*En Bello es otra vez el ajedrez, pero entonces no conocía a Alekhine, a ninguna de esas eminencias rusas. Jugaba con los universitarios del cuarto piso, que eran cinco, los Blandón. Al comienzo también vivió con ellos la hermana mayor, pero esta se había graduado como licenciada en español y literatura, casándose luego y yéndose a vivir aparte. Es Capablanca venciendo a Lasker, pero en el tiempo en que jugaba con los universitarios del cuarto piso tampoco sabía nada del ajedrecista cubano. Es Iván, el amigo de Itaguí, arreglando la bicicleta en el patio de su casa, y Marcos ayudándole, ambos sentados o arrodillados o acuclillados o echados en el piso. Es la mamá de Iván, tan formalita; y la hermana, tan amable, pero del todo desinteresada de Marcos. Es él, Marcos, diciéndose que el ajedrez que jugaba con Iván debió ser de mala calidad, porque entonces apenas si sabía mover las piezas. Se dice que debió ser Iván quien le enseñó a jugar ajedrez. Es él un mediodía a la salida de clases, con un hueco de dos horas antes de la clase de la tarde: subió las escalas del Bloque 22 (el de la librería) y se fue a buscar el club de ajedrez, del que ya se había informado. Es él recordando que en ese bloque quedaba la tesorería y se ve arrimándose a la taquilla, muchas veces haciendo cola, a cancelar la matrícula o a pedir una prórroga. Es pensar que un día fue lo que llaman “primíparo”. Es Rubén con ganas de pasar a la u: al salir del colegio y ante el chasco en los exámenes de admisión, se puso a trabajar. En un hogar donde la mamá es cabeza de familia, el aporte de los hijos siempre es bien recibido. Claro que doña Omaira privilegiaba el estudio a cualquier otra cosa. Quería que Rubén, como los demás hijos, pasara a la universidad. Es Pamela, la hermana de Rubén. Rubén era un poco como Iván, ambos tenían una hermana y observaban con pena que Marcos sufriera por ellas, sin que ellos pudieran hacer gran cosa en su favor. Es Alekhine venciendo a Capablanca. Es Max Euwe venciendo a Alekhine. Pero él aún no sabe nada de esto. Recordaba que el tío Nicodemo practicaba el ajedrez. Cuando ambas familias coincidieron por un lapso en Concordia Marcos, que era un chaval, veía de vez en cuando a su tío jugando en algún café. Lo que pudo entender en ese entonces es que su tío era un gran ajedrecista, que representaba al municipio en los Juegos Departamentales. Es recordar que en esos años él sólo pensaba en patear una pelota, en hurtar naranjas de los solares ajenos, en perseguir globos decembrinos y en esperar en el transporte y ofrecerse a llevarles las maletas a los viajeros. Veía a su tío pensando ante el tablero, enfrentado a otro jugador, y nunca imaginó que ese juego pudiera atraparlo. Botvinnik, Smyslov, Tal, Petrosian, Spassky, Fischer, Karpov, Kasparov, Topalov, Anad, Carlsen. Ignaro, del todo analfabeto en cuanto a la historia y los campeones. Es él cualquier otro mediodía de esa época entrando como un autómata al garito, jugando cartas por horas, ganando, perdiendo, perdiendo. El primer día que visitó el garito, tuvo suerte de principiante ganó. Salió de allí, entro a un bar y apostó en las máquinas tragamonedas, y perdió. Tuvo el buen juicio de no jugar el pasaje, y así pudo volver a casa en bus, acostándose a dormir. Ajedrez. Escaques, Natalia. Es él en ese sueño en que, en la escalinata de la biblioteca, comienza un breve idilio con una muchacha. Todo se desvanece al llegar a la sala de estudio. Hay gran desorden allí, mucho amontonamiento de gente, mesas, sillas, libros. No sabe qué hace en ese lugar. No lee ni escribe ni pregunta por autores. Cada vez fluye más gente. Le parece que alguien ha cerrado todas las ventanas, que por eso todo está oscuro. Pese al tumulto, puede desplazarse con libertad. Aquello se transforma en un aula de clase abigarrada. No está a gusto allí. No concuerda con esas personas. No se adapta a su edad ni a sus gustos. Se interna en otros salones y de nuevo encuentra el mismo gentío indiviso y aglutinado. La salida da al corredor lateral, no muy ancho, pero transitable. Hacia allí se dirige. Es él en el club de ajedrez de la u aquel mediodía, asomándose tímidamente a ese mundo, moviéndose con cautela, más bien queriendo pasar inadvertido. Fisgoneó una o dos partidas. Qué voladores. Se sonríe para sí al comparar su nivel con el de esta gente. Las mujeres no les van en zaga a los hombres. Es Alekhine renegando de los que gobiernan Rusia, emigrando a París tras la Revolución. De la misma pasta, Alekhine y Natalia Pikouch, detractores del sistema soviético. Alekhine alcoholizado, muriendo en París, donde también la había pelado Wilde, tras su salida de Inglaterra por líos con jovencitos. Vasili Ivanchuk, el referente moderno del ajedrez ucraniano. Hasta recuerda a Natalia Pikouch ese Ivanchuk, en sus gestos, en su impulsividad, en su genio. Genios ucranianos. El ajedrez es judío, como es judía la bolsa y el Talmud. Otro ajedrecista ucraniano, Stanislav Bogdanovich, gran maestro, joven promesa de su país, muerto en 2020 a los 27 años. Junto con su novia, Alexandra Vernigora, fueron hallados en su apartamento de Moscú. Al parecer inhalaron óxido nitroso, también llamado “gas de la risa”, con el que inflan globos, pero que, en su aspecto lúdico, sirve para provocar carcajadas. Entonces murieron riendo los compatriotas de Natalia. Alexandra solo contaba 18 años. Odesa, esa ciudad del sur de Ucrania, de allá era Bogdanovich. Eisenstein y la escena de la escalera de Odesa. María y Marcos estudiando al cineasta. Como todo se relaciona: literatura, ajedrez, cine. Juan Romero (que se cambió el nombre por Ismaíl), el pesista que representó a Colombia en los Olímpicos de Munich, donde fue eliminado antes de competir por registrar 27 gramos de más a la hora del pesaje. Efrén, el colega ajedrecista de San Antonio de Prado es quien refiere la anécdota de Romero, cómo ambos conocieron a Natalia. Este Juan Romero, ahora llamado Ismaíl, trajo unos libros de halterofilia de Rusia. Natalia los tradujo del ruso al castellano. Y así se van hilando las cosas.
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