*Aunque sentía no pertenecer más a aquel
lugar, el vicio (en esto había acabado la costumbre) me impulsaba a ir a la u.
Podía encontrárseme en un pasillo del segundo piso de la facultad de educación,
sentado en solitario, estudiando. En ocasiones, la única compañía en el
desierto espacio eran los zancudos, que hallaban dulce mi sangre y saciaban su
hambre en ella. El ardor y las ronchas no se hacían esperar. Por dulce que les
supiera mi sangre, los zancudos no menguaban el castigo. En verdad que no
tenían nada de amigables estos alados compañeros. Resultaban demasiado
cargantes y, por lo regular, me obligaban a cambiar de sitio, previa la callada
e infructuosa lucha a ciegos manotazos.
Por aquellos días todavía me era dado
cruzarme contigo por allí, pero eran cada vez menos las oportunidades. Una vez
te me apareciste en un sueño: abrazados avanzábamos por un pasillo de la u.
Este sueño fue tan peculiar, que lo anoté en mi cuaderno. Es esa sola escena,
los dos abrazados. Este sueño me recuerda un hecho real de aquel tiempo, la
profesora de literatura colombiana, que regresaba a la u luego de una
incapacidad de un mes (se había rodado por la escalera de su casa) cogida del
brazo de dos apolíneos estudiantes que la socorrían en su renqueante tránsito
hacia su oficina. Uno de los varoniles y comedidos auxiliadores de la profesora
era este servidor. Me quedo con la imagen del sueño, por obvias razones.
La visión de este sueño se trenza con
muchas otras: una sensación particular que me acometió un día al
salir de tu clase, la imagen de una muchacha rubia leyendo Los hermanos
Karamazov en un pasillo del bloque circular (el once, que era el de idiomas),
Iván Ilich golpeándose el costado al instalar los cortinajes de su nueva casa,
la piedra blanca en el fondo de un pozo del poema de Ajmátova, Hernán y tu
conversando en una cafetería, el desorden de tu escritorio en la sala de
profesores, el vestido azul que llevabas un día en que nos cruzamos en un bus,
en fin, tantas cosas.
Aquel rincón desolado del segundo piso de la facultad de educación era tal vez un lugar apropiado para concitar todas esas imágenes. La soledad del pueblo ruso, de esto había hablado en mi ensayo sobre Iván Ilich. Recuerdo que algunas veces, para mí, con desenfado, te llamaba “la tártara”. En algo me recordabas a la Claudia Chawchaw de La montaña mágica. Esa Claudia y Hans Castorp, oh, la vida. Cinco mesas de estudio, cuatro sillas soldadas a cada una, y nadie más allí, y sentirse uno tan solo, tan esquinado por la existencia, tan perdido, así esto significara el privilegio de la introspección y sus hallazgos. ¡No! preferible caminar abrazado a una mujer, respirar su aliento, así sea por el escaso tiempo de felicidad que nos concede el amor. Porque el amor no dura, hay que aceptarlo. Es triste, pero es, como diría César Vallejo. Así, Hans Castorp ve partir a Claudia, y más tarde es él quien parte hacia la guerra, donde morirá.
Aquel recogido lugar de estudio, hoy lo recuerdo. Dos lámparas fluorescentes, un bombillo alumbrando: coloraciones lumínicas distintas, antimonio y ámbar. Antimonio. Mi cielo, el azul blancuzco de las lámparas de aquellos pasillos. Mesas vacías. Sólo en una de ellas algo que retratar: dos botellas de gaseosa juntas, verticales, y una bolsa de plástico transparente, anudada, con cáscaras de banano dentro. Banano, por supuesto. Ahora recuerdo que era lo más barato, lo más acorde con nuestro bolsillo de pobretones en los kioscos de fruta de la u. Banano en pilas, como diría Luis. Rechazo de las plantaciones de Urabá. Ese es el banano que traen por acá en camiones, porque el tipo exportación es otra cosa. Este banano que comemos aquí, es el desperdicio de la producción en las plantaciones de Urabá, y lo arrojan por montones a la orilla de la carretera. Lo llaman fruta de rechazo. Entonces uno consumía en la u banano en cantidades, amparando nuestra escasez pecuniaria en las propiedades nutricionales de esta fruta. Rica en potasio, fósforo, y esas cosas.
Más allá de las elucubraciones de
tercermundistas con respecto al banano, en aquel rinconcito del segundo piso
uno podía abismarse, en las pausas del estudio, contemplando el paisaje del
otro lado del balconcillo, que daba a un tramo de la avenida circunvalar
inundada de luz resplandeciente (debía de ser en la tarde), bordeada de
árboles. En seguida estaba el prado moteado de sol (un sol gallardo) y de
sombra de frondas. Al otro lado del vallado, el pertinaz rumor de
los autos, con sus altibajos. Y la brisa. Algunos árboles lucían una tableta
informativa en el tronco, el nombre común, etcétera. Había un poste
blanco con placas metálicas de fondo azul con las direcciones del tráfico. En
ocasiones se escuchaba un escondido ruido de pasos. La vista se topaba con
jalbegados muros plagados de letreros rebeldes; carteleras, avisos, un pedazo
de escalas en ascenso. En el piso, junto al pretil, una caja de cartón.
Por allí me retiraba a estudiar en
aquellas tardes de exalumno. ¿Qué hacía allí? ¿Ya no me había graduado?
Recuerdo que este reproche, a modo de broma, me lo hizo una compañera que
todavía daba tumbos en la carrera. Tenía razón, había que destetarse, dejar esa
fácil y socorrida vanidad de exhibir nuestra imagen por aquellos sitios donde
ya estábamos de más. Partir. Nadie nos necesita ni nos echa de menos. Uno más.
Está bien. Solo de los recuerdos no podía desprenderme. Y allí estabas tú,
abrazada a mí en aquel sueño, conversando con Hernán en la cafetería, buscando
un fósforo en el desorden de tu
escritorio.
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