*Kafka escribió La condena en una noche,
de diez a seis de la mañana, de un tirón. Quedó con el cuerpo entumecido, pero
exultante y pleno. Ocho horas ante la máquina de escribir. Quizás fuese solo el
vehículo de una fuerza que necesitaba expresarse, de un torrente que era
preciso que se desprendiese en la historia de George Bendeman. Estévez escribía
a mano, mayoritariamente, y también a máquina. En sus últimos años se valía de
un computador aparatoso, nada que ver con los sofisticados y ligeros equipos de
hoy. La mujer le sostuvo la mano en su lecho de moribundo, en el hospital,
cuando ya no reaccionaba a nada. Era quizás la mano con que escribía, con que
abarrotó de escritos decenas de agendas, con que chuzografió en la máquina y el
computador. La mano con que se deleitó en el placer de la escritura. Marcos
llegó tarde a la visita, no pudo ver a su maestro, aquel día en que se dignó ir
al hospital. Estévez estaría irreconocible, consumido. Su cédula decía que en
un año a lo sumo cumpliría los ochenta. La verdad es que ya chocheaba y que la
mandíbula se le desencajaba al hablar. Era fatal que la cámara no lo
favoreciera en las entrevistas que dio en sus postrimerías, aunque intentaba
mostrar dominio y seguridad: era un senil.
La mano de Kafka, la mano de Estévez, la
mano de Marcos, y la mujer sosteniendo la mano de ese hombre que
escribía con esa mano que se deleitaba con las palabras que se formaban en su
mente y se comunicaban a su mano y al papel. Esa imagen está ahí, aunque Marcos
no recuerda quién se la transmitió. Seguro fue Blandón: “la mujer le sostuvo la
mano todo el tiempo”. El círculo se cierra, y no es gratuito que sea Blandón
quien le cuente esas cosas, quien le suministre el dato de que la mujer le
sostuvo la mano hasta que murió, y quien, más tarde, le llamó a comunicarle la
muerte del maestro. Blandón, ¿quién más? Ella le sostuvo la mano que acaso
palpitaba en el arranque de escribir la última frase, la última historia, su
historia. Pero tal vez no le fuera concedido escribir su propia historia,
aunque lo intentara en todas sus novelas y relatos. Quizás todavía faltaba ese
otro que revelara facetas desconocidas, retazos imprevistos de su vida. Ella le
sostuvo la mano, para que descansara, para que no escribiera más, porque, sin
duda, la mano seguiría escribiendo con Kafka, con Marcos. Hasta le reprendería
cariñosamente: “deje esa bobada, no escriba más, descanse”.
Entumecido, pero exultante y pleno.
Cuántas veces no quedaría así Estévez, fatigado, pero contento. Una historia
nos lleva hasta el final, es peor que un vicio. Podemos deshacernos en el
intento, mas no cejaremos. Y ahí está George Bendeman, ahí está Chirringo.
Cuántas horas de la vida, sumada toda su existencia, pasó Estévez sentado,
escribiendo, dando vida a sus recuerdos, fraguando historias. Incontables. Es
preciso pagar el precio, se había dicho Marcos infinidad de veces. No podemos
ser remolones. Ya vendrá el momento de soltar. Y allí estaba él, en cuidados
intensivos, y ella sostuvo su mano todo el tiempo, la mano que no osaba reposar,
que se desalaba en pos de otra frase. El epitafio, quizás. Y bien, ¿qué
epitafio dedicar a este hombre que fue una sola materia, una roca, con su arte?
Tal vez jamás le preocuparon estas veleidades. A Marcos, menos. Hoy Estévez,
como dice el poeta, es una sola carne con las estrellas. Se aparece en los
sueños de Marcos. Marcos se encuentra de visita en casa de Estévez. El maestro
viste desenfadadas prendas caseras. Trata a su alumno con gesto afable. Se
dedica a preparar el almuerzo, teniendo la delicadeza de conversarle a su
huésped para que no se aburra. Marcos no se aburre. Observa el ágil despliegue
culinario de Estévez. No le imaginaba esas virtudes. La casa de Estévez es
oscura y revuelta. Los manjares (es comida exquisita, en verdad) quedan listos
y el anfitrión se sienta a la mesa, donde las fuentes y los platos exhalan
deleitosos vapores. Marcos se siente incómodo. Por un momento piensa que el
maestro, cortés, lo invitará a comer. No es así. Come solo. Hasta pone una cara
huraña y recelosa mientras se regala con los opíparos alimentos. Después del
almuerzo recobra su bondadosa disposición. Se tiende en un sofá y
empieza a relatar antiguos episodios autobiográficos: “en mi juventud fui un
eximio futbolista”. Se levanta del diván y busca en un armario. Vuelve con un
amarilloso recorte de periódico donde aparece una foto suya: un hombre de más
de sesenta años, con vestido y raqueta de tenis de campo. Marcos no presta
atención al contrasentido. Cosas de Estévez, se dice.
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