domingo, 15 de agosto de 2021

Natalia Pikouch (Cap.13.)

*Aunque sentía no pertenecer más a aquel lugar, el vicio (en esto había acabado la costumbre) me impulsaba a ir a la u. Podía encontrárseme en un pasillo del segundo piso de la facultad de educación, sentado en solitario, estudiando. En ocasiones, la única compañía en el desierto espacio eran los zancudos, que hallaban dulce mi sangre y saciaban su hambre en ella. El ardor y las ronchas no se hacían esperar. Por dulce que les supiera mi sangre, los zancudos no menguaban el castigo. En verdad que no tenían nada de amigables estos alados compañeros. Resultaban demasiado cargantes y, por lo regular, me obligaban a cambiar de sitio, previa la callada e infructuosa lucha a ciegos manotazos.

Por aquellos días todavía me era dado cruzarme contigo por allí, pero eran cada vez menos las oportunidades. Una vez te me apareciste en un sueño: abrazados avanzábamos por un pasillo de la u. Este sueño fue tan peculiar, que lo anoté en mi cuaderno. Es esa sola escena, los dos abrazados. Este sueño me recuerda un hecho real de aquel tiempo, la profesora de literatura colombiana, que regresaba a la u luego de una incapacidad de un mes (se había rodado por la escalera de su casa) cogida del brazo de dos apolíneos estudiantes que la socorrían en su renqueante tránsito hacia su oficina. Uno de los varoniles y comedidos auxiliadores de la profesora era este servidor. Me quedo con la imagen del sueño, por obvias razones.

La visión de este sueño se trenza con muchas otras: una sensación particular que me acometió  un día al salir de tu clase, la imagen de una muchacha rubia leyendo Los hermanos Karamazov en un pasillo del bloque circular (el once, que era el de idiomas), Iván Ilich golpeándose el costado al instalar los cortinajes de su nueva casa, la piedra blanca en el fondo de un pozo del poema de Ajmátova, Hernán y tu conversando en una cafetería, el desorden de tu escritorio en la sala de profesores, el vestido azul que llevabas un día en que nos cruzamos en un bus, en fin, tantas cosas.

Aquel rincón desolado del segundo piso de la facultad de educación era tal vez un lugar apropiado para concitar todas esas imágenes. La soledad del pueblo ruso, de esto había hablado en mi ensayo sobre Iván Ilich. Recuerdo que algunas veces, para mí, con desenfado, te llamaba “la tártara”. En algo me recordabas a la Claudia Chawchaw de La montaña mágica. Esa Claudia y Hans Castorp, oh, la vida. Cinco mesas de estudio, cuatro sillas soldadas a cada una, y nadie más allí, y sentirse uno tan solo, tan esquinado por la existencia, tan perdido, así esto significara el privilegio de la introspección y sus hallazgos. ¡No! preferible caminar abrazado a una mujer, respirar su aliento, así sea por el escaso tiempo de felicidad que nos concede el amor. Porque el amor no dura, hay que aceptarlo. Es triste, pero es, como diría César Vallejo. Así, Hans Castorp ve partir a Claudia, y más tarde es él quien parte hacia la guerra, donde morirá. 

Aquel recogido lugar de estudio, hoy lo recuerdo. Dos lámparas fluorescentes, un bombillo alumbrando: coloraciones lumínicas distintas, antimonio y ámbar. Antimonio. Mi cielo, el azul blancuzco de las lámparas de aquellos pasillos. Mesas vacías. Sólo en una de ellas algo que retratar: dos botellas de gaseosa juntas, verticales, y una bolsa de plástico transparente, anudada, con cáscaras de banano dentro. Banano, por supuesto. Ahora recuerdo que era lo más barato, lo más acorde con nuestro bolsillo de pobretones en los kioscos de fruta de la u. Banano en pilas, como diría Luis. Rechazo de las plantaciones de Urabá. Ese es el banano que traen por acá en camiones, porque el tipo exportación es otra cosa. Este banano que comemos aquí, es el desperdicio de la producción en las plantaciones de Urabá, y lo arrojan por montones a la orilla de la carretera. Lo llaman fruta de rechazo. Entonces uno consumía en la u banano en cantidades, amparando nuestra escasez pecuniaria en las propiedades nutricionales de esta fruta. Rica en potasio, fósforo, y esas cosas. 

Más allá de las elucubraciones de tercermundistas con respecto al banano, en aquel rinconcito del segundo piso uno podía abismarse, en las pausas del estudio, contemplando el paisaje del otro lado del balconcillo, que daba a un tramo de la avenida circunvalar inundada de luz resplandeciente (debía de ser en la tarde), bordeada de árboles. En seguida estaba el prado moteado de sol (un sol gallardo) y de sombra de frondas. Al otro lado del vallado, el pertinaz  rumor de los autos, con sus altibajos. Y la brisa. Algunos árboles lucían una tableta informativa en el tronco, el nombre común, etcétera.  Había un poste blanco con placas metálicas de fondo azul con las direcciones del tráfico. En ocasiones se escuchaba un escondido ruido de pasos. La vista se topaba con jalbegados muros plagados de letreros rebeldes; carteleras, avisos, un pedazo de escalas en ascenso. En el piso, junto al pretil, una caja de cartón.

Por allí me retiraba a estudiar en aquellas tardes de exalumno. ¿Qué hacía allí? ¿Ya no me había graduado? Recuerdo que este reproche, a modo de broma, me lo hizo una compañera que todavía daba tumbos en la carrera. Tenía razón, había que destetarse, dejar esa fácil y socorrida vanidad de exhibir nuestra imagen por aquellos sitios donde ya estábamos de más. Partir. Nadie nos necesita ni nos echa de menos. Uno más. Está bien. Solo de los recuerdos no podía desprenderme. Y allí estabas tú, abrazada a mí en aquel sueño, conversando con Hernán en la cafetería, buscando un fósforo en el desorden de tu escritorio.                         

 


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