jueves, 12 de agosto de 2021

Natalia Pikouch (Cap.10.)

*A mis ojos el bloque de Artes cobraba un aura de luz siendo ahora el escenario en que te movías, en que dictabas tu clase de teatro. Desde los primeros semestres, cuando funcionaba allí el centro de documentación, exactamente frente al costado del museo, me acercaba a ese espacio de la u tan afín a mis búsquedas. Pues siempre flotaba por ahí una guirnalda de música, y la locura hurtaba al día una brillante lasca. De pronto, al atravesar la cafetería, podía salirnos al paso un actor, echado en el piso, desnudo, metido en su papel, más allá del escándalo y la befa. Eran escenas comunes en ese bloque. Y estaba allí, frente a la explanada de la fuente y su escultura, el teatro Camilo Torres, al que, sencillamente, llamábamos “Camilo”, en señal de familiaridad y confianza.

En estos días, de nochecita, al pasar por la Estrella en una buseta del metro, descubrí un letrero borroso en una pared, a la entrada de un callejón: “Bienvenido a Camilo Torres”. ¿Así que ese barriecito de la Estrella, arriba de la Séptima, cerca al parque, se llama Camilo Torres? Solo ahora me enteraba. Recordé el teatro de la u. Le habían dado este nombre en honor al cura guerrillero, no en memoria del prócer neogranadino, el del Memorial de agravios. Me gusta pensar que es así, no de otro modo. A mis ojos, solo el cura guerrillero merecía tan honroso recuerdo. No el otro Camilo Torres, payanés, que tras su careta libertaria escondía su mentalidad esclavista. ¿Cómo es que no vi antes el letrero en el muro lateral del callejón? ¿Por qué lo descubría ahora, en esta noche de domingo, un poco al acaso? Es que por esta época había visto asimismo la constelación de Escorpio, el imaginario dibujo en el cielo, pespunte de estrellas donde sobresale la radiante Antares. Después de toda una vida de intentos fallidos como observador nocturno  ansioso de captar la figura de una constelación, noches atrás, desde mi terraza, había visto a Escorpio trasegando el occidente. Era comienzos de agosto: buen dato. Ahora podía esperarla por esta fecha, discernir las variaciones de su curso. También por estos días había visto en la estación Sabaneta, desde el puente de acceso a la plataforma, de noche, la parte occidental de la urbe, pareciéndome un abanico de luz. La imagen fue inmediata, como un obsequio de la sensación. Así que ese barriecito de la Estrella, por el que paso a menudo en la buseta, se llama Camilo Torres. En este caso sí debía resignarme a la fatalidad. De seguro que el edil que propuso bautizar el sector con tal nombre, homenajeaba al prócer neogranadino, no al cura guerrillero. Solo en la Universidad de Antioquia podían honrar a Camilo de este modo. A un estudiante asesinado en el furor de las luchas estudiantiles lo honraron bautizando con su nombre la plazoleta central: Fernando Barrientos.

Ah, era caucano el señor Camilo Torres, de Popayán (1766-1816). Fue el primer presidente de las Provincias Unidas (o sea, impulsor del federalismo). Fue apresado y fusilado por Morillo. Todos estos señorones, tras su veste de adalides de la independencia, ocultaban su apego a las ideas esclavistas. Ahí estaban también Francisco José de Caldas (al que llaman “sabio”) y José Ignacio Pombo. Este último, en su afán por el blanqueamiento de la sangre, clamó por la inmigración de europeos. Eran la casta política de entonces. Les interesaba desprenderse de la férula de España para tomar a sus anchas el control del país, los privilegios de clase. Esto es lo que eran estos tipejos, el formato inicial del maquiavélico y cochino político de hoy. Pero me regocijaba hallar el nombre de aquel barriecito de la Estrella, me hacía acordar de Camilo, de los tiempos de la u, cuando estudiaba a Eisenstein con María en las mesas de estudio del costado del teatro. El Camilo, así era como lo llamábamos, sin pompa. En la esquina nororiental del Camilo, presidiendo la zona verde, de cara a la plazoleta, estaba el busto en recuerdo de Luis Fernando Vélez. Más adentro, en el prado, hay una escultura de Barba Jacob. Y aquellas tardes luminosas y desobligadas en que, en compañía de María, estudiaba al cineasta soviético, adherían el recuerdo de Natalia Pikouch, la profesora de literatura rusa que, en su última etapa como catedrática, trabajó en el bloque de Artes (donde estaba el Camilo, donde sonaba esa flauta), enseñando teatro. ¡Teatro! No podía ser de otro modo. Sencillamente, era así. Natalia amaba el teatro, y el folclor, y la poesía infantil.

El centro de documentación que funcionaba en el bloque de artes, desapareció como tal. Las ventanas por donde atendían estaban ubicadas de cara al pasillo, a todo el frente del costado norte del museo, y los estudiantes acudíamos allí a comprar los documentos de las distintas áreas, muy baratos, por lo demás. Adentro se veían los anaqueles con los atados de hojas, los empleados (generalmente estudiantes en cumplimiento de una monitoría). El producto estaba listo, pronto a despacharse. Eran hojas mimeografiadas y enganchadas. Claro, después fue que se puso de moda lo de las fotocopiadoras en distintos puntos de la u y fuera de esta. Plata en mano, los estudiantes nos acercábamos, hacíamos cola, pedíamos el documento con el código establecido y listo. Es natural que mi hija, que entró a la u una generación después que yo, no conociera este centro de documentación. Lo que ella conoció como “centro de documentación” era la salita de estudio y consulta de cada facultad, algo que también existía en mi época. Pero ese centro de documentación general que existió en Artes años atrás era un asunto muy distinto. Tenía algo de proyección social, de bienestar comunitario, de ayuda al estudiante. Las cosas buenas se van extinguiendo. Era muy frecuente que al salir de clase en el bloque doce (lingüística, por ejemplo, y previa entrada al orinal), yo bajara las escalas que llevan al patio del parqueadero de la cara oeste del museo y, atravesando ese predio bordeado de zonitas verdes, me aproximara al centro de documentación a comprar un texto para preparar alguna lección. Esos salones que albergaron al centro de documentación fueron empleados luego en otros menesteres, oficinas o salas de consulta. Siempre me daba una vuelta por allí, camino al estadio de atletismo. Siempre había una guirnalda de música aleteando en ese espacio.                              

 


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