sostuvo su mano todo el tiempo, la mano que no osaba reposar, que se desalaba en pos de otra frase. El epitafio, quizás. Y bien, ¿qué epitafio dedicar a este hombre que fue una sola materia, una roca, con su arte? Tal vez jamás le preocuparon estas veleidades. A Marcos, menos. Hoy Estévez, como dice el poeta, es una sola carne con las estrellas. Se aparece en los sueños de Marcos. Marcos se encuentra de visita en casa de Estévez. El maestro viste desenfadadas prendas caseras. Trata a su alumno con gesto afable. Se dedica a preparar el almuerzo, teniendo la delicadeza de conversarle a su huésped para que no se aburra. Marcos no se aburre. Observa el ágil despliegue culinario de Estévez. No le imaginaba esas virtudes. La casa de Estévez es oscura y revuelta. Los manjares (es comida exquisita, en verdad) quedan listos y el anfitrión se sienta a la mesa, donde las fuentes y los platos exhalan deleitosos vapores. Marcos se siente incómodo. Por un momento piensa que el maestro, cortés, lo invitará a comer. No es así. Come solo. Hasta pone una cara huraña y recelosa mientras se regala con los opíparos alimentos. Después del almuerzo recobra su bondadosa disposición. Se tiende en un  sofá y empieza a relatar antiguos episodios autobiográficos: “en mi juventud fui un eximio futbolista”. Se levanta del diván y busca en un armario. Vuelve con un amarilloso recorte de periódico donde aparece una foto suya: un hombre de más de sesenta años, con vestido y raqueta de tenis de campo. Marcos no presta atención al contrasentido. Cosas de Estévez, se dice.            

 


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